26 de junio de 2015

Lo singular y atemporal en la obra de Boris Vian


Por Humberto Acciarressi

La vida, y su inevitable consecuencia, la muerte, disponen a su antojo. Un autor se encuentra feliz rodeado de admiradores y cae muerto cuando menos se lo espera. Podría hacerse un cuento con esa anécdota. En la realidad no ficcionalizada, ese hombre se dispone a ver la adaptación de una de sus novelas, "Escupiré sobre sus tumbas", en una función privada, cuando se siente mal. A los pocos minutos de aquel 23 de junio de 1959, Boris Vian se desploma para siempre con un ataque al corazón. En cierto sentido ya era una leyenda, pero con eso la redondeaba, como dirían sus amigos existencialistas. Esa curiosa trayectoria - conformada por sus múltiples actividades como novelista, poeta, actor, músico- recaba muchos más datos y notas interesantes que las que suelen entrar en una vida de apenas 39 años, que fue el tiempo que anduvo haciendo de las suyas por este mundo.

De su vida turbulenta pueden señalarse algunos episodios, varios dolorosos. Siendo chico tuvo tifus y fiebre reumática, arrastró siempre problemas del corazón; se recibió de ingeniero; se apasionó por la música y el jazz (y fue un gran ejecutante); fue cantautor; se casó, se divorció y se volvió a casar; firmó su primer poema con el seudónimo de Bison Ravi; unos ladrones entraron a su casa y asesinaron a su padre; comenzó a escribir novelas; se hizo amigo de personajes como Raymond Queneau y Jean Rostand; frecuentó a los grandes del jazz, y la picazón de la actuación se le incrementó con el correr del tiempo. De todas maneras, hay que precisar que el nombre Vian siempre estuvo asociado, fundamentalmente, a la literatura y a la música. Y llegó a tener una treintena de heterónimos y no precisamente por vergüenza.

En una ocasión, conversando con su amigo Jean d’Halluin (que por entonces esperaba la oportunidad de convertirse en un editor exitoso), le prometió que en quince días le escribiría un libro que le iba a reportar grandes ganancias. Pasadas esas dos semanas, le entregó el manuscrito de "Escupiré sobre sus tumbas", la novela de la que hablamos al comienzo. Este libro fue, efectivamente, un best seller. Sin embargo nadie, salvo algunos iniciados, supo que era de él. Boris lo firmó con el seudónimo de Vernon Sullivan, un presunto escritor norteamericano, que, al estilo de Salinger mucho tiempo más tarde, no sólo era reacio a conceder entrevistas y dejarse sacar fotos, sino además de viajar a Francia. El "traductor" de la novela sí era "Vian", a secas, sin el Boris.

Este singularísimo escritor también dio a la imprenta "El arrancacorazones", "El otoño en Pekin", "La hierba roja". Y varias obras teatrales, así como otras que luego fueron adaptadas, como la inquietante tragedia burlesca "Los constructores del imperio". En el medio actuó en algunas películas y escribió cuentos para "Les Temps Modernes" invitado por Sartre. Sobre esto podemos recordar algo: Jean-Paul, que sabía de jazz lo mismo que Jacobo Winograd de física nuclear, le pidió a Vian que lo llevara a recorrer cabarets en dónde se tocara la música sincopada, generalmente en sótanos de los que Boris era un habitué. Sartre quedó tan indignado con el jazz, que a partir de allí dejó de encargarle artículos a Vian. De ese "episodio Sartre-Jazz"quedó testimonio semiautobiográfico y satírico en "La espuma de los días". Por suerte no tuvo problemas en "Combat", dirigido por Albert Camus, donde ejerció la crítica de jazz. Y por supuesto fue un predicador de la Patafísica postulada por Alfred Jarry y de todo lo que significa "la ciencia de las soluciones imaginarias". En verdad, casi no hubo cosa que no hiciera con entusiasmo. E hizo mucho, aunque en el breve lapso de 39 años.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)