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26 noviembre 2024

Un cuadro de Pissarro y el saqueo nazi de obras de arte


Hasta marzo de 2025, en el Museo Van Gogh en Amsterdam se exhibe "El descanso, campesina acostada en la hierba", pieza de Camille Pissarro de 1882, que tiene detrás una historia trágica. El óleo, que representa a una joven campesina descansando al sol en un paisaje rural, fue una de las tantas obras de arte robadas y/o confiscadas en el marco del saqueo nazi durante la ocupación europea entre 1939 y 1945, hasta que las tropas aliadas destruyeron el sueño del Reich de los Mil Años del genocida Hitler. El cuadro del impresionista había sido comprado por el empresario judío Jaap Van den Bergh poco después de la ocupación alemana de los Países Bajos en 1940. Sin embargo, tres años más tarde, su familia lo vendió para pasar a la clandestinidad. Si bien el matrimonio (Jaap y Ellen) sobrevivió la guerra, sus hijas Rosemarie y Frieda Marianne fueron trasladadas y muertas en Auschwitz. 

El intento posterior de Van den Bergh para recuperar la obra fue infructuoso por la burocracia. Recién en el 2016, la agencia Origins Unknown identificó la pieza de Pissarro como parte de la colección de la Kunsthalle Bremen (Galería de Arte de Bremen). Eso permitió un acuerdo entre ésta última con la única heredera viva y el Museo Van Gogh de Amsterdam, que incluyó un libro ("La muchacha en la hierba: el trágico destino de la familia Van den Bergh y la búsqueda de un cuadro", escrito por Eelke Muller y Annelies Kool), una compensación económica (cuyo monto se desconoce), y la exposición durante estos meses en el Museo Van Gogh. En abril de 2025, la obra de Pissarro volverá a la Kunsthalle Bremen.

22 junio 2020

Einstein y una carta sobre el nazismo


Hace casi una década, en una casa de subastas de los Estados Unidos, fue rematada en casi 14.000 dólares una carta escrita por Albert Einstein en 1939. Lo interesante de ella es que el genio recalcaba en ella el "calamitoso peligro" de los nazis para los judíos, aún cuando muchos se negaban a verlo, lo que era doblemente grave si se considera que el mundo se encontraba en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. En aquella carta, el físico le escribió a un empresario de Nueva York, Hyman Zinn, dándole las gracias por ayudar a los refugiados judíos que huían de la persecución en la Alemania de Adolf Hitler.

"Debe ser una fuente de profunda satisfacción para usted estar haciendo una contribución tan importante para rescatar a nuestros perseguidos compañeros judíos de su calamitoso peligro y conduciéndolos hacia un futuro mejor", escribió Einstein a máquina, en papel membretado de la Universidad de Princeton. "No tenemos otro medio de autodefensa más que nuestra solidaridad y nuestro conocimiento de que la causa por la cual estamos sufriendo es una causa trascendental y sagrada", escribió el genio de la Física, que ante el crecimiento de Hitler y sus hordas criminales, aún antes del triunfo de éste en las elecciones germanas, había abandonado Alemania en diciembre de 1932. Es decir, siete años antes de la carta que mencionamos.

31 mayo 2016

La reacción de Hitler cuando le avisaron del inicio del Día "D"


Por Humberto Acciarressi

En la mañana del 6 de junio de 1944, en un bunker ubicado en la playa francesa de Omaha, tres oficiales de la Wehrmacht - el comandante Werner Pluskat, el capitán Ludz Wilkening y el teniente Fritz Thenn- charlaban entre ellos mientras el perro de la guarnición, "Harras", dormía plácidamente. Cada tanto, uno de los tres hombres tomaba los prismáticos y echaba una mirada al océano, en dirección a la península de Cherburgo. En un momento determinado, Pluskat se quedó helado con el largavista en la mano: en el horizonte acababa de ver la armada más colosal que jamás había imaginado. Le comunicó la novedad a sus compañeros y llamó por teléfono a su superior: "Es la invasión, es increíble. Es fantástico", gritó.

Desde el otro lado de la línea, alguien le preguntó qué hacían los miles de barcos, dirigibles y aviones. El soldado miró por la abertura del bunker y dejó caer sus palabras: "Vienen directamente hacia mí". Ese fue el momento en que el alto mando alemán tuvo conocimiento que los aliados habían comenzado la llamada Operación Overlord, el Día "D" en el imaginario colectivo. Cinco mil barcos, 16.000 aviones y miles de globos climatológicos y de reconocimiento, 18 mil paracaidistas y más de 200 mil soldados, de los cuales unos 12 mil iban a morir en las playas de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, los cinco puntos del desembarco largamente preparado para dar comienzo al fin del poderío nazi en Europa continental.

