11 enero 2022

Albert Eistein, el Proyecto Manhattan y las últimas lágrimas


Por Humberto Acciarressi 

En julio de 1945, unos días antes de la Conferencia de Potsdam, varios de los científicos más prestigiosos de Occidente tomaban café y leían papeles en el desierto de Nuevo México. En esa región, llamada Arenas Blancas, daban los últimos retoques a un proyecto largamente preparado, cuando ya Alemania y sus aliados europeos habían firmado la rendición incondicional. Sólo Japón mantenía el combate en el lejano Oriente. Unos años antes, el 2 de agosto de 1939, el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt había recibido en su despacho de la Casa Blanca una carta en la que se le comunicaba la posibilidad de crear "armas extremadamente destructivas". Estaba firmada por Albert Einstein, que conocía la naturaleza brutal del nazismo y cuya Teoría de la Relatividad era para Hitler "un cuento judío". El sabio ejercía un pacifismo no ingenuo y apenas aconsejaba que Estados Unidos tuviera esas armas antes que el Eje. 

Seis años más tarde, ya de vuelta en el desierto de Nuevo México, el 16 de julio de 1945 a las 5.30 de la madrugada y a diez kilómetros del epicentro, el mencionado grupo de científicos presenció un experimento atroz: la primera explosión atómica de la historia. Lo que observaron en el lugar -la luminosidad, la arena convertida en cristales, el viento desatado- llevó a uno de los presentes, Keeneth Bainbridge, director del laboratorio de Los Alamos, a informar: "Nadie que lo haya visto puede olvidarlo: un espectáculo horrible y pavoroso". Ese acontecimiento le causó gran satisfacción a Robert Oppenheimer, director del reservadísimo Proyecto Manhattan, al punto que cuando murió Roosevelt, el nuevo presidente Harry Truman no sabía nada de él. Ese hombre rústico, mediocre y que acuñaba frases de dudosa profundidad, fue el responsable de arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, a pesar de los consejos en contra de sus generales y asesores que le aseguraban que Japón estaba a punto de rendirse. 

Cuando Einstein se enteró que el brutal Truman había resuelto no hacerle caso a sus consejeros e incluso a Churchill, su ánimo jovial y bonachón no volvió a ser el mismo. Cuando concluyó la guerra luego de la siniestra matanza realizada en las dos ciudades niponas, el sabio no dejaba de decir: "Yo apreté el botón". Hasta su muerte acontecida en 1955 se sumió en una melancolía de la que sólo salía de a ratos, y se consagró a luchar por la paz mundial y por una conciencia antimilitarista. En una de sus últimas apariciones públicas, Einstein le pidió perdón al físico japonés Hidei Yukawa por los ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Los presentes, azorados, lo vieron balbucear ante su colega entre lágrimas. Mientras tanto, Truman dormía tranquilo. 

(Esta columna fue publicada, hace unos años, en el diario La Razón)

11 noviembre 2021

Parra (Iván Acciarressi y Hernán Vidal) con nuevo video: "Días de ron"



Parra (integrado por Iván Acciarressi, en voz, junto a Hernán Vidal, ambos en instrumentos varios), vuelve a estrenar otro video, ya subido a You Tube y a las redes del dúo. Después de "Fuego", ahora es el turno de "Días de ron", otro de los clásicos de este buen grupo. La dirección está a cargo de los músicos de Parra, la fotografía es de Martín Fisner y el arte corre a cargo de Emilia Goldin. Maite Naveira y Daniel Vidal tuvieron la responsabilidad de la producción, y Mariano Juri junto a los propios Iván Acciarressi y Hernán Vidal la edición. Los efectos de video y la correción del color son obra de Sebastián Bottazzini y Juan Manuel Casolati; la asistencia de cámara de Abuelo Juri, mientras para otras tareas se contaron Julio Fisner y Juan Cruz Suárez. El video, en el que también participan Isabel García Moure y Mariano Juri, más algunos de los mencionados como Maite Naveira, Juan Cruz Suárez, Julio Fisner y Daniel Vidal, fue grabado en el Canal 4 de Mar de Ajo.

