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13 enero 2025

Ella Fitzgerald, Marilyn Monroe y el error de una foto


Por Humberto Acciarressi 

Existe una célebre fotografía de Marilyn Monroe con Ella Fitzgerald que goza de merecida popularidad y antojadizas historias. Suele decirse que la misma fue tomada a fines de 1954 en Mocambo Nightclub, un selecto boliche del Sunset Strip de Hollywood, donde la cantante iba a presentarse por primera vez. Y que podría hacerlo alli por la intervención de la actriz en contra de la segregación racial. Esto no fue asi por varias razones, y especialmente porque en ese club no existía ningún tipo de racismo (desde veinte años antes ya actuaban estrellas como Lena Horne, Eartha Kitt, Dorothy Dandridge,Joyce Bryant, por mencionar apenas a algunas). Y lo que no es un dato menor a destacar: la cantante ya era considerada la "Primera dama de la canción" desde mucho tiempo atrás. 

Marilyn sí intervino, como lo indicó Fitzgerald en 1972 en Ms.Magazine, para que fuera contratada en Mocambo. Aunque -hay que señalarlo- con un error de la cancionista (luego mal interpretado por muchos) atribuible al tiempo transcurrido. En aquel reportaje manifestó Ella: “Tengo una deuda muy grande con Marilyn Monroe. Fue gracias a ella que toqué en el Mocambo, un club nocturno muy popular en los años 50. Ella llamó personalmente al dueño del Mocambo [Charlie Morrison] y le dijo que quería que me contratara de inmediato y que, si él lo aceptaba, ella ocuparía una mesa en primera línea todas las noches. Le dijo –y era cierto, debido al estatus de superestrella de Marilyn– que la prensa se volvería loca. El dueño dijo que sí y Marilyn estuvo allí, en primera línea, todas las noches. La prensa se volvió loca. Después de eso, nunca más tuve que tocar en un pequeño club de jazz”

Esa, como precisamos, es una verdad a medias. Es cierto que Marilyn intervino, pero ella no estuvo ni la noche del debut ni en ninguna función durante las dos semanas en las que se presentó Ella Fitzgerald en Mocambo (marzo de 1955, casi cinco meses después de la foto de las historias mentirosas), puesto que la actriz se encontraba en Nueva York. Todos los medios de la época dan cuenta de eso. En cuanto al debut de Ella en el Mocambo tuvo una impresionante cobertura de prensa. Basta leer un párrafo del artículo de Jet Magazine: “La célebre cantante de jazz Ella Fitzgerald hizo su debut en el Sunset Strip de Hollywood llenando el lujoso club nocturno Mocambo. Aclamada como La Primera Dama de la Canción, la suave voz de Ella atrajo a algunos de los cantantes más importantes del mundo del espectáculo. Entre ellos: Eartha Kitt, Frank Sinatra y Judy Garland”

Ninguna cita, en algún medio del momento, se refiere a Marilyn Monroe entre los presentes. Dado que, ya lo señalamos, la actriz no se encontraba en Los Angeles. Y para más datos, la noche anterior a la inauguración de Ella en Los Angeles, el 14 de marzo de 1955, Marilyn fue fotografiada bailando con el escritor Truman Capote en El Morocco de Nueva York. Entonces, ¿de cuándo y dónde es la foto célebre? La toma de la agencia UP, del 20 de noviembre de 1954, registra los momentos previos a la actuación de la cantante en el Tiffany Club, uno de los principales clubes de jazz de Los Angeles, ubicado en la calle 8 número 3268, a una cuadra del Ambassador Hotel, y justo enfrente del sitio de la foto imposible, es decir del Mocambo Nightclub. El lugar era propiedad de Chuck Landis (más tarde fundador de otros locales, incluyendo alguno de striptease y otros de rock and roll). 

En el Tiffany se presentaban los mejores artistas de jazz del momento, la mayoría de los cuales eran afroamericanos. Entre otros, Billie Holliday, Nat King Cole, Louis Armstrong, Sarah Vaughan y Art Tatum habían mostrado su arte en el Tiffany antes de que Ella Fitzgerald actuara allí. La foto fue registrada en ese sitio, como se señala en el epígrafe de la toma de la agencia, unas semanas después de la separación de Marilyn de su marido, el boxeador Joe DiMaggio (el divorcio fue el 27 de octubre). En síntesis: ya sea por ignorancia o por utilización "políticamente correcta" (a Marilyn le sobran hechos verídicos para acreditarla en ese sentido), la imagen circula por la web acompañada de historias descabelladas.

06 agosto 2022

Las brujas de Salem y sus retoños literarios


Por Humberto Acciarressi 

Las enciclopedias populares -tan rigurosas como módicas- consignan cuatro ciudades de nombres Salem: tres en los Estados Unidos y una en la India. De las americanas, una se encuentra en Oregon, cerca del Pacífico; otra en las adyacencias de Saint Louis; y la tercera, que es la que nos interesa y muchos atlas ignoran, en la bahía atlántica de Massachusetts. En verdad, este nombre designa menos una geografía que un momento histórico que nos remonta a 1692 y a los procesos por brujería recreados en 1953 por Arthur Miller en su obra "Las brujas de Salem", deferencia al imaginario colectivo, ya que los juicios excedieron las fronteras de la antigua villa salemita -de la que hoy quedan vestigios en Danvers-, abarcando casi todo Massachusetts. 

No es ocioso apuntar que Salem es famosa a pesar de Salem, ya que la persecución duró unos pocos meses; los ejecutados no superaron la veintena; y en lugar de las dantescas piras europeas se apeló al método menos espectacular de la soga al cuello. En síntesis, fue uno de los hechos más modestos en la vasta historia de la caza de brujas. Y allí radica su importancia: el arte suele ser seducido por las historias particulares y no por cifras que invitan a la infinitud. Proctor y Abigail, personajes de Miller, son tan reales como lo indican las actas del juicio. Sus tragedias habrían naufragado en legajos con miles de historias; y no es extraño que Aldous Huxley se haya inspirado para "Los demonios de Loudoun" en un drama real con un único condenado, Urband Grandier. 

La barbarie de Salem se urdió con escasos ingredientes: adolescentes presuntamente "hechizadas"; decenas de personas que no se adecuaban al canon de los puritanos de Nueva Inglaterra; y un cuerpo judicial menos apegado a las leyes civiles que a libros como "El día del Juicio Final", de Wiggksworth, panfleto calvinista de gran circulación en la Massachusetts de entonces. También hubo muchas personas contrarias a la cacería, pero el miedo las mantuvo calladas. Los que se manifestaron contra las jóvenes acusadoras, pagaron con su vida o su libertad. 

Como dato no menor, hay que precisar que un par de años antes, en Boston, habían ahorcado a una lavandera irlandesa conocida como la bruja Glover, y en su ejecución estuvo presente Betty Parris, la chica que desencadenó la caza en Salem con su presunta posesión diabólica. Desde que el médico que revisó a las jóvenes dictaminó "aquí ha metido la mano el demonio", hasta que partió hacia el patíbulo la última carreta, ocurrieron dos dramas particulares que inseminaron el alma de la literatura norteamericana. 