El éxito de la invasión, dirigida por el general Dwight Eisenhower, permitió a los aliados poner un pie firme en Francia e iniciar su recorrido rumbo al corazón del imperio hitlerista. El Führer se enteró del desembarco de Normandía recién a las 10 de la mañana, porque nadie se animó a despertarlo antes. Cuando le dieron la noticia comenzó a moverse frenética y alegremente sobre su cama, con el camisón de dormir, mientras le decía a su amante Eva Braun: "Por fin vamos a enfrentarnos con nuestros verdaderos enemigos". Los oficiales lo miraron aterrados y confundidos. Un día antes de esa fecha, los aliados ya habían ocupado Roma y la invasión se hacía fuerte en el sur mediterráneo. Y Hitler no parecía darse cuenta.

(Publicado en el diario "La Razón" de Buenos Aires)

26 mayo 2016

Los que lucharon contra Hitler y murieron en las sombras


Por Humberto Acciarressi

Hay historias que están más allá de las efemérides y muchas veces quedan relegadas por los grandes marcos que las contienen. Albert Camus escribió que "siempre hay una hora del día o de la noche en que el hombre más animoso se siente cobarde". El nazismo, que lo supo bien, durante la Segunda Guerra Mundial cometió inimaginables abyecciones para horadar el espíritu de los pueblos ocupados. En el corazón mismo de la barbarie, en Alemania, desarrollaron sus actividades organizaciones como La Rosa Blanca (cristianos no violentos), la Capilla Roja (también conocida como Orquesta Roja, integrada por comunistas) o el Círculo de Kreisau (resistencia de la burguesía germana, profesionales y militares, que entre otros llevaron a cabo el malogrado atentado de julio de 1944 contra Hitler). Todos estos grupos estaban integrados por resistentes que caían como moscas en Berlín y en las ciudades importantes del Tercer Reich.

En referencia a la Resistencia alemana, el propio Winston Churchill escribió que "el espíritu que los animaba fue uno de los más puros y nobles que se han dado. Estos hombres luchaban sin ayuda de ninguna clase, guiados únicamente por lo que les dictaba su conciencia". Pero los civiles que tomaron las armas y realizaron tareas de contraespionaje a los delirios de la supremacía aria sumaron miles en toda Europa y fueron conocidos de diversas maneras: resistentes en Francia, partisanos en Italia, guerrilleros en la URSS, frentes de liberación en Checoslovaquia, Polonia, Grecia, Holanda, Austria, la península escandinava. Todos fueron diezmados por la Gestapo y sus hombres, que disponían de la vida y la muerte de cualquier habitante europeo.

Uno de los arquetipos de estos hombres y mujeres fue Jean Maulin, director del Consejo Nacional de la Resistencia Francesa. De acuerdo al relato de su hermana y secretaria Laure, este patriota sostenía que era imprescindible luchar en Francia contra la ocupación alemana, y no desde Londres que era dónde Charles de Gaulle había instalado su cuartel general (esto pese a la admiración que sentía por quien luego sería presidente de su país). Fiel a sus convicciones, Moulin peleó y fue atrapado en suelo francés por Klaus Barbie, jefe de la Gestapo conocido como "el carnicero de Lyon", integrante de las SS, que luego de la guerra huyó a América del Sur y se afincó tanto en Perú como en Bolivia, donde fue capturado para ser extraditado a Francia. Allí fue enjuiciado y condenado a prisión perpetua por crímenes contra la humanidad. Por órdenes de Barbie, Maulin fue sometido a prolongadas sesiones de torturas que le provocaron la muerte y su ingreso a la leyenda. André Malraux lo definió: "Pobre rey supliciado de la sombras". Una bella y terrible frase.

(Publicado en el diario "La Razón" de Buenos Aires)

21 abril 2016

El hallazgo de tres cuadros y el robo de obras por los nazis


Por Humberto Acciarressi

Tres pinturas de fines del siglo XV robadas por tropas nazis hace 75 años en el pueblo toscano de Camaiore, donde vivió el príncipe Félix, consorte de la Gran Duquesa de Luxemburgo, acaban de ser incautadas en dos residencias privadas de Milán. La historiadora del arte Paola Strada las describió como “de enorme interés por su carácter único y porque son de artistas considerados poco usuales en el mercado”. Este acontecimiento renueva el escandaloso negocio que los jerarcas nazis realizaron en torno a las obras de arte. Recordemos que hace unos pocos años, unas 1.500 obras de Picasso, Chagall, Renoir, Toulouse-Lautrec,Courbet, Matisse, Dix, Liebermann, etc, fueron encontradas en la casa en la que vivía en Alemania un anciano aparentemente inofensivo. El tipo era, en realidad, Cornelius Gurlitt, el hijo del marchant nazi Hildebrandt Gurlitt, uno de los brazos ejecutores de Hitler en materia de arte.