31 agosto 2021

El Titanic en las pantallas del cine y la TV

 

1912. "El hundimiento del Titanic". Película muda dirigida por Mime Misu

1912. "Salvada del Titanic". Película muda perdida, dirigida por Ettiene Arnaud 

1929. "Atlantic". Dirigida por Ewald André Dupont

1943. "Titanic". Dirigida por Herbert Selpin

1953. "Titanic". Dirigida por Jean Negulesco

1958. "La última noche del Titanic". Dirigida por Roy Ward Baker

1979. "S.O.S Titanic". Dirigida por William Hale

1980. "Rescaten al Titanic". Dirigida por Jerry Jameson

1997. "La camarera del Titanic". Dirigida por Bigas Luna

1997. "Titanic". Dirigida por James Cameron

2010. "Titanic II". Dirigida por Shane Van Dyke

2012. "Titanic, sangre y acero". Miniserie inglesa de 12 capítulos dirigida por Ciaran Donnelly

2012. "Titanic". Serie británica de cuatro episodios dirigida por Jon Jones 

27 agosto 2021

El Poema del Mio Cid en el marco de la épica castellana

Monumento al Cid Campeador en la ciudad de Buenos Aires, inaugurado el 13 de octubre de 1935 en el cruce de las avenidas Gaona, Honorio Pueyrredón, Díaz Velez, Angel Gallardo y San Martín

Por Iván Acciarressi 

Si hablamos del legado del poema del Mio Cid, lo primero que deberemos hacer es reconocerlo, saber que existe. Aún hoy, aproximadamente 800 años después, todos tenemos aunque sea conocimiento de la obra, o de un monumento que la represente. Y aunque alguna persona no lo tuviera, si le preguntáramos si ha visto alguna estatua con un guerrero armado de espada subido a un caballo, nos diría que sí. Si continuáramos preguntándole, queriendo averiguar qué significa, tendríamos algunas pistas concluyentes, no sólo sobre la existencia del legado, sino de su contenido implícito y su huella en nuestra memoria celular. 

Ubicado por los alrededores del año 1200, el cantar es el único registro de la épica castellana y, a la vez, la primera de las obras extensas españolas. Por tanto está a caballo (y con espada) entre dos eras. Es un hito. Y ya con esto marca la historia. Pero luego, al leerlo, nos hace ver que nada está ahí por casualidad. Y, sin embargo, se dice de él que es historia y no ficción.

A diferencia de Francia, una de las vertientes de influencia postulada como origen de la épica castellana, donde la llegada del Renacimiento hace virar las temáticas de gesta hacia otros rumbos, España mantuvo las características de composición de las "H" (honra, honor, heroismo, hidalguía) que las nutrían para su literatura posterior. Y también para la configuración de su folclore nacional, una vez que ya no tuvieron escisiones internas, se consolidaron como nación y hasta pudieron tener colonias a las cuales traspasarles a los héroes nacionales toda la simbología pertinente al respecto: tienen valor, honra, van a caballo y con espada.

Otro de los rasgos distintivos de la épica castellana es su realismo, la quita de velo que realiza a la típica imágen del héroe desde lejos, para luego acercarse y construir ese heroismo desde otro lugar, más de cerca de su humanidad. Pareciera que los sucesos de guerra son accesorios y que lo realmente importante es lo que al Cid le ocurre en lo que a su individualidad toca. El destierro, la afrenta. Y todas esas problemáticas las afronta de acuerdo a la ley, con sumisión al rey, sin rebeldía. Parece difícil de creer: practicamente un superhéroe capaz de ganar cualquier batalla, hace la fila para hacer los trámites con paciencia y soporta injusticias si el soberano lo manda. Es un perfecto ejemplo de español. 

Si bien no es factible creer que el poema sea de origen panfletario, nadie lo prohibió; para ningún gobierno de España fue peligroso, e incluso algunos dictatoriales, como el de Franco, lo han realzado. No sólo representa una incuestionable defensa de la patria ibérica, sino que también, como vimos, delinea la intachabilidad de la conducta privada a seguir, incluso aquella de traza fuertemente patriarcal como el hecho de que una afrenta a la hija de uno, sea una afrenta al honor de uno, más que al de ella. Una última reflexión: a pesar de lo señalado, el héroe no revalida su honor a través de la venganza como se estilaba antes, ahora va a la corte y lo resuelve con civilidad.

Primer códice del Cantar del Mio Cid que se conserva en la Biblioteca Nacional de España