Hawthorne y las vergüenzas ajenas 

En 1692, Philips English y su esposa Mary vivían en una suntuosa mansión y eran propietarios de catorce edificios, un muelle, veintiún barcos, y una gran impopularidad. No sólo eran extranjeros, sino que su apellido real era francés con reminiscencias papistas: L’Anglais. Primero fue detenida la esposa por sus comercios con el diablo; unos meses después el marido, identificado con un espectro que realizaba visitas nocturnas y decía ser Dios. Aunque los English fueron ayudados a escapar, Mary murió a causa de los tormentos sufridos en prisión y el viudo quedó en la miseria. 

Cuando concluyó la caza de brujas por la presión política que tornaba insostenible ese largo suplicio colectivo, Philips inició un infructuoso peregrinar por las cortes con la esperanza de recobrar sus riquezas. Incluso en 1697,a la muerte del alguacil Corwin, embargó su cadáver el tiempo suficiente para complicar los funerales y ganarse cierta antipatía. Sin embargo, el personaje más odiado por el brujo fue el magistrado John Hathorne, inquisidor implacable que tenía a su cargo los interrogatorios. Poco después de la muerte de English, una de sus hijas no tuvo mejor idea que casarse con el hijo del juez. Así se formó una dinastía que agregó una "w" al apellido y produjo uno de los vástagos más notables de Salem: Nathaniel Hawthorne, nacido el 4 de julio de 1804. 

En la obra de Hawthorne, situada en el universo de la literatura gótica de la que es uno de sus precursores, existen múltiples referencias a los procesos de brujería. Del inquisidor Hathorne dice en la introducción de su novela "La letra escarlata": "...me avergüenzo por sus actos...tan activamente participó en el martirio de las brujas, que bien puede decirse que la sangre de éstas le dejó una mancha indeleble". Sin embargo, no hay mención explícita de sus ancestros procesados. Sí una simpatía, a veces culposa, con el conjunto de los perseguidos. En su cuento “El ruego de Alice Doane” critica a sus contemporáneos que juegan a las brujerías en la colina del patíbulo, "pero jamás sueñan con rendir honores fúnebres a quienes murieron tan injustamente y fueron sepultados allí sin ataúd ni oración". Y refiriéndose al mismo lugar, que el escritor solía caminar por las noches, dice: "...el polvo de los mártires estaba debajo de nuestros pies". 

El descendiente del inquisidor y los brujos también se refiere a la tragedia salemita en otras obras. En "La silla del abuelo" la llama "el acontecimiento más triste y humillante de nuestra historia"; y en "El caballero del espejo", donde Hawthorne asume que su razón y su arte habitan un mundo de espejos a partir de un narrador que percibe por doquier una imagen desdoblada de sí mismo, dice que durante la caza de brujas "una idea semejante hubiera costado muy cara". El tema campea en toda su literatura, en ocasiones más veladamente, como en "La hija de Rappaccini" (un jardín familiar donde se cultivan plantas mágicas), o "Feathertop, una leyenda moralizada" (que nos cuenta la historia de un espantapájaros que cobra vida al fumar la pipa de una bruja). 

Sin embargo, la clave de su familia parece encontrarse en "La letra escarlata", donde la heroína Hester Prynne es obligada a llevar la marca de las pecadoras, una letra “A” de adúltera bordada sobre paño escarlata prendido a la pechera de sus vestidos, sin querer -o poder- confesar que el padre de su criatura es un reverendo respetado por la sociedad que la condena. Por último, uno de los cuentos de Hawthorne - "El holocausto del mundo"- preanuncia con su quema masiva de libros uno de los clásicos de la ficción anticipatoria del siglo XX: "Fahrenheit 451" de Ray Bradbury, otro de los retoños de la tragedia de Salem. 

Bradbury al rescate de lo poético

Mary Bradbury era, en 1692, una de las mujeres más queridas de Salisbury. Cuando fue detenida, noventa y tres vecinos -entre ellos un reverendo- firmaron una petición por esta madre de once hijos. Durante el juicio, poco importó que su marido Thomas la calificara como una mujer "de espíritu optimista, liberal y caritativo". Pesaron más las acusaciones de las jóvenes; la "confirmación" que solía convertirse en cerdo y ejercía hechizos para poner rancia la mantequilla; o que ejecutaba maleficios contra los barcos en alta mar. Tampoco faltó quien la viera, con el gorro blanco y el corbatín con los que concurría a misa, trepada en lo alto del mástil de una embarcación azotada por una tormenta. Demasiado como para no ser condenada a la pena capital. Sin embargo, rescatada de la carreta fatídica y escondida por vecinos contrarios a las matanzas, no llegó al patíbulo. Su descendiente Ray Bradbury reconoció, casi tres siglos más tarde: "Gracias a que ella se salvó...yo estoy aquí".

 Aunque el escritor nunca se ha explayado en los pormenores biográficos de su estirpe, sí ha dejado múltiples referencias en su obra, siempre poéticamente amiga de la brujería y sus cuestiones, y por cierto exenta de las culpas que atormentaban a Hawthorne. En honor a la síntesis baste mencionar algunos capítulos de su novela "El vino del estío", varios de sus cuentos, y -naturalmente- su libro "El árbol de las brujas", donde un personaje afirma que en el pasado de Massachusetts, los que poseían los atributos del ingenio, la inteligencia y el conocimiento, corrían el riesgo de ser considerados hechiceros. 

En el siglo XX,la Bahía de Massachusetts volvió a ser escenario de otra "caza de brujas", esta vez contra anarquistas e italianos. Las víctimas fueron Nicolás Sacco y Bartolomé Vanzetti, quienes entre 1920 y 1927 padecieron un infame proceso judicial. Hasta su ejecución en la silla eléctrica, los reos fueron alojados en la prisión de Dedham, muy cerca de donde dos siglos y medio antes habían marchado hacia el patíbulo los condenados de la Villa de Salem. No huelga recordar una frase perdida entre los escritos de Vanzetti referidos al juez de la causa: "El dios del verdugo Thayer no puede estar hecho sino a su imagen y semejanza: un dios verdugo y liberticida". 

Intermezzo sarmientino

Existe un dato que no es ocioso añadir a estas curiosas simetrías. En los primeros días de octubre de 1847, Domingo Faustino Sarmiento -de viaje por Estados Unidos- visitó a Horace Mann en su casa de Massachusetts para interiorizarse de los procesos educativos que lo obsesionaban. Allí conoció a Mary Peabody, esposa del pedagogo que ofició de intérprete, y a las hermanas de ésta, Isabel y Sofía. Casi veinte años más tarde, de vuelta en Estados Unidos como ministro plenipotenciario de Mitre, Sarmiento retornó a los pagos bostonianos, donde contempló la estatua en memoria de su amigo Mann y disfrutó la calidez de su viuda. En poco tiempo, Mary lo vinculó a los intelectuales de Boston -Emerson y Longfellow, entre ellos-; tradujo su "Facundo"; se convirtió en su consejera y guía; incentivó su pasión por la educación; y preparó el selecto grupo de señoritas que viajaron a la Argentina y la historia recuerda como "las maestras norteamericanas" de Sarmiento. 