Este criminal y comerciante de arte dependía directamente de Joseph Goebbels, quien poco antes del fin de la segunda guerra tenía planeado vender las obras robadas en el exterior para conseguir divisas para el Tercer Reich. Hitler, que como ya sabés había sido un pintor frustrado y que treinta años antes de hundir al mundo en un baño de sangre había sido desairado por la Academia de Bellas Artes de Viena, no sólo pintaba pésimo. También tenía un gusto lamentable. Su cuadro preferido frente al cual se sentaba durante horas era un engendro parido por la obsecuencia de Hubert Lanzinger, que mostraba al Fürher montado a caballo con porte de gladiador teutónico. Fue el propio líder nazi quien ordenó la muestra inaugurada en Munich el 19 de julio de 1937, titulada "Arte degenerado", en la que se exhibieron 650 obras pertenecientes a 112 artistas de las escuelas cubista, expresionista, dadaista y surrealista, donde los cuadros eran escupidos por los fanáticos nacionalsocialistas.

Sin embargo, algunos de los lugartenientes más cercanos a Hitler solían encargarle a los generales que cuando tomaran una ciudad se llevaran todo lo que encontraran en sus museos o en las colecciones particulares. Sólo en el caso de Paris, el 30 por ciento de su arte fue a parar a las cuevas berlinesas. Apenas un dato más. Tres días antes del fin de la guerra, los aliados elaboraron un listado de pinturas y esculturas robadas y dieron a conocer una red de "comercio ilegal", como si durante el imperio del nazismo pudiera hablarse de algún tipo de legalidad. Uno de los antros del latrocinio fue la galería Fisher, de Lucerna, en Suiza, cuyos representantes estaban conectados con colegas del resto de Europa y de América latina. Entre los jerarcas nazis que negociaron con la firma helvética se encontraba el número dos del régimen, Hermann Goering, con fluida relación comercial con el marchand berlinés Indreas Hofer.

(Publicado en el diario "La Razón" de Buenos Aires)

29 diciembre 2015

Thea Von Harbou, la nazi que se casó con Fritz Lang


Por Humberto Acciarressi

Se dice que sólo hay cuatro posters originales de "Metrópolis", el clásico cinematográfico del alemán Fritz Lang. El afiche fue diseñado en su momento por el pintor Heinz Schulz-Neudamm por encargo del propio director, pero con el aval de su esposa Thea von Harbou, la autora de la novela que inspiró esta obra cumbre del expresionismo alemán. La historia de 153 minutos de una megalópolis del siglo XXI, en donde los obreros subsisten en subterráneos de dónde tienen prohibido salir, y la clase dirigente en enormes rascacielos de la superficie, fue estrena en enero de 1927 en el Zoo-Palast de Berlín. La película causó mucho furor y muy poco dinero, y para comercializarla en Estados Unidos y Europa quedó reducida a 92 minutos. Ya hemos escrito sobre el tema, pero podemos recordar que el film original completo, que se creía perdido, apareció en 2008 en Buenos Aires, con el metraje casi completo, con apenas cinco minutos menos que la exhibida en Berlín.


Sin embargo existen datos poco conocidos de los entretelones de "Metrópolis". Hay evidentes choques ideológicos en su factura, propia del filo socialismo de Fritz Lang y de las ideas que llevaron a su esposa a terminar adhiriendo con entusiasmo al nacionalsocialismo instalado en Alemania en 1933 por Adolf Hitler. Lo cierto es que Thea Von Harbou había estado casada con el actor y director Rudolf Klein-Rogge, al que abandonó luego de mantener un romance con Fritz Lang, con quien también contrajo matrimonio. Un año antes de la llegada de Hitler al poder, la mujer mantuvo un amorío con la actriz Gerda Maurus (más tarde amante de Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del nazismo) y se separó de hecho del director de "Metrópolis". Ya encaramado en el poder el nazismo, el mismo ministro de Propaganda del Reich le propuso a Lang dirigir la Universum Film AG. La respuesta del creador de "La mujer en la Luna" y de "M, el vampiro de Düsseldorf" fue huir esa misma noche rumbo a Francia, camino intermedio para recalar en los Estados Unidos.

