31 de marzo de 2011

Querida, voy a pescar y vuelvo en un rato


Por Humberto Acciarressi

Los caraduras han invadido el planeta. Siempre los hubo y los habrá. Lo que ocurre es que no siempre los agarran, y mucho menos van a parar a la Justicia. En este sentido, un hombre acaba de ser condenado a pagarle a su mujer 25 mil pesos por infidelidad. Es decir, por daño moral. Pero no por un perjuicio así nomás, sino el causado por alguien que -para engrupir a su esposa- decía que se iba a pescar y no regresaba sino hasta el día siguiente. Incluso, en una ocasión, desatendió a la pobre mujer cuando ella debía ser operada del útero. Fingió que se iba de vacaciones con unos amigos... ¡a pescar!

La gota que colmó el vaso fue cuando el "pescador" desapareció durante varios días. Su familia, temiendo lo peor (es decir un accidente o algo similar) sufrió momentos de angustia. Mientras, el tipo la pasaba bomba con su amante y ni siquiera se tomó la molestia de decirle a alguien que estaba vivo.

Incluso se contrataron detectives. Hasta que finalmente se conoció la verdad. El sujeto andaba con otra y le importaba un bledo la esposa. En un video se lo ve paseando de la mano de su amante. En otro, ingresando a un departamento con ella. La resolución de los jueces de la Sala K de la Cámara Civil se hace fuerte en que "no puede, la falta de amor, justificar el abandono del otro cónyuge". De cualquier manera, esta sentencia sienta un precedente importante: una cosa es ser infiel y otra un sádico sin remedio. Lo que realmente "pescó" éste fue un fallo ejemplar.

(Publicado en la "Columna del editor" de La Razón, de Buenos Aires)