Las andanzas de estas jóvenes en nuestro país no han sido todavía bien difundidas. Baste anotar que llegaron en varias tandas, se desperdigaron por las provincias, y no siempre fueron bien recibidas. Una de ellas, Jennie Howard -que dejó un libro de memorias, "En otros años y otros climas"- nos informa que recién abierta la escuela de Córdoba de la Cruz de Sur, apareció un cartel con la leyenda "Esta es la Casa del Diablo y la Puerta del Infierno". La bostoniana anota irónicamente que los habitantes parecían creer que "...algunas fuerzas de las Tinieblas bajo la apariencia de una Escuela Normal, habían alzado allí su morada en lugar de los santos de antaño". 

Dos datos para sintetizar estos sucesos que vinculan los orígenes de la educación argentina al inquietante estado de Massachusetts. Mary Peabody de Mann, cuya correspondencia con Sarmiento roza la friolera de ciento cincuenta cartas, era hermana de Sofía Peabody, esposa de...Nathaniel Hawthorne. Y el sanjuanino parece haber cumplido bien su misión, dado que en su memoria, la de Mann y las 65 maestras bostonianas, el 11 de septiembre se conmemora el Día del Maestro en el estado de Massachusetts. 

Boston, Poe, y las raras coincidencias

Lo que ocurre en Boston, en cuya cárcel muchos procesados por brujería esperaron la sentencia, es curioso: a 22 km al NE (20´en auto) se encuentra Salem; a 14 km al SO (unos 10´por carretera) se levanta Dedham. Durante los procesos, el diablo fue identificado varias veces como un enigmático "hombre alto de Boston". Y fue en Boston que en enero de 1809 nació Edgar Allan Poe, uno de los primeros en reconocer "el genio indispensable" de Hawthorne. Pero más allá de esta crítica visionaria existe un dato incomprensiblemente ignorado por los biógrafos del autor de "El cuervo". La información la proporciona John Ingram en su hoy inhallable "Edgar Allan Poe, su vida, carta y opiniones", traducido por el argentino Edelmiro Mayer en 1887, que ahora tenemos frente nuestro.

Ingram reproduce una revelación de Helen Whitman, a quien pretendió sin éxito el poeta poco antes de su muerte en Baltimore. La señora apunta que el linaje de Poe se remonta a una familia normanda, los Le Poer, afincada en Irlanda durante el reinado de Enriqueta II. Uno de los antepasados del poeta fue Arnoldo Le Poer, senescal del castillo Kilkenny, "caballero e instruido en las letras", que se jugó la libertad y la vida para salvar de las garras del clero a Lady Alice Kytler, acusada y llevada a juicio por brujería. ¿Casualidades o un laberíntico entretejido de relaciones para el que aún no se dispone de un hilo de Ariadna?. En cierta oportunidad, Flaubert opinó que "el frenesí de llegar a una conclusión es la más funesta y estéril de las manías". Es menos vanidad que sensatez compartir momentáneamente ese juicio. 

(Publicado en el "Cuaderno de Némesis" titulado "El caldero de las brujas")

11 enero 2022

Albert Eistein, el Proyecto Manhattan y las últimas lágrimas


Por Humberto Acciarressi 

En julio de 1945, unos días antes de la Conferencia de Potsdam, varios de los científicos más prestigiosos de Occidente tomaban café y leían papeles en el desierto de Nuevo México. En esa región, llamada Arenas Blancas, daban los últimos retoques a un proyecto largamente preparado, cuando ya Alemania y sus aliados europeos habían firmado la rendición incondicional. Sólo Japón mantenía el combate en el lejano Oriente. Unos años antes, el 2 de agosto de 1939, el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt había recibido en su despacho de la Casa Blanca una carta en la que se le comunicaba la posibilidad de crear "armas extremadamente destructivas". Estaba firmada por Albert Einstein, que conocía la naturaleza brutal del nazismo y cuya Teoría de la Relatividad era para Hitler "un cuento judío". El sabio ejercía un pacifismo no ingenuo y apenas aconsejaba que Estados Unidos tuviera esas armas antes que el Eje. 

Seis años más tarde, ya de vuelta en el desierto de Nuevo México, el 16 de julio de 1945 a las 5.30 de la madrugada y a diez kilómetros del epicentro, el mencionado grupo de científicos presenció un experimento atroz: la primera explosión atómica de la historia. Lo que observaron en el lugar -la luminosidad, la arena convertida en cristales, el viento desatado- llevó a uno de los presentes, Keeneth Bainbridge, director del laboratorio de Los Alamos, a informar: "Nadie que lo haya visto puede olvidarlo: un espectáculo horrible y pavoroso". Ese acontecimiento le causó gran satisfacción a Robert Oppenheimer, director del reservadísimo Proyecto Manhattan, al punto que cuando murió Roosevelt, el nuevo presidente Harry Truman no sabía nada de él. Ese hombre rústico, mediocre y que acuñaba frases de dudosa profundidad, fue el responsable de arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, a pesar de los consejos en contra de sus generales y asesores que le aseguraban que Japón estaba a punto de rendirse. 

Cuando Einstein se enteró que el brutal Truman había resuelto no hacerle caso a sus consejeros e incluso a Churchill, su ánimo jovial y bonachón no volvió a ser el mismo. Cuando concluyó la guerra luego de la siniestra matanza realizada en las dos ciudades niponas, el sabio no dejaba de decir: "Yo apreté el botón". Hasta su muerte acontecida en 1955 se sumió en una melancolía de la que sólo salía de a ratos, y se consagró a luchar por la paz mundial y por una conciencia antimilitarista. En una de sus últimas apariciones públicas, Einstein le pidió perdón al físico japonés Hidei Yukawa por los ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Los presentes, azorados, lo vieron balbucear ante su colega entre lágrimas. Mientras tanto, Truman dormía tranquilo. 

(Columna publicada, hace unos años, en el diario "La Razón", de Buenos Aires)

27 agosto 2021

El Poema del Mio Cid en el marco de la épica castellana

Monumento al Cid Campeador en la ciudad de
Buenos Aires, inaugurado el 13 de octubre
de 1935 en el cruce de las avenidas Gaona,
Honorio Pueyrredón, Díaz Velez,
Angel Gallardo y San Martín
Por Iván Acciarressi 

Si hablamos del legado del poema del Mio Cid, lo primero que deberemos hacer es reconocerlo, saber que existe. Aún hoy, aproximadamente 800 años después, todos tenemos aunque sea conocimiento de la obra, o de un monumento que la represente. Y aunque alguna persona no lo tuviera, si le preguntáramos si ha visto alguna estatua con un guerrero armado de espada subido a un caballo, nos diría que sí. Si continuáramos preguntándole, queriendo averiguar qué significa, tendríamos algunas pistas concluyentes, no sólo sobre la existencia del legado, sino de su contenido implícito y su huella en nuestra memoria celular. 

