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29 julio 2023

El retorno de la Guerra


Miles de soldados, sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, en su retorno a casa a bordo del Queen Elizabeth. La llegada se produjo en Nueva York en agosto de 1945.

Ana y Margot Frank, antes del martirio


Una foto de 1940 que muestra, felices, a Ana y Margot Frank en una playa de los Paises Bajos, dos años antes de su encierro en el escondite de la calle Prinsengracht 263, en Ámsterdam, donde la primera de ellas escribió su célebre diario hasta que el lugar fue asaltado por la Gestapo nazi en la mañana del 4 de agosto de 1944. Ana y su familia fueron trasladados a distintos campos de concentración. Las dos hermanas murieron en el campo de Bergen-Belsen, en la Baja Sajonia alemana, poco antes de la liberación por parte de los aliados.

11 enero 2022

Albert Eistein, el Proyecto Manhattan y las últimas lágrimas


Por Humberto Acciarressi 

En julio de 1945, unos días antes de la Conferencia de Potsdam, varios de los científicos más prestigiosos de Occidente tomaban café y leían papeles en el desierto de Nuevo México. En esa región, llamada Arenas Blancas, daban los últimos retoques a un proyecto largamente preparado, cuando ya Alemania y sus aliados europeos habían firmado la rendición incondicional. Sólo Japón mantenía el combate en el lejano Oriente. Unos años antes, el 2 de agosto de 1939, el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt había recibido en su despacho de la Casa Blanca una carta en la que se le comunicaba la posibilidad de crear "armas extremadamente destructivas". Estaba firmada por Albert Einstein, que conocía la naturaleza brutal del nazismo y cuya Teoría de la Relatividad era para Hitler "un cuento judío". El sabio ejercía un pacifismo no ingenuo y apenas aconsejaba que Estados Unidos tuviera esas armas antes que el Eje. 

Seis años más tarde, ya de vuelta en el desierto de Nuevo México, el 16 de julio de 1945 a las 5.30 de la madrugada y a diez kilómetros del epicentro, el mencionado grupo de científicos presenció un experimento atroz: la primera explosión atómica de la historia. Lo que observaron en el lugar -la luminosidad, la arena convertida en cristales, el viento desatado- llevó a uno de los presentes, Keeneth Bainbridge, director del laboratorio de Los Alamos, a informar: "Nadie que lo haya visto puede olvidarlo: un espectáculo horrible y pavoroso". Ese acontecimiento le causó gran satisfacción a Robert Oppenheimer, director del reservadísimo Proyecto Manhattan, al punto que cuando murió Roosevelt, el nuevo presidente Harry Truman no sabía nada de él. Ese hombre rústico, mediocre y que acuñaba frases de dudosa profundidad, fue el responsable de arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, a pesar de los consejos en contra de sus generales y asesores que le aseguraban que Japón estaba a punto de rendirse. 

Cuando Einstein se enteró que el brutal Truman había resuelto no hacerle caso a sus consejeros e incluso a Churchill, su ánimo jovial y bonachón no volvió a ser el mismo. Cuando concluyó la guerra luego de la siniestra matanza realizada en las dos ciudades niponas, el sabio no dejaba de decir: "Yo apreté el botón". Hasta su muerte acontecida en 1955 se sumió en una melancolía de la que sólo salía de a ratos, y se consagró a luchar por la paz mundial y por una conciencia antimilitarista. En una de sus últimas apariciones públicas, Einstein le pidió perdón al físico japonés Hidei Yukawa por los ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Los presentes, azorados, lo vieron balbucear ante su colega entre lágrimas. Mientras tanto, Truman dormía tranquilo. 

(Columna publicada, hace unos años, en el diario "La Razón", de Buenos Aires)

22 junio 2020

Einstein y una carta sobre el nazismo


Hace casi una década, en una casa de subastas de los Estados Unidos, fue rematada en casi 14.000 dólares una carta escrita por Albert Einstein en 1939. Lo interesante de ella es que el genio recalcaba en ella el "calamitoso peligro" de los nazis para los judíos, aún cuando muchos se negaban a verlo, lo que era doblemente grave si se considera que el mundo se encontraba en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. En aquella carta, el físico le escribió a un empresario de Nueva York, Hyman Zinn, dándole las gracias por ayudar a los refugiados judíos que huían de la persecución en la Alemania de Adolf Hitler.

