31 agosto 2021

El Titanic en las pantallas del cine y la TV

 

1912. "El hundimiento del Titanic". Película muda dirigida por Mime Misu

1912. "Salvada del Titanic". Película muda perdida, dirigida por Ettiene Arnaud 

1929. "Atlantic". Dirigida por Ewald André Dupont

1943. "Titanic". Dirigida por Herbert Selpin

1953. "Titanic". Dirigida por Jean Negulesco

1958. "La última noche del Titanic". Dirigida por Roy Ward Baker

1979. "S.O.S Titanic". Dirigida por William Hale

1980. "Rescaten al Titanic". Dirigida por Jerry Jameson

1997. "La camarera del Titanic". Dirigida por Bigas Luna

1997. "Titanic". Dirigida por James Cameron

2010. "Titanic II". Dirigida por Shane Van Dyke

2012. "Titanic, sangre y acero". Miniserie inglesa de 12 capítulos dirigida por Ciaran Donnelly

2012. "Titanic". Serie británica de cuatro episodios dirigida por Jon Jones 

27 agosto 2021

El Poema del Mio Cid en el marco de la épica castellana

Monumento al Cid Campeador en la ciudad de Buenos Aires, inaugurado el 13 de octubre de 1935 en el cruce de las avenidas Gaona, Honorio Pueyrredón, Díaz Velez, Angel Gallardo y San Martín

Por Iván Acciarressi 

Si hablamos del legado del poema del Mio Cid, lo primero que deberemos hacer es reconocerlo, saber que existe. Aún hoy, aproximadamente 800 años después, todos tenemos aunque sea conocimiento de la obra, o de un monumento que la represente. Y aunque alguna persona no lo tuviera, si le preguntáramos si ha visto alguna estatua con un guerrero armado de espada subido a un caballo, nos diría que sí. Si continuáramos preguntándole, queriendo averiguar qué significa, tendríamos algunas pistas concluyentes, no sólo sobre la existencia del legado, sino de su contenido implícito y su huella en nuestra memoria celular. 

Ubicado por los alrededores del año 1200, el cantar es el único registro de la épica castellana y, a la vez, la primera de las obras extensas españolas. Por tanto está a caballo (y con espada) entre dos eras. Es un hito. Y ya con esto marca la historia. Pero luego, al leerlo, nos hace ver que nada está ahí por casualidad. Y, sin embargo, se dice de él que es historia y no ficción.

A diferencia de Francia, una de las vertientes de influencia postulada como origen de la épica castellana, donde la llegada del Renacimiento hace virar las temáticas de gesta hacia otros rumbos, España mantuvo las características de composición de las "H" (honra, honor, heroismo, hidalguía) que las nutrían para su literatura posterior. Y también para la configuración de su folclore nacional, una vez que ya no tuvieron escisiones internas, se consolidaron como nación y hasta pudieron tener colonias a las cuales traspasarles a los héroes nacionales toda la simbología pertinente al respecto: tienen valor, honra, van a caballo y con espada.

Otro de los rasgos distintivos de la épica castellana es su realismo, la quita de velo que realiza a la típica imágen del héroe desde lejos, para luego acercarse y construir ese heroismo desde otro lugar, más de cerca de su humanidad. Pareciera que los sucesos de guerra son accesorios y que lo realmente importante es lo que al Cid le ocurre en lo que a su individualidad toca. El destierro, la afrenta. Y todas esas problemáticas las afronta de acuerdo a la ley, con sumisión al rey, sin rebeldía. Parece difícil de creer: practicamente un superhéroe capaz de ganar cualquier batalla, hace la fila para hacer los trámites con paciencia y soporta injusticias si el soberano lo manda. Es un perfecto ejemplo de español. 

Si bien no es factible creer que el poema sea de origen panfletario, nadie lo prohibió; para ningún gobierno de España fue peligroso, e incluso algunos dictatoriales, como el de Franco, lo han realzado. No sólo representa una incuestionable defensa de la patria ibérica, sino que también, como vimos, delinea la intachabilidad de la conducta privada a seguir, incluso aquella de traza fuertemente patriarcal como el hecho de que una afrenta a la hija de uno, sea una afrenta al honor de uno, más que al de ella. Una última reflexión: a pesar de lo señalado, el héroe no revalida su honor a través de la venganza como se estilaba antes, ahora va a la corte y lo resuelve con civilidad.