Fritz Lang huyó con lo puesto. No se llevó casi nada. Y entre las cosas que dejó estaba su esposa Thea, más entusiasmada con el nazismo que con cualquier otro asunto. En tanto, recortada, "Metrópolis" hacia su propia carrera. Su director, ya instalado en Hollywood, dirigió mucho, especialmente una obra maestra hoy casi no recordada, "Mientras Nueva York duerme", de 1956. Casi ni se enteró que en la Alemania nazi, y en plena guerra, su ex esposa dirigió y escribió el guión de un par de películas de alabanza al régimen hitleriano. Luego del triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial estuvieron a punto de fusilarla sin más vueltas, pero alguien intercedió y la enviaron a prisión. En 1954, cuando era una mujer caída en desgracia, a alguien se lo ocurrió homenajearla con "Las tres luces", una película con guión de ella que Lang dirigió en 1921. Al salir del cine, Thea se resbaló, se golpeó la cabeza y murió un par de días más tarde. Sin más vueltas.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

17 octubre 2015

La "Trilogía" de Primo Levi y el horror de los campos nazis


Por Humberto Acciarressi

El 11 de abril de 1987, a los 67 años, Primo Levi se suicidó tirándose por el hueco de la escalera del edificio en el que vivía en Turín, la misma ciudad en la que había nacido en julio de 1919, un año después de la finalización de la Primera Guerra Mundial. Su muerte causó tanta conmoción, incluso fuera del ámbito de la literatura, que tuvo que pasar un tiempo para que sus amigos más cercanos salieran a sostener que el escritor no se había suicidado, sino que había tenido un accidente, e incluso alguno llegó a hablar de un "crimen de odio". Esa muerte, terrible de cualquiera de las tres maneras, fue quizás uno de los pocos puntos oscuros que quedaron de la existencia de este italiano de religión judía que, a los 24 años, fue detenido por las milicias fascistas de su país y deportado a Monowitz, uno de los tres complejos que formaban parte del campo de concentración que los nazis habían levantado en Polonia, trágicamente conocido como Auschwitz-Birkenau.

Una de las curiosidades de la vida de Levi es que era un químico graduado en la Universidad de Turín y cuando intentó unirse a la resistencia italiana se produjo su captura por las milicias fascistas aliadas a los nazis de Hitler. Es decir que no existía, por lo menos hasta ese momento, nada que indicara alguna inclinación por las letras. En nuestro país acaba de ser reeditada por Ariel la trilogía que compone el núcleo de las desventuras vividas por Levi durante el reinado nazi y en lo inmediato posterior a la liberación. El primero de los volúmenes, "Si esto es un hombre", fue escrito entre diciembre de 1945 y 1947, cuando Giulio Enaudi hizo una modesta edición. Recién en 1962 se publicó la continuación con el nombre de "La tregua", que le dio a Levi cierta popularidad. Y finalmente en 1986 dio a la imprenta el cierre con "Los hundidos y los salvados". Unos meses después se produjo su trágica muerte. Si con el primero se inició la carrera literaria de Primo Levi, con el último de la Trilogía se cerró. Pero en medio existe una decenas de obras, que incluyen cuentos, poesías y hasta tratados sobre química.

La reedición de Ariel sirve para redescubrir e interpretar aspectos de esta gran obra maestra sobre la vida, y especialmente la muerte, en los campos de concentración nazis, e incluso en aquellos que crearon otros regímenes muchos años más tarde de la rendición germana en 1945. Todo arranca cuando el entonces joven Primo Levi es subido a un tren de doce vagones con 650 personas (hombres, mujeres y niños) que son trasladadas hacinadas rumbo a un "lager" alemán del que ignoraban todo, y como - luego de llegar y atravesar "la selecciòn", dos días más tarde- 500 de ellas ya estaban muertas. El relato, minucioso desde el punto de vista histórico, excelente y conmovedor desde el literario (pese a lo que algunos sostienen), gira en torno a algo que Levi escribe casi al pasar, como sin darse cuenta: "Teníamos una incorregible tendencia a ver en cada acontecimiento un símbolo y un signo". Temores, esperanzas, cámaras de gas, "kapos", hambre, frío, suciedad, traslados, son algunos de los términos que inevitablemente se repiten.

Tanto en "Si esto es un hombre" como en "La tregua" y "Los hundidos y los salvados", Primo Levi describe almas, lugares y paisajes observados durante los "viajes" como muy pocos lo han hecho. En el segundo de los libros, el autor cuenta el mediodía del 27 de enero de 1945, en que los pocos sobrevivientes del campo de exterminio ven la llegada de la primera patrulla soviética. El y un compañero estaban enterrando a un muerto, y fueron los primeros en divisarlos. Eran cuatro soldados rusos "asombrosamente corpóreos y reales" y de "rostro rudo e infantil bajo los pesados cascos". El escritor describe: "No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto".