Ubicado por los alrededores del año 1200, el cantar es el único registro de la épica castellana y, a la vez, la primera de las obras extensas españolas. Por tanto está a caballo (y con espada) entre dos eras. Es un hito. Y ya con esto marca la historia. Pero luego, al leerlo, nos hace ver que nada está ahí por casualidad. Y, sin embargo, se dice de él que es historia y no ficción.

A diferencia de Francia, una de las vertientes de influencia postulada como origen de la épica castellana, donde la llegada del Renacimiento hace virar las temáticas de gesta hacia otros rumbos, España mantuvo las características de composición de las "H" (honra, honor, heroismo, hidalguía) que las nutrían para su literatura posterior. Y también para la configuración de su folclore nacional, una vez que ya no tuvieron escisiones internas, se consolidaron como nación y hasta pudieron tener colonias a las cuales traspasarles a los héroes nacionales toda la simbología pertinente al respecto: tienen valor, honra, van a caballo y con espada.

Otro de los rasgos distintivos de la épica castellana es su realismo, la quita de velo que realiza a la típica imágen del héroe desde lejos, para luego acercarse y construir ese heroismo desde otro lugar, más de cerca de su humanidad. Pareciera que los sucesos de guerra son accesorios y que lo realmente importante es lo que al Cid le ocurre en lo que a su individualidad toca. El destierro, la afrenta. Y todas esas problemáticas las afronta de acuerdo a la ley, con sumisión al rey, sin rebeldía. Parece difícil de creer: practicamente un superhéroe capaz de ganar cualquier batalla, hace la fila para hacer los trámites con paciencia y soporta injusticias si el soberano lo manda. Es un perfecto ejemplo de español. 

Si bien no es factible creer que el poema sea de origen panfletario, nadie lo prohibió; para ningún gobierno de España fue peligroso, e incluso algunos dictatoriales, como el de Franco, lo han realzado. No sólo representa una incuestionable defensa de la patria ibérica, sino que también, como vimos, delinea la intachabilidad de la conducta privada a seguir, incluso aquella de traza fuertemente patriarcal como el hecho de que una afrenta a la hija de uno, sea una afrenta al honor de uno, más que al de ella. Una última reflexión: a pesar de lo señalado, el héroe no revalida su honor a través de la venganza como se estilaba antes, ahora va a la corte y lo resuelve con civilidad.

Primer códice del Mio Cid que se conserva
en la Biblioteca Nacional de España
 


17 mayo 2021

Jack The Ripper, Londres, Buenos Aires, o la historia destripada


Por Humberto Acciarressi 

En muchas ocasiones, la estadística se viste de luto. Allá por 1970, Ted Bundy, en un macabro periplo por diez estados norteamericanos, asesinó -según confesó mientras esperaba la ejecución en la galería de la muerte- a unas 400 mujeres. Unas tres décadas antes, Albert Fish llegó a los dos centenares de crímenes de chicos en Nueva York, al mismo tiempo que en Illinois, H.H.Mudgett perdía en la estadística con “sólo” cien asesinatos. Estos tres casos son apenas una ínfima muestra de la populosa criminalística de los Estados Unidos, con varios centenares de asesinos seriales, casi ninguno de los cuales baja de diez muertes. Inglaterra, Francia, Rusia, Alemania, España e Italia, también tienen lo suyo en lo referido a una cruenta historia que incluye asesinos ilustres como Landrú, o cronistas de lujo como Thomas de Quincey ( “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”). En ese marco de exhuberancia homicida, ríos de sangre, y casos resueltos o sin resolver, cinco prostitutas asesinadas con precisión quirúrgica en un otoño victoriano en el East End de Londres no parecen, a simple vista, reunir las condiciones que requiere la posteridad. Pero la historia es caprichosa. 

Hombre o mujer (hay quienes postulan los quehaceres de una destripadora) al asesino le bastaron las semanas que fueron desde el 31 de agosto hasta el 9 de noviembre de 1888 y un espacio no superior a los 400 metros cuadrados, para entrar en las crónicas criminales, en las páginas de la literatura y hasta en el no siempre accesible mundo del cine. Escondido en el anonimato de la noche, oculto tras la niebla londinense, Jack el Destripador dejó un reguero de sangre menos caudaloso pero más perdurable que otros. Obviando los detalles macabros, no es ocioso remarcar ciertos hechos relacionados con el caso más famoso de la criminalística. 

La educación sentimental 

Las andanzas del desconocido que se bautizó a sí mismo en una nota enviada a Scotland Yard, fueron seguidas con entusiasmo y horror por toda la sociedad británica. Atrajo la atención de George Bernard Shaw, que además de escribir sus libros se entretenía enviando cartas a los diarios. El Irlandés ironizaba sobre la atención misericordiosa que despertaron las prostitutas gracias a los crímenes. “Mientras nosotros los socialdemócratas - escribió en una misiva al Star el 24 de septiembre de 1888- estamos desperdiciando nuestro tiempo en la educación, en la agitación y la organización, un genio independiente ha tomado las riendas en sus manos y, por el simple procedimiento de asesinar y destripar a cuatro mujeres, ha convertido a la Prensa en una especie inepta de comunismo”¨. Vale justipreciar la ironía de Shaw con la opinión de Gordon Rattray Taylor expresada en “El sexo en la historia”: “Las rameras eran para los victorianos lo que las brujas para los medievales”. 

Otro interesado en los crímenes fue Arthur Conan Doyle, que un año antes, con "Un estudio en escarlata", había hecho debutar al famoso detective morfinómano y misógino Sherlock Holmes. El escritor escocés, cuyo comercio con las almas lo llevó a escribir un tratado casi olvidado sobre el espiritismo, parece haber dejado un cuento titulado "Jack, el asesino de rameras", que no figura en las antologías aunque es citado por sus biógrafos. Allí dice que el criminal es un inspector de Scotland Yard que cae en la trampa de un Sherlock Holmes disfrazado de mujer. Años más tarde, el hijo de Conan Doyle, Adrian, revelaba que su padre creía que el verdadero Jack era una persona con conocimientos anatómicos (el propio escritor era médico) y que se vestía de mujer para pasar inadvertido. Es fascinante el juego de las coincidencias: días atrás (Aclaración de 2021: nos referimos al año 2006, fecha de este escrito) , escribí un artículo para un diario nacional titulado “¿Por qué Conan Doyle odiaba a Sherlock Holmes?”. Entre la publicación de aquel y la escritura de éste, los cables anunciaron la culminación de un estudio inglés, que probaría que Conan Doyle asesinó a un amigo suyo, de cuya esposa fue amante, para ocultar que habían escrito juntos “El perro de los Baskerville”. Pero volvamos a Jack, o, para decirlo con espíritu “ripperólogo”, vayamos por partes.