Primer códice del Cantar del Mio Cid que se conserva en la Biblioteca Nacional de España





17 mayo 2021

Jack The Ripper, Londres, Buenos Aires, o la historia destripada


Por Humberto Acciarressi 

En muchas ocasiones, la estadística se viste de luto. Allá por 1970, Ted Bundy, en un macabro periplo por diez estados norteamericanos, asesinó -según confesó mientras esperaba la ejecución en la galería de la muerte- a unas 400 mujeres. Unas tres décadas antes, Albert Fish llegó a los dos centenares de crímenes de chicos en Nueva York, al mismo tiempo que en Illinois, H.H.Mudgett perdía en la estadística con “sólo” cien asesinatos. Estos tres casos son apenas una ínfima muestra de la populosa criminalística de los Estados Unidos, con varios centenares de asesinos seriales, casi ninguno de los cuales baja de diez muertes. Inglaterra, Francia, Rusia, Alemania, España e Italia, también tienen lo suyo en lo referido a una cruenta historia que incluye asesinos ilustres como Landrú, o cronistas de lujo como Thomas de Quincey ( “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”). En ese marco de exhuberancia homicida, ríos de sangre, y casos resueltos o sin resolver, cinco prostitutas asesinadas con precisión quirúrgica en un otoño victoriano en el East End de Londres no parecen, a simple vista, reunir las condiciones que requiere la posteridad. Pero la historia es caprichosa. 

Hombre o mujer (hay quienes postulan los quehaceres de una destripadora) al asesino le bastaron las semanas que fueron desde el 31 de agosto hasta el 9 de noviembre de 1888 y un espacio no superior a los 400 metros cuadrados, para entrar en las crónicas criminales, en las páginas de la literatura y hasta en el no siempre accesible mundo del cine. Escondido en el anonimato de la noche, oculto tras la niebla londinense, Jack el Destripador dejó un reguero de sangre menos caudaloso pero más perdurable que otros. Obviando los detalles macabros, no es ocioso remarcar ciertos hechos relacionados con el caso más famoso de la criminalística. 

La educación sentimental 

Las andanzas del desconocido que se bautizó a sí mismo en una nota enviada a Scotland Yard, fueron seguidas con entusiasmo y horror por toda la sociedad británica. Atrajo la atención de George Bernard Shaw, que además de escribir sus libros se entretenía enviando cartas a los diarios. El Irlandés ironizaba sobre la atención misericordiosa que despertaron las prostitutas gracias a los crímenes. “Mientras nosotros los socialdemócratas - escribió en una misiva al Star el 24 de septiembre de 1888- estamos desperdiciando nuestro tiempo en la educación, en la agitación y la organización, un genio independiente ha tomado las riendas en sus manos y, por el simple procedimiento de asesinar y destripar a cuatro mujeres, ha convertido a la Prensa en una especie inepta de comunismo”¨. Vale justipreciar la ironía de Shaw con la opinión de Gordon Rattray Taylor expresada en “El sexo en la historia”: “Las rameras eran para los victorianos lo que las brujas para los medievales”. 

Otro interesado en los crímenes fue Arthur Conan Doyle, que un año antes, con "Un estudio en escarlata", había hecho debutar al famoso detective morfinómano y misógino Sherlock Holmes. El escritor escocés, cuyo comercio con las almas lo llevó a escribir un tratado casi olvidado sobre el espiritismo, parece haber dejado un cuento titulado "Jack, el asesino de rameras", que no figura en las antologías aunque es citado por sus biógrafos. Allí dice que el criminal es un inspector de Scotland Yard que cae en la trampa de un Sherlock Holmes disfrazado de mujer. Años más tarde, el hijo de Conan Doyle, Adrian, revelaba que su padre creía que el verdadero Jack era una persona con conocimientos anatómicos (el propio escritor era médico) y que se vestía de mujer para pasar inadvertido. Es fascinante el juego de las coincidencias: días atrás (Aclaración de 2021: nos referimos al año 2006, fecha de este escrito) , escribí un artículo para un diario nacional titulado “¿Por qué Conan Doyle odiaba a Sherlock Holmes?”. Entre la publicación de aquel y la escritura de éste, los cables anunciaron la culminación de un estudio inglés, que probaría que Conan Doyle asesinó a un amigo suyo, de cuya esposa fue amante, para ocultar que habían escrito juntos “El perro de los Baskerville”. Pero volvamos a Jack, o, para decirlo con espíritu “ripperólogo”, vayamos por partes.