En "Los hundidos y los salvados", Levi se permite reflexionar sobre aquellos infortunios, sus narraciones y las subsiguientes reacciones -especialmente de alemanes-, y hasta comparar los campos nazis con otros similares. Y dice, refiriéndose a los por qué de sus relatos,: que la venganza no le interesaba, para añadir: "A mí me correspondía entender, comprender". En eso se le fue la vida. Quiero señalar otra cosa que queda de manifiesto en su obra, y es que Levi desdeñaba la palabra "holocausto" para referirse a aquel genocidio. En ella veía un intento de buscar un sentido de sublime sacrificio a lo que en realidad fue un proyecto político de aniquilamiento de seres humanos. El turinés tiene una frase, perdida en las páginas de sus libros, que vale la pena recordar. Dice, palabras más, palabras menos, que así como el nazismo ocurrió, puede volver a suceder. Y allí está la esencia "de lo que tenemos que decir".

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

09 septiembre 2015

Cuando los Estados Unidos y la URSS se unieron contra Hitler

STALIIN, ROOSEVELT Y CHURCHILL
EN LA CONFERENCIA DE TEHERAN
Por Humberto Acciarressi

Días atrás, Mirtha Legrand fue objeto de un sinnúmero de ataques por recordar la alianza de los Estados Unidos con la URSS para acabar con el nazismo, hecho histórico que tuvo su punto culminante entre el 4 y el 11 de febrero de 1945 en la Conferencia de Yalta, Crimea, en lo que había sido el legendario Palacio de Livadia, sitio de retiro de los zares de Rusia. Lo que no muchos saben es que de las múltiples reuniones que venían manteniendo los aliados, una de las más importantes se llevó a cabo en noviembre de 1943, en la llamada Conferencia de Teherán. Era la primera vez que Winston Churchill por Gran Bretaña, Joseph Stalin por la URSS y Franklin D. Roosevelt por los Estados Unidos se reunían en torno de un plato de comida, durante los tres días que duró el encuentro, curiosamente uno de los menos famosos de todos (entre ellos las Conferencias de El Cairo -no estuvo Stalin pero sí Chiang Kai-shek por China-, de Casablanca -allí se juntaron con De Gaulle por Francia- y de Potsdam, donde Truman reemplazó al ya fallecido Roosevelt).

Pero retornando a Teherán, en un momento de la charla Stalin levantó su copa y manifestó en un grito: "Brindo por la justicia de un pelotón de ejecuciones y que fusilemos a cincuenta mil". Churchill, con unos tragos de más, se enloqueció: "El pueblo británico nunca permitirá un asesinato en masa". Stalin parecía divertido y grave a la vez. La situación no podía ser más tensa cuando Roosevelt advirtió que todo se iba al demonio con el tema del castigo a los nazis que ya estaban en retirada y que unos meses más tarde iban a recibir un mazazo mortal con el desembarco anglonorteamericano en Normandía y el avance soviético sobre Berlín. En ese marco, una pelea entre los líderes aliados podía prolongar la guerra mucho tiempo. Entre otras cosas.

Todo esto debe haber pasado por la cabeza del presidente de los Estados Unidos cuando, en tono jocoso no exento de nervios trató de mediar entre el primer ministro inglés y el soviético. Fue entonces cuando expresó con la copa en la mano: "No discutamos. Que los ejecutados no sean cincuenta mil, sino una cifra menor. Unos cuarenta y nueve mil quinientos los criminales de guerra que han de ser fusilados sumariamente". Se dice que todos, menos Churchill, rieron con la salida de Roosevelt, que no llegó a ver el final de la Segunda Guerra, ni los juicios de Nüremberg, ni el de Tokio, ni las bombas atómicas, ni las ejecuciones sumarias que quería Stalin. Incluso murió el 12 de abril de 1945, casi veinte días antes del suicidio de Adolf Hitler.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

02 agosto 2015

Auschwitz


"Auschwitz empieza donde quiera que alguien mira un matadero y piensa: 
sólo son animales"
Theodor W. Adorno

28 marzo 2015

Señora, si no quiere que su hijo sea un Hitler, déjelo pintar


Por Humberto Acciarressi

Cuenta la historia que muy callado, extremadamente tímido y casi pidiendo permiso, el muchacho bajó del tren en la estación de Viena. Entre sus temores figuraba una idea fija: ser admitido en la Academia de Bellas Artes de esta ciudad hospitalaria con los artistas. El talento del joven hijo de un agente de Aduanas quedó calificado en pocas pero contundentes palabras de los profesores: "Resultados insuficientes; ejercicios de dibujo insatisfactorios”. Era muy terco y, en su casi autismo, no le gustaba recibir un "no". Esa fue una de las razones por las cuales un año más tarde volvió a intentarlo. Al aspirante no le fue mejor: ni siquiera lo dejaron concluir el examen. Tenía 17 años, corría el año 1906 y Austria todavía formaba parte del imperio autrohúngaro y se encontraba en el tramo final de la monarquía de los Habsburgo.

