18 de febrero de 2015

Por favor, que nadie plante la semilla extraterrestre


Por Humberto Acciarressi

La historia mediática de lo que parece ser un cuento de ciencia ficción o una película de las muchas que abundan sobre el tema, comenzó cuando científicos ingleses analizaron polvo y escombros del espacio recogidos en la estratósfera, por un globo especialmente diseñado para eso. Fue así como, entre toda esa basura cósmica, encontraron un objeto esférico de metal, y lanzaron una teoría que debería poner los pelos de punta a todo ser humano, a menos que los opinantes pertenezcan a esas sectas de idiotas que viven soñando con encontrarse con un ET, y que, además, afirman que cualquier bestia del espacio tiene que ser buenita y mansa como una vaca, e inteligente como Stephen Hawking.

Los científicos de la Universidad de Buckingham, que ya informaron que "la bolita" (en su lenguaje "la semilla"), es de titanio y vanadio, también señalaron que dentro tiene un jugo biológico viscoso que sale hacia afuera y forma filamentos. Si bien los expertos han indicado que el acontecimiento apunta a que "seres complejos y civilizados podrían estar observando nuestro planeta", ya han comenzado a circular los dislates más bizarros fuera de los ámbitos académicos. Hay quienes sostienen sin vueltas que esas semillas -de las cuales "la bolita" es un ejemplo- son enviadas desde el espacio exterior para sembrar en la Tierra vida alienígena. Otros, más delirantes, sostienen que puede ser el comienzo de una guerra de los mundos.

Ahora bien, si Oscar Wilde tenía razón cuando afirmaba que la realidad imita al arte, antes de que a alguno se le ocurra plantar la semillita extraterrestre, debería tener en cuenta las decenas y decenas de libros y películas en la que seres salidos de capullos alienígenas se quedan con los cuerpos de los hombres y mujeres que habitamos esta roca. Curiosa y contrariamente a las historias de un Herbert Wells, las que abordan el tema de las semillas intergalácticas nunca terminan bien para los terrícolas. De manera tal, que desde acá -sabiendo que seré ignorado- sólo espero que a ninguno de esos científicos ingleses se le ocurra llevarle a la mujer una macetita con la semilla plantada. En todo caso, que pase por el supermercado y le regale malvones o un helecho. Uno no cree en brujas, pero por si las moscas no conviene invocarlas en raros aquelarres.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)