Postulantes para todos los gustos

Los candidatos a la identidad del Destripador son multitud. Desde miembros de la familia real hasta matarifes londinenses, pasando por espías rusos, abogados desquiciados, misóginos extremistas, mujeres resentidas (Jill la Destripadora es la más famosa) y asesinos de paso, que entre un país y otro se tomaron unos copetines sangrientos en el Whitechapel londinense. Entre los postulantes a tan dudoso honor, algunos estuvieron ligados a la Argentina. Valga una aclaración: en lo que respecta a Jack, nada es definitivo, todo es precario, como si se tratara de un rompecabezas que nunca termina de armarse porque siempre sobra o falta una pieza. También es cierto que los candidatos vinculados a nuestro país figuran entre los antecedentes más remotos del caso, como el del húngaro Alois Szmeredy, que según Carl Muusmann, en un estudio publicado en 1908, sostenía que había perfeccionado su arte macabro en la Argentina. O un tal Alonzo Maduro, argentino e "infundadamente sospechoso" según los especialistas Paul Begg, Martin Fido y Keith Skinner. 

Pero uno de los candidatos más atractivos fue postulado por Leonard Matters en 1929, en su libro "El misterio de Jack el Destripador", el primero dedicado íntegramente al criminal y un clásico durante años. Allí se lee que un brillante médico londinense llamado Stanley (ninguna fuente cita su nombre de pila) habría cometido los asesinatos de Whitechapel para vengar la muerte por sífilis de su hijo Herbert, contagiado por Mary Kelly, la última de las víctimas de Jack y la más salvajemente mutilada. Para encontrar y asesinar a la prostituta, el doctor Stanley inició una investigación que incluyó la muerte de cuatro amigas de Mary. 

¿El destripador en Buenos Aires? 

Luego de la última matanza - la obra de un verdadero desquiciado según las fotografías y los relatos que han quedado - el doctor habría viajado a Buenos Aires. El propio Matters, instalado en la capital argentina como redactor jefe de un periódico inglés, “pretendió haber descubierto la confesión del doctor Stanley, publicada en uno de los periódicos locales en castellano”, de acuerdo a los estudiosos Colin Wilson y Robin Odell, autores de esa especie de suma que es “Jack el Destripador, recapitulación y veredicto”. Según Matters, un cirujano residente en Buenos Aires que había sido discípulo del doctor Stanley, fue llamado al lecho de muerte de su profesor en un hospital. El mensaje decía: 

"Apreciado señor: A solicitud de un paciente que, según dice, lo recordará usted como el doctor Stanley, le escribo para informarle que se encuentra en este hospital en un estado grave. Padece de cáncer y, si bien le hemos operado con éxito, han surgido complicaciones que hacen que el fin sea inevitable. El doctor Stanley quisiera verlo. Hemos dado instrucciones en la recepción para suspender todas las reglas en su caso y permitir entrar de inmediato a la sala V, donde el paciente se halla en la cama 28. Atentamente suyo. José Riche, cirujano en jefe". 

Durante la visita del cirujano al agonizante, éste le habría confesado que él era Jack el Destripador y además contado con lujo de detalles la historia del hijo y sus trágicas secuelas. Hay que aclarar que durante decenas de años, los especialistas trataron con bastante dureza la teoría de Matters, hasta que en 1972, el ya citado Colin Wilson se encontraba haciendo un programa televisivo sobre el Destripador. Por esos días, el investigador recibió una carta de A.L.Lee, de Torquay, cuyo padre había trabajado en la morgue londinense en la época de los crímenes. La misiva precisaba: 

"En 1888, papá trabajaba para el ayuntamiento de Londres, en el depósito de cadáveres de la City. Entre sus atribuciones se encontraba el recoger los cuerpos de todas las personas que morían en la city y llevarlos al depósito de cadáveres; cuando se necesitaba una investigación, él preparaba los cuerpos para la autopsia del señor Spilbury (...) Su superior inmediato era el doctor Cedric Saunders, el coroner de la City. El doctor Saunders tenía un amigo muy especial, un tal doctor Stanley, que visitaba el depósito de cadáveres una vez por semana. Cada vez que veía a papá la daba un cigarro puro. Un día llegó el doctor Stanley y, pasando frente a papá, le dijo al doctor Saunders: ´Las putas se han apoderado de mi hijo. Me desquitaré´. Muy poco después empezaron los asesinatos. El doctor Stanley seguía visitando el depósito de cadáveres durante ese tiempo, pero, tan pronto como cesaron los asesinatos, nunca más lo vieron. Papá le preguntó al doctor Saunders si el doctor Stanley regresaría. La respuesta fue que no. Cuando papá lo presionó, el doctor Saunderse le dijo: ´Sí, creo que él era Jack el Destripador´. Como colofón, a principios del decenio de los veinte, un domingo, leí en el People un párrafo que decía: ´Un tal doctor Stanley, de quien se cree que fue Jack el Destripador, ha muerto en Sudamérica´". 