Postulantes para todos los gustos

Los candidatos a la identidad del Destripador son multitud. Desde miembros de la familia real hasta matarifes londinenses, pasando por espías rusos, abogados desquiciados, misóginos extremistas, mujeres resentidas (Jill la Destripadora es la más famosa) y asesinos de paso, que entre un país y otro se tomaron unos copetines sangrientos en el Whitechapel londinense. Entre los postulantes a tan dudoso honor, algunos estuvieron ligados a la Argentina. Valga una aclaración: en lo que respecta a Jack, nada es definitivo, todo es precario, como si se tratara de un rompecabezas que nunca termina de armarse porque siempre sobra o falta una pieza. También es cierto que los candidatos vinculados a nuestro país figuran entre los antecedentes más remotos del caso, como el del húngaro Alois Szmeredy, que según Carl Muusmann, en un estudio publicado en 1908, sostenía que había perfeccionado su arte macabro en la Argentina. O un tal Alonzo Maduro, argentino e "infundadamente sospechoso" según los especialistas Paul Begg, Martin Fido y Keith Skinner. 

Pero uno de los candidatos más atractivos fue postulado por Leonard Matters en 1929, en su libro "El misterio de Jack el Destripador", el primero dedicado íntegramente al criminal y un clásico durante años. Allí se lee que un brillante médico londinense llamado Stanley (ninguna fuente cita su nombre de pila) habría cometido los asesinatos de Whitechapel para vengar la muerte por sífilis de su hijo Herbert, contagiado por Mary Kelly, la última de las víctimas de Jack y la más salvajemente mutilada. Para encontrar y asesinar a la prostituta, el doctor Stanley inició una investigación que incluyó la muerte de cuatro amigas de Mary. 

¿El destripador en Buenos Aires? 

Luego de la última matanza - la obra de un verdadero desquiciado según las fotografías y los relatos que han quedado - el doctor habría viajado a Buenos Aires. El propio Matters, instalado en la capital argentina como redactor jefe de un periódico inglés, “pretendió haber descubierto la confesión del doctor Stanley, publicada en uno de los periódicos locales en castellano”, de acuerdo a los estudiosos Colin Wilson y Robin Odell, autores de esa especie de suma que es “Jack el Destripador, recapitulación y veredicto”. Según Matters, un cirujano residente en Buenos Aires que había sido discípulo del doctor Stanley, fue llamado al lecho de muerte de su profesor en un hospital. El mensaje decía: 

"Apreciado señor: A solicitud de un paciente que, según dice, lo recordará usted como el doctor Stanley, le escribo para informarle que se encuentra en este hospital en un estado grave. Padece de cáncer y, si bien le hemos operado con éxito, han surgido complicaciones que hacen que el fin sea inevitable. El doctor Stanley quisiera verlo. Hemos dado instrucciones en la recepción para suspender todas las reglas en su caso y permitir entrar de inmediato a la sala V, donde el paciente se halla en la cama 28. Atentamente suyo. José Riche, cirujano en jefe". 

Durante la visita del cirujano al agonizante, éste le habría confesado que él era Jack el Destripador y además contado con lujo de detalles la historia del hijo y sus trágicas secuelas. Hay que aclarar que durante decenas de años, los especialistas trataron con bastante dureza la teoría de Matters, hasta que en 1972, el ya citado Colin Wilson se encontraba haciendo un programa televisivo sobre el Destripador. Por esos días, el investigador recibió una carta de A.L.Lee, de Torquay, cuyo padre había trabajado en la morgue londinense en la época de los crímenes. La misiva precisaba: 

"En 1888, papá trabajaba para el ayuntamiento de Londres, en el depósito de cadáveres de la City. Entre sus atribuciones se encontraba el recoger los cuerpos de todas las personas que morían en la city y llevarlos al depósito de cadáveres; cuando se necesitaba una investigación, él preparaba los cuerpos para la autopsia del señor Spilbury (...) Su superior inmediato era el doctor Cedric Saunders, el coroner de la City. El doctor Saunders tenía un amigo muy especial, un tal doctor Stanley, que visitaba el depósito de cadáveres una vez por semana. Cada vez que veía a papá la daba un cigarro puro. Un día llegó el doctor Stanley y, pasando frente a papá, le dijo al doctor Saunders: ´Las putas se han apoderado de mi hijo. Me desquitaré´. Muy poco después empezaron los asesinatos. El doctor Stanley seguía visitando el depósito de cadáveres durante ese tiempo, pero, tan pronto como cesaron los asesinatos, nunca más lo vieron. Papá le preguntó al doctor Saunders si el doctor Stanley regresaría. La respuesta fue que no. Cuando papá lo presionó, el doctor Saunderse le dijo: ´Sí, creo que él era Jack el Destripador´. Como colofón, a principios del decenio de los veinte, un domingo, leí en el People un párrafo que decía: ´Un tal doctor Stanley, de quien se cree que fue Jack el Destripador, ha muerto en Sudamérica´". 

Vale añadir que ni Matters, ni Lee, ni Colin Wilson precisan en qué hospital murió el misterioso doctor Stanley, dónde fue enterrado, ni siquiera la fecha exacta, aunque sabemos que todo ocurrió antes de 1929. En cualquier caso, son piezas de ese rompecabezas de noche, niebla y sangre que aún está lejos de completarse, y del que Buenos Aires tal vez no sea del todo ajeno. 

(Publicado en el "Cuaderno de Némesis" titulado "Noche, sangre y niebla", en 2006)



Caricatura de la revista Punch de 1888,
con Jack dibujado como un fantasma
El 13 de octubre de 1888 una caricatura
titulada "un posible sospechoso" fue
publicada por Ilustrated London News

08 mayo 2021

Guillermo Cabrera Infante, entre la literatura y su amor al cine


Por Humberto Acciarressi 

La escena transcurría, semanalmente, en el pueblo donde nació en 1929 - Gibara, en el extremo noroeste de Cuba -, cuando apenas era un chico. Su madre, una mujer que pasaba penurias económicas, le preguntaba: "¿Cine o sardina?". Y nunca, ni él ni su hermano, confesó años más tarde Guillermo Cabrera Infante, eligió la sardina. Lo que equivalía por entonces a renunciar a la comida del día por las aventuras de la pantalla. Como Manuel Puig entre nosotros, aunque Cabrera Infante se dedicó luego a las letras y sus costumbres, el cine nunca estuvo ausente en su obra, que incluyó - ya no en el plano literario - la fundación de la Cinemateca de Cuba, clausurada en 1956 por Batista. Y de hecho tres de sus libros - "Un oficio del siglo XX", "Arcadia todas las noches" y "Cine o sardinas" - recopilan sus exquisitos, brillantes escritos sobre esa pasión no oculta, que lo acercó, incluso, a Hollywood.