"Debe ser una fuente de profunda satisfacción para usted estar haciendo una contribución tan importante para rescatar a nuestros perseguidos compañeros judíos de su calamitoso peligro y conduciéndolos hacia un futuro mejor", escribió Einstein a máquina, en papel membretado de la Universidad de Princeton. "No tenemos otro medio de autodefensa más que nuestra solidaridad y nuestro conocimiento de que la causa por la cual estamos sufriendo es una causa trascendental y sagrada", escribió el genio de la Física, que ante el crecimiento de Hitler y sus hordas criminales, aún antes del triunfo de éste en las elecciones germanas, había abandonado Alemania en diciembre de 1932. Es decir, siete años antes de la carta que mencionamos.

20 octubre 2018

Edward Gibbon y la historia insensata


"La Historia es, en verdad, poco más que una crónica de los crímenes, insensateces y desgracias de la humanidad"
Edward Gibbon

31 agosto 2018

Alejandro Magno y su supuesto viaje en submarino


Durante mucho tiempo se creyó que había sido Aristóteles en su obra "Problemata" (de hecho hay quienes ponen en duda la autoría del filósofo griego), en el siglo IV a.C, quien había narrado una extraña aventura de su más célebre discípulo: Alejandro Magno. El hijo de Filipo, se decía, había seguido el sitio a la ciudad de Tiro, en su lucha contra los persas, nada menos que a bordo de una especie de submarino. La verdad es que en el texto, lo único de lo que se habla es de un caldero invertido que utilizaban los pescadores, pero no hay ninguna mención al más famoso de los guerreros conquistadores del mundo antiguo. 

Parece ser que el mito nació en la Edad Media, ya sea en manuscritos y en obras pictóricas (una de las más famosas, de 1445, es la que se observa arriba), seguramente basado en un anónimo titulado "Libro de Alexandre", del siglo XIII, a su vez inspirado en algunos previos. Y si allí está el origen, la historia inicial se bifurcó en varias. Por ejemplo, en una leyenda se contaba que Alejandro Magno bajó en una cápsula en compañía de un perro, un gato y un gallo. Y en otra de las tantas que hubo se afirmaba que el héroe griego descendió en un barril de vidrio al fondo del mar. Lo que queda de esas historias, además de las bellas fantasías realizadas por tan ilustre personaje, son hermosas ilustraciones medievales. Aquí hay algunas.





25 agosto 2018

El gladiador


(...) La posición que ocupaban los gladiadores en la sociedad romana era claramente paradójica. Por un lado, se los despreciaba por desempeñar una posición tan humilde pero, por el otro, se les alababa por su valentía, su habilidad y su atractivo sexual. Se entrenaba al gladiador para el combate mortal; sin embargo, cada uno de ellos era un bien demasiado precioso para dejarlo morir sumariamente en la arena, y resultaba más provechoso que sobreviviera al encuentro. Si el gladiador moría, su propietario perdía la inversión (...), si se perdonaba la vida al gladiador cuando los espectadores querían su sangre, éstos podían pensar que el organizador era un tacaño que intentaba ahorrarse el gasto (...) Había que calcular cuidadosamente el estado de ánimo de la muchedumbre. De todas maneras, como los gladiadores eran seres inferiores, el hecho de que murieran era algo aceptable (...)"

Marina Belozerskaya
(Fragmento de "La jirafa de los Medici y otros relatos sobre los animales exóticos y el poder")

19 julio 2018

José Gómez de la Carrera: sus fotos bélicas de la Cuba del siglo XIX


José Gómez de la Carrera, nacido en España en una fecha que se desconoce y que luego obtuvo la ciudadanía estadounidense, es el más célebre corresponsal de la Guerra de Independencia cubana. Establecido en La Habana en 1885, fue el fotógrafo oficial de la Comisión norteamericana que investigó el hundimiento del acorazado Maine, acompañó al sabio Carlos de la Torre para ilustrar los libros de éste de Historia y Geografía, y publicó sus fotos en diarios y periódicos como "La Caricatura", "La Lucha", "El Fígaro", "La Discusión" (1898-1903) o "Cuba y América". Gómez de la Carrera falleció en la capital cubana en 1908. A su muerte dejó una obra que revive los años finales de la colonia, la guerra de independencia, la intervención norteamericana y los primeros años de la República de Cuba.