Para entonces, su padre -que deseaba para el muchacho un futuro de agente de aduanas- ya había muerto. El joven sentía casi un alivio, ya que por fin nadie lo increpaba por sus deseos de convertirse en un artista. Las sentencias de los examinadores tiraron por tierra sus aspiraciones. Y así pasaron tres décadas. El 19 de julio de 1937, por mandato de aquel joven neurótico llamado Adolf Hitler, se inauguró en Munich la muestra pictórica "Arte degenerado", en la que se exhibieron 650 obras de 112 artistas pertenecientes a las escuelas cubista, expresionista, dadaísta y surrealista. Los miembros de las SA y las SS se rieron de los cuadros de la muestra, que llevaban las firmas de Grosz, Picasso, Kandinsky, Matisse, Klee, Barlach… Uno de los cuadros más odiados por Hitler era “Escena callejera en Berlin”. Su autor, Ernst Kirchner, no aguantó mucho y se suicidó.

En ese año ya hacía cuatro que Hitler estaba en el poder y faltaban dos para el inicio de la Segunda Guerra Mundial desatada por él. El clima era irrespirable y los escritores y artistas huían de Alemania y de los territorios que pronto serían ocupados. Hitler, en tanto, se sentaba en su living y se quedaba mirando fijo un cuadro abominable, su preferido, realizado por la obsecuencia de Hubert Lanzinger, en el que se veía al Führer montado a caballo con facha de gladiador teutónico. En tanto, los alemanes se chocaban en las plazas con las estatuas de Arno Breker; se extasiaban con Marlene Dietrich interpretando “Lili Marlene” de Norbert Schultze; se maravillaban con la grandilocuencia fílmica de Leni Riefenstahl; y deglutían los mamotretos propagandísticos del régimen. Hitler, que era vegetariano, no fumaba ni bebía y no toleraba que otros lo hicieran delanto suyo, tenía otras ocupaciones: cuando no hacía la guerra miraba westerns y comedias musicales de Hollywood. Y hasta donde se sabe, nunca más se dedicó a pintar.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

04 diciembre 2014

Un chico y el horror nazi hacia el fin de la Segunda Guerra

Un chico camina sin mirar (o peor aún, sin que le llame la atención) junto a los cadáveres de decenas de muertos exterminados en el campo de concentración de Bergen-Belsen, en la Baja Sajonia, Alemania. Se trata de una fotografía de 1945, casi en los finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay que recordar que en el campo mencionado murió, entre miles de personas, la niña Ana Frank.

26 noviembre 2014

Subastaron un cuadro pintado por Adolf Hitler


Una acuarela del viejo ayuntamiento de Munich, que se cree fue pintada hace un siglo por el dictador y genocida Adolf Hitler, se vendió en 130.000 euros (162.000 dólares) durante una subasta en Alemania. Se presentaron ofertas de cuatro continentes y el cuadro fue adquirido por un comprador de Oriente Medio, no identificado. La pintura es una de unas 2.000 que hizo Hitler, indicó la casa de subastas y se cree que es de alrededor de 1914, cuando todavía quería consagrarse como pintor. Este paisaje urbano traía la factura original y una carta firmada por su asistente.

08 agosto 2014

Partisanos de la URSS contra los nazis en 320 fotos


Por Humberto Acciarressi

Este viernes a las 19, en el subsuelo de la Casa de la Cultura (Avenida de Mayo 575), será inaugurada la muestra "El movimiento partisano" en los territorios de Rusia, Ucrania y Bielorrusia (que como se sabe integraban durante la Segunda Guerra Mundial la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Hay que reconocer que aún no ha sido suficientemente estudiado el papel de los militantes partisanos, no sólo el de los campesinos armados en el suelo sobre el que avanzaron las tropas nazis cuando rompieron el tratado de no agresión entre Alemania y la URSS, sino tampoco los de otras regiones como Italia, Grecia, Hungría, Francia y hasta la propia nación agresora. Por suerte, el arte fotográfico se hizo cargo de esa futura falencia y dejó constancia de estas guerrillas. Y lo hizo con la cámara de prestigiosos fotógrafos o amateurs cuyos nombres ignoramos.

La muestra incluye 320 fotografías pertenecientes al Archivo Cinematográfico y Fotográfico de la Federación Rusa. Si bien se encuentra entre los autores a varios personajes famosos de la época –incluso instantáneas del propio Piotr Vershigora, héroe del movimiento- también hay varias imágenes obtenidas por los propios soldados alemanes, jamás mostradas. Algunas de ellas dan testimonio de las atrocidades cometidas por el nazismo y fueron usadas como evidencia en los juicios contra los jerarcas germanos. Hay algunos datos a considerar. 