Cabrera Infante definía la literatura como "un vasto campo de juego". Allí, como pocos, experimentó con el idioma desde que la fama literaria le llegó con su novela "Tres tristes tigres", donde contó la vida nocturna de tres jóvenes en La Habana pre-revolucionaria. Con ella obtuvo premios internacionales y la expulsión de la Unión de Escritores de Cuba. Luego llegaron "La Habana para un Infante difunto", "Vista del amanecer en el trópico", "Delito por bailar cha cha chá", "Ella cantaba boleros" y "Todo está hecho con espejos", entre otros. Figura impar, a Cabrera Infante se le deben aplicar sus propias palabras: "La historia puede ser real o falsa, pero los tiempos la hicieron creible". Eso, por fortuna, no sucede con todos. En "La ninfa inconstante" dejó plasmada una de sus obsesiones, casi siempre -como suele suceder- no llegan a nada. Escribió Cabrera Infante: "Según la física cuántica se puede abolir el pasado o, peor todavía, cambiarlo. No me interesa eliminar y mucho menos cambiar mi pasado. Lo que necesito es una máquina del tiempo para vivirlo de nuevo. Esa máquina es la memoria. Gracias a ella puedo volver a vivir ese tiempo infeliz, feliz a veces".

Pinta tu aldea y pintarás el mundo, aconsejaba Tolstoi. Cabrera Infante hizo eso, aunque lo suyo es más meritorio si se considera que pasó más de la mitad de su vida fuera de su patria. Se trata de uno de los "lectores" más refinados de la realidad cubana, no sólo en lo político - como insisten detractores y admiradores - sino en lo referido a la vida íntima, cotidiana, de tristezas y alegrías, razones y sinrazones, del pueblo caribeño. Alejado geográficamente de Cuba - salvo cuando en 1965 regresó para los funerales de su madre - Cabrera Infante vagabundeó por varios países. España le negó la residencia, intentó en otras partes, y finalmente consiguió la ciudadanía británica. Jamás volvió a su patria y así, lejos de ella, lo encontró la muerte el 21 de febrero del 2005, cuando su cuerpo no resistió más su salud desmadejada y caprichosa.

(Publicado hace unos años en el diario La Razón de Buenos Aires, en ocasión de la muerte de Guillermo Cabrera Infante)


15 marzo 2021

Witold Gombrowicz entre la hostilidad y la devoción


Por Humberto Acciarressi 

Milan Kundera, amigo de las vanguardias y poco propenso al elogio fácil, dijo en una oportunidad que Witold Gombrowicz es uno de los precursores de la moderna novela europea. Carlos Fuentes, por su lado, sostuvo que "Ferdydurke" es una de las diez mejores novelas del siglo XX. Tal vez un poco exagerado, y seguro muy provocativo, Ricardo Piglia aseguró -pecado de lesa literatura- que Witold "es el mejor escritor argentino del siglo XX". Pero más allá de exageraciones, devociones, pasiones encontradas, y otros entusiasmos de la razón y del corazón, lo cierto es que Witold Gombrowicz es uno de los escritores más singulares y una de las personalidades más inquietantes del siglo que aún sentimos como propio. 

Los datos biográficos de este autor impar -en un hombre que fue pura biografía- podrían resumirse en unas pocas aunque relevantes fechas. No es un dato menor, por ejemplo, que haya nacido -hace poco más de cien años- en una humilde aldea de Polonia, pero en el seno de una familia noble. Sus estudios de Derecho en Varsovia, una breve estancia parisina y sus primeros devaneos literarios en la década del treinta podrían agregar algo al origen de su misterio. Para los argentinos -y para él mismo- una fecha clave en su vida fue el 21 de agosto de 1939, cuando llegó a Buenos Aires a bordo del barco Chorbry, en el viaje promocional de una empresa naviera. Una semana más tarde, como para acentuar el peso del destino, en Europa estallaba la Segunda Guerra Mundial. 

Cuando Gombrowicz arribó a nuestro país, ya había escrito la colección de cuentos "Memorias de la inmadurez o Bakakai", la pieza teatral "La princesa Yvona de Borgoña" y su obra maestra "Ferdydurke". Sin embargo, era un autor desconocido y -en muchos casos- maltratado por sus colegas. La Argentina no fue muy hospitalaria en ese sentido, o por lo menos no lo fue el círculo que rodeaba a la visionaria e imprescindible Victoria Ocampo. Witold, hay que decirlo, era demasiado hostil en su trato. Ernesto Sábato lo recuerda en el prefacio a la edición de "Ferdydurke" de 1964: "Era un individuo flaco, muy nervioso, que chupaba ávidamente su cigarrillo, que desdeñosamente emitía juicios arrogantes e inesperados. Parecía helado y cerebral...". 

Sí cultivó la amistad del cubano Virgilio Piñera -por entonces en Buenos Aires-, de Adolfo de Obieta, Arturo Capdevila y Carlos Mastronardi, entre otros. Algunos de ellos lo ayudaron a traducir sus obras al español. Así fue como el misterioso Witold, llegado casi casualmente, se afincó entre nosotros por más de dos décadas. No se entregó a las añoranzas, sino que criticó con vehemencia a su país y no fue condescendiente con los intelectuales de la patria adoptiva, incluyendo a Borges, con quien mantuvo una cena desastrosa en la que no congeniaron. "Los hechizados", "Trans-Atlántico" y "Pornografía" son algunas de sus otras obras, hoy casi inhallables en las librerías. 

Su raid argentino culminó abruptamente, sin despedidas, a comienzos de los sesenta. De su paso por estas tierras queda su "Diario argentino". La Polonia comunista lo censuró y lo puso en sus listas negras. En los años europeos que transcurrieron hasta su muerte acaecida en Francia en 1969, trabajó con la Fundación Ford y no hizo muchas más cosas. Falleció en las cercanías de Niza, casi sin que nadie se enterara, incluyendo a sus amigos de Buenos Aires. Hoy dos patrias se disputan la paternidad de su obra literaria. A Witold, no caben dudas, eso le hubiera causado gracia. 

(Publicado en "Tiempo de Arte", de Buenos Aires)

31 enero 2021

André de Dienes, el fotógrafo que hizo famosa a Marilyn Monroe


Por Humberto Acciarressi

El fotógrafo húngaro André de Dienes (1913-1985) ya era, en 1945, un profesional que había trabajado en la agencia Associated Press en Europa, y en Esquire, Vogue y Life en los Estados Unidos. Pero al margen de las fotografías de moda en las que se había especializado, se dedicaba a registrar las culturas nativas de los Estados Unidos y, radicado en California, a desarrollar un especial interés en desnudos y en paisajes. Hasta allí, un buen profesional pero sin nada de otro mundo que alterara sus jornadas. Fue entonces cuando un día de ese año de 1945 conoció a Norma Jeane Baker, una bellísima chica de 19 años que figuraba en los listados de la célebre Agencia de Modelos del Libro Azul de Emmeline Snively. Fue ésta quien le sugirió a André de Dienes que conociera a la joven que por entonces ni soñaba con convertirse en Marilyn Monroe, el mayor ícono femenino del siglo XX y emblema estético de los artistas del Pop, posteriores a su suicidio a los 36 años en 1962. 