Vale añadir que ni Matters, ni Lee, ni Colin Wilson precisan en qué hospital murió el misterioso doctor Stanley, dónde fue enterrado, ni siquiera la fecha exacta, aunque sabemos que todo ocurrió antes de 1929. En cualquier caso, son piezas de ese rompecabezas de noche, niebla y sangre que aún está lejos de completarse, y del que Buenos Aires tal vez no sea del todo ajeno. 

 (Publicado en el "Cuaderno de Némesis" titulado "Noche, sangre y niebla", en el 2006)



Caricatura de la revista Punch de 1888, con Jack dibujado como un fantasma

El 13 de octubre de 1888 una caricatura titulada "un posible sospechoso" fue publicada por Ilustrated London News

08 mayo 2021

Guillermo Cabrera Infante, entre la literatura y su amor al cine


Por Humberto Acciarressi 

La escena transcurría, semanalmente, en el pueblo donde nació en 1929 - Gibara, en el extremo noroeste de Cuba -, cuando apenas era un chico. Su madre, una mujer que pasaba penurias económicas, le preguntaba: "¿Cine o sardina?". Y nunca, ni él ni su hermano, confesó años más tarde Guillermo Cabrera Infante, eligió la sardina. Lo que equivalía por entonces a renunciar a la comida del día por las aventuras de la pantalla. Como Manuel Puig entre nosotros, aunque Cabrera Infante se dedicó luego a las letras y sus costumbres, el cine nunca estuvo ausente en su obra, que incluyó - ya no en el plano literario - la fundación de la Cinemateca de Cuba, clausurada en 1956 por Batista. Y de hecho tres de sus libros - "Un oficio del siglo XX", "Arcadia todas las noches" y "Cine o sardinas" - recopilan sus exquisitos, brillantes escritos sobre esa pasión no oculta, que lo acercó, incluso, a Hollywood.

Cabrera Infante definía la literatura como "un vasto campo de juego". Allí, como pocos, experimentó con el idioma desde que la fama literaria le llegó con su novela "Tres tristes tigres", donde contó la vida nocturna de tres jóvenes en La Habana pre-revolucionaria. Con ella obtuvo premios internacionales y la expulsión de la Unión de Escritores de Cuba. Luego llegaron "La Habana para un Infante difunto", "Vista del amanecer en el trópico", "Delito por bailar cha cha chá", "Ella cantaba boleros" y "Todo está hecho con espejos", entre otros. Figura impar, a Cabrera Infante se le deben aplicar sus propias palabras: "La historia puede ser real o falsa, pero los tiempos la hicieron creible". Eso, por fortuna, no sucede con todos. En "La ninfa inconstante" dejó plasmada una de sus obsesiones, casi siempre -como suele suceder- no llegan a nada. Escribió Cabrera Infante: "Según la física cuántica se puede abolir el pasado o, peor todavía, cambiarlo. No me interesa eliminar y mucho menos cambiar mi pasado. Lo que necesito es una máquina del tiempo para vivirlo de nuevo. Esa máquina es la memoria. Gracias a ella puedo volver a vivir ese tiempo infeliz, feliz a veces".

Pinta tu aldea y pintarás el mundo, aconsejaba Tolstoi. Cabrera Infante hizo eso, aunque lo suyo es más meritorio si se considera que pasó más de la mitad de su vida fuera de su patria. Se trata de uno de los "lectores" más refinados de la realidad cubana, no sólo en lo político - como insisten detractores y admiradores - sino en lo referido a la vida íntima, cotidiana, de tristezas y alegrías, razones y sinrazones, del pueblo caribeño. Alejado geográficamente de Cuba - salvo cuando en 1965 regresó para los funerales de su madre - Cabrera Infante vagabundeó por varios países. España le negó la residencia, intentó en otras partes, y finalmente consiguió la ciudadanía británica. Jamás volvió a su patria y así, lejos de ella, lo encontró la muerte el 21 de febrero del 2005, cuando su cuerpo no resistió más su salud desmadejada y caprichosa.

(Publicado hace unos años en "La Razón" de Buenos Aires, posteriormente a la muerte de Guillermo Cabrera Infante)