Para los territorios de la ex URSS, la guerra partisana se inició el 22 de junio de 1941 con la invasión hitleriana (conocida como la "Operación Barbarroja") y culminó en el otoño de 1944, aunque la contraofensiva soviética había comenzado dos años atrás. Lo cierto es que un millón de hombres, mujeres, ancianos y niños formaron ejércitos populares para defenderse de la invasión alemana. Sólo en el territorio de Bielorrusia, conocido entonces como "República Partisana", contaba con 440 mil combatientes que integraban 199 brigadas y 14 regimientos.

La muestra permanecerá abierta al público hasta el jueves 21 de septiembre, con entrada libre y gratuita, de martes a domingo en el horario de 14 a 19. Vale recordar que esta notable exposición se enmarca en el 25° aniversario del Festival de la Luz, ese gran conjunto de actividades relacionadas con la fotografía artística internacional que se lleva a cabo en la Argentina, con el auspicio del Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. En esta oportunidad se presentan 178 muestras de más de 500 autores provenientes de 45 ciudades de 31 países. De aquella zona de la actual Federación Rusa y Ucrania, hoy en plena ebullición, llega la muestra en cuestión. Y el hecho que se conozca tan poco del movimiento partisano, le añade una importancia aún mayor.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

29 julio 2014

El pintor frustrado que quiso dominar el mundo


Por Humberto Acciarressi

Neurótico e introvertido, molesto por el bullicio, el joven bajó del tren y echó una mirada a su alrededor. Corrían los primeros días de 1907 y Adolf Hitler llegaba a Viena con el peso de una de sus primeras obsesiones: aprobar el examen de ingreso a la Academia de Bellas Artes. Desde tiempo atrás vivía con la esperanza de convertirse en un gran pintor, de ser considerado entre los mejores artistas de un siglo que comenzaba a transcurrir abrigado de promesas. Apenas unos días más tarde, los profesores que examinaron los trabajos dieron su lacónica opinión sobre las condiciones del aspirante: "Resultados insuficientes, ejercicios de dibujo no satisfactorios". Con el ego lastimado y un entusiasmo menos admirable que patético, un año después dio otra prueba. Los maestros de la academia ni siquiera lo dejaron concluir el examen. Ninguno de ellos pudo imaginar cómo iba a repercutir en la historia del siglo XX esa descalificación tan rotunda.

Treinta años más tarde, aquel joven desairado en Viena ya se había convertido en el dueño de la vida y de la muerte de todos los alemanes, y en su mente afiebrada latía el sueño de una Europa a sus pies. No debieron ser muchos los que intuyeron la lejana frustración del líder cuando, el 19 de julio de 1937, inauguró en Munich la exposición "Arte degenerado". En ella, bajo la mirada marcial de los SS, se exhibieron 650 obras pertenecientes a 112 artistas de las escuelas cubista, expresionista, dadaista y surrealista. Obras de Grosz, Picasso, Kandinsky, Matisse, Klee y Barlach colgaron de las paredes para que los fanáticos nacionalsocialistas se burlaran a sus anchas.

Uno de los "expositores", Ernst Ludwig Kirchner -baluarte del grupo alemán "El Puente"- no pudo aguantar la humillación y se quitó al vida cuando el mundo caía en el abismo de la guerra. Por esas paradojas de la historia, mientras los jerarcas nazis nutrían sus colecciones privadas con cuadros robados en los museos de las ciudades ocupadas y echaban las bases de un comercio ilegal que aún perdura, el Führer dejaba correr su tiempo libre mirando westerns norteamericanos y festejando los tiros de los cowboys. La cuenta pendiente que tenía con el mundo del arte ya se la había cobrado a sangre y fuego.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

08 julio 2014

La destrucción de libros, barbarie que no cesa




Por Humberto Acciarressi

A propósito de la muestra titulada "De la imprenta a la hoguera", que se lleva a cabo en la quijotesca región española de La Mancha, resulta inevitable recordar aquella frase famosa de Heinrich Heine: "Alli donde queman libros acabarán inevitablemente quemando seres humanos". El poeta alemán la escribió en 1821 y prefiguró con más de un siglo de antelación la quema de libros ordenada en febrero de 1933 por el entonces flamante canciller alemán Adolf Hitler. Hace unos pocos años fue dada a conocer la obra de Fernando Báez -autoridad mundial en el campo de la historia de las bibliotecas- titulada "Historia universal de la destrucción de libros".