Pero la entonces Norma Baker llegaba de una infancia y adolescencia terribles, saltando de padres adoptivos a orfanatos, e incluso un matrimonio con un joven obrero, James Dougherty, cuando acababa de cumplir 16 años, realizado para salvarse de ir a otra casa de huérfanos. En 1944, mientras su esposo se encontraba en el Pacífico, ella trabajaba en una fábrica de aviones (Radioplane Company), donde la fotografió David Conover, un enviado de la Fuerza Aérea de Estados Unidos (todavía en guerra) para una revista destinada a levantar la moral con las imágenes de las trabajadoras. Sin embargo, en 1945 dejó la fábrica y se dedicó a modelar para la agencia de Emmeline Snively. Fue ésta quien le aconsejó teñir su pelo castaño oscuro a rubio platinado. Y quien le presentó a Andre de Dienes. El fotógrafo, en sus memorias, recordó aquel momento: "...fue como si me hubiera sucedido un milagro. Norma Jeane parecía un ángel. Apenas pude creerlo por unos momentos ¡Un ángel terrenal de aspecto sexy! ¡Y enviado expresamente para mí!"

Si bien Snively se la había recomendado para su proyecto de desnudos artísticos, el fotógrafo no le tomó ninguno en las centenares de fotos que le sacó. Sí unas muy bellas fotografías de carretera en un viaje de cinco semanas que hicieron a tal fin, por las que Norma/Marilyn apenas recibió una paga de 200 dólares. Posteriormente, aunque el artista obtuvo grandes ganancias por las tomas, jamás le dio un peso a la retratada, quien -hasta donde se sabe- tampoco reclamó nada, cuando ya comenzaba a cimentar el mito cinematográfico de su genio y figura (de hecho la siguió fotografiando en los años posteriores). Pero más alla de la canallada de no pagarle esas sesiones de fotos inaugurales (con las que luego hizo libros célebres), hay que reconocerle a Andre de Dienes que las mismas sirvieron para los primeros pasos de la ya legendaria Marilyn Monroe. Lo cual, la verdad sea dicha, no es poca cosa.











05 enero 2021

El libro que mata con arsénico a quien lo lee sin protección


Por Humberto Acciarressi 

Hace unos años publiqué, en varias revistas y diarios, una serie de notas bajo el título "El misterio de los libros asesinos". No viene al caso mencionarlos ahora, aunque si anotar que no figuraban los cuatro ejemplares sobrevivientes de los 100 impresos en 1874 de la obra "Shadows from the Walls of Death" (Sombras de los muros de la muerte), cuyo contenido de láminas hechas en arsénico pueden matar a una persona literalmente. Curiosamente, el autor, Robert C. Kedzie, que fue cirujano durante la Guerra de Secesión estadounidense, era un investigador muy preocupado por las propiedades peligrosas del arsénico, a partir del tratamiento de una nena de nueve meses que mejoraba cuando se la sacaba de su casa y empeoraba cuando la devolvían del hospital. Así fue como Kedzie descubrió que el problema se encontraba en el arsénico del empapelado que recubría las paredes del cuarto de la pequeña. 

Hay que observar que esos tapices de papel eran típicos en las casas victorianas de las clases medias y acomodadas inglesas. Y en lo que atañe a los Estados Unidos, los papeles con delicados motivos florales, sobre todo en tonalidades verdes, causaban furor a mediados del siglo XIX. Aunque se sabía que el arsénico era letal si se ingería directamente, para lograr mejores colores los fabricantes recurrían a ese peligroso elemento químico. Como dato curioso puede acotarse que al mismo se lo conocía vulgarmente como "polvo de la herencia", ya que podía emplearse para desembarazarse de familiares ricos y ancianos y recibir cuantiosas fortunas. Lo que se ignoraba era que también eran dañinas para la salud la inhalación de sus partículas o la absorción a través de la piel. 

Fue en ese contexto que el médico y profesor de química estadounidense Robert M. Kedzie -con gran actividad académica en Michigan- publicó, en 1874, "Shadows from the Walls of Death". Lo que hizo inexplicablemente mal fue incluir en el libro 84 láminas de muestras de esos empapelados letales, con lo cual, paradójicamente, la misma obra se transformó en una bomba peligrosísima para la salud. Nunca se sabrá cuantas personas murieron al leer y pasar las páginas en las que se encontraban las muestras del papel de pared, al entrar en contacto con el arsénico que estas contenían. 

Cuando finalmente la obra de Kedzie dio sus frutos y ya advertido el peligro, se destruyeron la mayoría de los 100 ejemplares, que el propio autor había distribuido en colegios y bibliotecas populares de Michigan. Pero se salvaron cuatro, que existen al día de hoy. Estos se encuentran en la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos (con una versión digitalizada, que hemos consultado); otro en Harvard; y dos más en la Universidad de Michigan y en la Michigan State University en una sección titulada “Colecciones especiales”. Cada uno de estos volúmenes está encapsulado y debidamente resguardado, y para leerlos se deben utilizar guantes de protección para evitar contactos con la piel. Curiosa paradoja la de esta obra: cuando gracias a ella ya no se utiliza arsénico en los empapelados, los cuatro ejemplares que quedan aún pueden matar.











EL PROFESOR KEDZIE DANDO UNA CONFERENCIA EN 1892

31 diciembre 2020

Marguerite Duras y la pasión desmesurada


Por Humberto Acciarressi 

"En un lugar de la Mancha", "Hoy ha muerto mamá, quizás ayer" "Esa mañana, Gregorio Samsa", son algunos de los arranques literarios más famosos. El listado es vasto y suele depender de los gustos. Existe uno que también puede integrar un diccionario de comienzos famosos. Dice así: "Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: la conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud. Su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado". Así comienza "El amante", una de las obras más famosas de Marguerite Duras -hacedora de una vastísima narrativa, directora de una decena de películas, etc-, que le valió el premio Goncourt 1984, una tirada de tres millones de ejemplares, la traducción a cincuenta idiomas y un film mediocre de Jean-Jacques Annaud. 

La vida y la obra de Marguerite Duras están atravesadas por la pasión. De la primera, puede decirse que nació en Indochina, cerca de Saigón, poco antes del inicio de la guerra del 14. Fue polémica y jamás eludió la responsabilidad de hacerse cargo de sus ideas. Participó de la Resistencia francesa, se desgañitó contra la intervención francesa en Argelia, se afilió y desafilió al PC y levantó barricadas durante el Mayo francés. El alcoholismo le dio pocas treguas. Cuando le llegó la muerte en 1996, acababa un romance con un joven que le inspiró libros e hizo menos doloroso el cáncer que la mató. Escribir, para ella, era más importante que comer. 

De su obra pueden destacarse "Un dique contra el Pacífico", "Los caballitos de Tarquinia", "Moderato Cantabile", "El mal de la muerte", "La vida tranquila". Según dice la leyenda, su primer libro, "La impudicia", apareció porque amenazó con suicidarse si no era editado. Cuando publicó el último - "Eso es todo"-, tenía en su haber casi cincuenta obras y el existencialismo inicial había derivado al nouveau roman. Mientras tanto, en intensos entreactos, tuvo lugar una historia de pasión exuberante y una literatura espléndida que el tiempo sostiene. Lo que no es poco decir de un siglo tan prolífico.

(Publicado en "Tiempo de Arte", de Buenos Aires, en el año 2007)

24 diciembre 2020

Horacio Quiroga, pionero de la crítica de cine de la Argentina


Por Humberto Acciarressi 

Hasta donde se sabe, la relación entre Jorge Luis Borges y Horacio Quiroga fue casi inexistente. Ambos, sin embargo, cuentan –como interesante antecedente– con su gusto por el cine, actividad considerada por entonces como "entretenimiento para criadas". Lo que queda claro es que ambos, de una forma u otra, fueron seducidos por las posibilidades de representación del cine, por ese entonces mudo. En el caso de Quiroga, uno de sus últimos artículos se titula "Espectros que hablan" y se refiere –obviamente– al surgimiento del cinematógrafo parlante. 

Entre 1918 y su suicidio el 17 de febrero de 1937, el atormentado autor de los "Cuentos de amor, locura y de muerte" dedicó gran entusiasmo en escribir reseñas cinematográficas para las revistas El Hogar, Caras y Caretas, Atlántida y para el diario La Nación. Un libro editado oportunamente por Losada –"Cine y literatura", que reúne las crónicas de Horacio Quiroga– revela que se conocen 68 comentarios suyos sobre cine. 

En el primero de ellos, se conmueve por el drama del galán Jorge Walsh, a quien considera un buen actor que "tuvo la desgracia de tropezar con la Fox". De acuerdo con el dandy aventurero, a Walsh lo convirtieron en un personaje tipificado que comienza a aparecer en la pantalla "casi desnudo, haciendo gimnasia con gran derrumbe de músculos para particular placer de las niñas". A partir de sus experiencias como narrador de historias y creador de personajes, más el conocimiento cabal de las técnicas rudimentarias del séptimo arte, Horacio Quiroga se convirtió en uno de los primeros críticos de cine del país. 

No menciona a Buster Keaton, habla del "encanto particularmente poético" de Chaplin, se detiene –y mucho– en el rol de las actrices de entonces, justiprecia a Thomas Ince, le reconoce méritos a Cecil B.de Mille, establece las diferencias entre el teatro y el cine, y le dedica poco y nada al expresionismo alemán. Eso es apenas una parte de su obra en tal sentido. Y además, como si fuera poco, intenta crear con Manuel Gálvez una empresa cinematográfica y escribe un guión: "La jangada". Esto sin olvidar, claro, que Quiroga realizó su magnífica tarea literaria con varias referencias al cine, ese mismo que denominaba "el archivo de la vida". Paradójicamente, esos escritos pueden darnos algunas claves de su dramática existencia. 

(Publicado en el diario "La Razón", de Buenos Aires, en el año 2007)

22 diciembre 2020

"Rico Tipo", la revista de Guillermo Divito que contó una época


Por Humberto Acciarressi 

No son muchos los personajes de la cultura argentina que sean más atrayentes que Guillermo Divito. Y eso teniendo en cuenta que nuestro país ha dado pintoresquismo en cantidades mayúsculas, e incluso sirvió de asilo a decenas de extranjeros con atributos excéntricos. Pero la biografía de este historietista impar es digna de una película, o más precisamente de un buen guionista. Divito fue, casi desde sus inicios, famoso por las pibas que dibujaba. Y fue precisamente eso lo que lo puso en problemas siendo muy joven. Todavía en la prehistoria de su larga carrera profesional, cuando tenía todo por ganar, se fue de la "Patoruzú" de Dante Quinterno -que entonces vendía 150.000 ejemplares- porque éste le criticó el largo de las polleras de sus "chicas". Lo trataron de loco y de tirar una profesión por la borda, ya que trabajar al amparo del genio del creador del indio más famoso de los cómics no era poca cosa. Pero Divito no andaba con vueltas. Con el entusiasmo de los predestinados, el 16 de noviembre de 1944 sacó a la calle su propia publicación: "Rico Tipo". La historia del periodismo es dinámica: en poco tiempo, la revista de Divito vendía 300.000 ejemplares semanales. 

En ese nuevo marco, y sin nadie que le indicara cómo dibujar el largo de las polleras o la sensualidad de sus siluetas, sus "chicas" se hicieron famosas y devinieron en patrón estético de las porteñas. Caracterizadas por sus cinturas inverosímiles en la estrechez, sus mechones de pelo suelto, sus polleras cortas e insinuantes, sus tobillos insignificantes, ese toque sensual fue escandaloso para otros editores de la época. Las mujeres de la calle, sin embargo, se lanzaron a copiarlas. Sin distinción de clase social. Las casas de modas ponían avisos en la revista y el propio dibujante las ilustraba. Pocos personajes de historietas saltaron con tanto entusiasmo del papel a la realidad. La afirmación de Oscar Wilde -"la naturaleza imita al arte"- cobraba sentido en la capital argentina. Casi era imposible no ver en la calle una joven y no tanto que no se vistiera como las "chicas" del dibujante. 

Si los tangos de Enrique Santos Discépolo y la literatura de Roberto Arlt recrearon los años de la depresión económica, los personajes de Divito -y entre ellos sus chicas - encarnaron las peculiaridades de la Buenos Aires de posguerra. Son pocos quienes han conseguido interactuar desde el papel con la realidad con mejor compenetración. Hay que agregar que Divito no era "una rata de biblioteca". Muy por el contrario. Fue un viajero infatigable y casi no dejó lugar sin visitar. También fue un gastrónomo frugal, pero eso lo compensaba con los litros de whisky que tomaba, acompañándose con una pipa que no terminaba nunca. Fue, además, un empedernido amante del jazz y de la velocidad. Un dandy en todo sentido, con el aire del Isidoro Quiñones de su maestro Quinterno. Esa pasión por el vértigo fue su vida y fue su muerte. El 5 de julio de 1969, el Fiat que conducía en una ruta brasileña se estrelló contra un camión. Su revista, ya anacrónica por esos años de nuevas estéticas y de psicodelia desenfrenada, lo sobrevivió mala y milagrosamente tres años. 

Guillermo Divito es mucho más que las lindas pibas que sacaba de su galera de retratista. La glotona Pochita Morfoni, el canalla Fallutelli, el ingenuo Bómbolo, el temido Fúlmine, el esquizofrénico Dr. Merengue, pueden mencionarse entre sus personajes más famosos. Son sus "chicas", sin embargo, quienes atravesaron la barrera del tiempo. Gracias a ellas y a otros personajes de Rico Tipo, quienes no vivimos en esos años nos podemos adentrar al abrigo de la nostalgia por esa Buenos Aires del 40 y del 50 del siglo XX. Por suerte, los dibujos de Divito -como todo gran arte- son disparadores de esas ceremonias del recuerdo, aún cuando esas evocaciones pertenezcan a un pasado no vivido. 

(Este artículo fue publicado en el diario "La Razón" de Buenos Aires en marzo del 2014, en ocasión de una muestra en el Museo del Humor)