En el vago recuerdo que tengo sobre ese libro -vago en el sentido enciclopédico, dramáticamente vasto, imposible de abarcar-, me queda una intuición: que el frustrado pintor austríaco que se convirtió en fürher no fue más que un imitador de una masacre cultural con siglos y siglos de existencia. Sea en la antigua Summer, en los tiempos de los hititas, en la legendaria Babilonia, en el hermético Egipto, en la racional Grecia de los presocráticos y los platónicos, en la China del Imperio Inmóvil, en Roma, Pérgamo, Israel, el mundo árabe, Vietnam y Camboya, la URSS, las dictaduras latinoamericanas, en fin,ninguna civilización puede mostrarse demasiado limpia en lo que a destrucción de libros se refiere. Curiosamente, mientras existen miles de obras sobre "el libro" y las bibliotecas, no hay muchos sobre la destrucción de los mismos. Sí los hay poéticamente novelados, como "Farenheit 451" de Bradbury o "1984" de Orwell, y alguno ensayístico como "Los enemigos de los libros" de William Blades, editado en 1888.

Umberto Eco señaló en alguna oportunidad que los verdaderos enemigos de los libros son los hombres y no los auxiliares del mismo como internet. Y por cierto no le faltaba razón. Hace veinte años, durante la invasión norteamericana a Irak, tuvo lugar un "culturicidio" escandaloso que fue meticulosamente escondido. El mismo causó la destrucción del millón de libros de la Biblioteca Nacional, el saqueo del Museo Arqueológico de Bagdag, el incendio del Archivo Nacional y sus diez millones de registros del período republicano y otomano, por mencionar apenas algunos de los testimonios del pasado que se perdieron para siempre. Precisamente en el momento en que se escriben estas líneas, en algún lugar del mundo hay un régimen, una etnia, un gobierno, una secta, que está ejercitando esta antigua y maldita costumbre humana de destruir los vestigios escritos del espíritu del hombre. De vez en cuando hay que pensar en eso.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)


27 febrero 2014

La muerte de la última cantante de los von Trapp

JULIE ANDREWS, CHRISTOPHER PLUMMER
Y SUS HIJOS EN LA PELICULA
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Por Humberto Acciarressi

En 1965, veinte años después de la rendición alemana en la Segunda Guerra Mundial, fue estrenada en cine "La novicia rebelde", dirigida por el multifacético Robert Wise, que llegaba de ganar 8 premios Oscar por "West Side Story" (conocida como "Amor sin barreras"). Era, por cierto, un mojón difícil de igualar y lo fue por mucho tiempo. Pero apenas cuando cuatro años más tarde dirigió "The Sound of Music" (verdadero nombre de "La novicia rebelde"), con las memorables actuaciones de Julie Andrews y Christopher Plummer (ambos en el papel del matriimonio von Trapp), Wise se levantó cinco estatuillas más. Lo que no muchos saben es que previamente, en Alemania, una década antes, se había filmado una película titulada "Die Trapp-Familie". Este film, más la novela autobiográfica "La historia de los cantantes de la familia Trapp", escrita por la misma María von Trapp, fueron los antecedentes de un musical de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II, en el que se basó la exitosa película de Robert Wise.

En realidad, fue gracias a Julie Andrews que fue conocida internacionalmente la historia de esta familia encabezada por el entusiasmo de su personaje, María Augusta von Trapp. La verdadera mujer fue quien junto a Georg Ludwig Ritter von Trapp y sus hijos Rosmarie, Eleanore y Johannnes, más los siete que ya tenía el marido, que era viudo cuando se casó con ella, vivieron una de las más dramáticas historias de una huída del totalitarismo nazi. Tanto Georg como los descendientes de su primer matrimonio formaban un exitoso grupo de cantantes líricos y populares. Ellos, junto a su madrastra y los tres hermanastros, huyeron del nazismo a través e los Alpes cuando se produjo el Anschluss, es decir el trágico momento en que la Alemania de Hitler anexó Austria a su territorio. Conocidos como Trapp Family Choir, triunfaron en Estados Unidos y Canadá, aunque con el nombre americanizado de The Trapp Family Singers.

Quien no alcanzó a ver casi todo esto fue el marido, que murió de cáncer de pulmón en mayo de 1947. Ella lo sobrevivió cuatro décadas. También habían fallecido Hedwing (1917-1972) y Martina (1921-1951). Cuando la matriarca María Augusta dejó este mundo en 1987, radicada en Vermont, Estados Unidos, aún vivían Johannes, Eleonore y Rosmarie, sus hijastros Rupert (1911-1992), Werner (1915-2007), Agathe (1913-2010), Johanna (1919-1994) y María Franzisca. Esta, nacida en 1914, es quien acaba de morir a los casi cien años en los Estados Unidos. Del grupo original de música ya no queda ninguno. Los sobreviven los tres hijos que María Augusta tuvo con Georg von Trapp, y que eran pequeños en el momento de la huída. Uno de ellos, Johannes, fue quien informó la muerte de su hermana.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)