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16 diciembre 2017

Jean-Paul Sartre despide a Albert Camus


El 4 de enero de 1960, Albert Camus se mató en un accidente automovilístico en una carretera de Villeblerin, Francia. Jean-Paul Sartre, su amigo de otros tiempos y luego duro contradictor del autor de "El extranjero", escribió uno de los más conmovedores epitafios que he leido (y que cada tanto releo). En un fragmento expresa:

"Nos habiamos distanciado, él y yo. Un distancimiento no significa gran cosa, aunque haya de ser definitivo; a lo sumo, una manera diferente de convivir, sin perderse de vista, en un mundo tan pequeño y angosto como el que nos ha cabido en suerte. Eso no me impedía pensar en él, sentir su mirada fija sobre la página del libro o del diario que él leía, y preguntarme: "¿Qué dirá de esto?(...) Encarnaba en este siglo, y contra la historia, el heredero actual del antiguo linaje de moralistas cuyas obras constituyen quizá, lo más original de las letras francesas (...) Lo había hecho todo -una obra cabal- y, como siempre ocurre, todo quedaba por hacer. El mismo lo decía: ‘Tengo mi obra por delante’. Ahora se acabó. El escándalo singular de esta muerte es la abolición del orden humano por irrupción de lo inhumano..."

Jean-Paul Sartre

09 octubre 2016

Guardianes de cementerio


"La mayoría de los críticos son hombres que no han tenido suerte y que en el momento en que estaban en los lindes de la desesperación encontraron un modesto y tranquilo trabajo de guardián de cementerios"
Jean-Paul Sartre

11 mayo 2016

Las dos pasiones de Boris Vian, que eran muchas más


Por Humberto Acciarressi

De viaje por los Estados Unidos,a fines de la década del 40, Boris Vian escribió en un alto de su recorrido: "En realidad, sólo existen dos cosas importantes: el amor en todas sus formas con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington. Todo lo demás debería desaparecer porque lo demás es feo". Y en este sentido hay que recordar que hizo crítica de jazz en "Combat", dirigido por Albert Camus. O que el propio Sartre, que ignoraba sin pudores el jazz, le pidió a Vian que lo llevara a recorrer cabarets en los que se ejecutaba la música sincopada. El filósofo existencialista quedó tan indignado que dejó de pedirle a su amigo artículos para "Les Temps Modernes". Y no sólo de jazz. De ese episodio quedó registro en "La espuma de los días" de Boris Vian. Pero saliendo de la música y de las mujeres, las palabras del patafísico no parecen coincidir con los días de su corta vida, que se extendió desde 1920 hasta su muerte en 1959, cuando asistía a la privada de la adaptación cinematográfica de su novela "Escupiré sobre sus tumbas".

De manera simplificada, la verdad es que Vian hizo de todo con gran entusiasmo. Fue novelista, poeta, actor y músico. De su agitada vida sobresalen algunos hitos. Siendo chico tuvo tifus y fiebre reumática (lo que lo condicionó para el resto de sus días); arrastró siempre problemas del corazón; su padre fue asesinado en su casa por unos ladrones; obtuvo un título de ingeniero; su pasión por la música lo convirtió en un gran ejecutante y cantautor; fue un hombre cautivado por la actuación; se hizo amigo de personajes como Raymond Queneau y Jean Rostand; frecuentó a los grandes del jazz. Y en ciertas oportunidades - como cuando ciertos libros se convertían en un éxito- solía pasar inadvertido, ya que llegó a utilizar unos cincuenta heterónimos. Un ejemplo es el de "Escupiré sobre sus tumbas", la novela que ya mencionamos. Boris lo firmó con el seudónimo de Vernon Sullivan, un presunto escritor norteamericano, que, al estilo de Salinger varios años más tarde, no sólo era reacio a conceder entrevistas y dejarse sacar fotos, sino además de viajar a Francia. Como "traductor" de la novela figuraba un tal "Vian", a secas. Era un loco lindo.

Hay cosas que todos saben, especialmente dadas a conocer cuando ya habían pasado varios años de su muerte. Vian escribió "El arrancacorazones", "La espuma de los días", "El otoño en Pekin" o "La hierba roja". Además múltiples obras de teatro (entre ellas "La merienda de los generales" o "El último de los oficicos"), u otras que luego fueron adaptadas, entre ellas la inquietante tragedia burlesca titulada "Los constructores del imperio". Al margen de sus colaboraciones para Camus, Sartre y otros intelectuales, o de sus canciones ("El desertor", su mayor éxito), fue un "sacerdote" de la Patafísica postulada por Alfred Jarry y de todo lo que entraña "la ciencia de las soluciones imaginarias". Por eso su propia vida parece contradecir su aseveración mencionada al comienzo de estas líneas, esa que decía que salvo las mujeres y el jazz de Nueva Orleans nada vale la pena porque es feo

(Publicado en el diario "La Razón" de Buenos Aires)

16 abril 2016

Jean-Paul Sartre, invitación a escapar de la frivolidad


Por Humberto Acciarressi

En ocasiones, ser un pensador de moda y vender millones de ejemplares es una desgracia. Y no me refiero a quienes cultivan con entusiasmo los lugares comunes (un ejemplo típico, Pablo Coelho), sino aquellos que dejan huellas y abren surcos entre las malezas del camino del pensar. Hoy día, en momentos en que la gente se amiga con el pensamiento sencillo y los intelectuales se ponen a la retaguardia de políticos con menos lecturas que un hámster, no es ocioso recordar a Jean- Paul Sartre, muerto en 1980, precisamente un 15 de abril. En cierto sentido puede afirmarse que entre 1950 y finales de los 60, hubo pocas obras que hayan influenciado más que la suya, sea a favor o en contra de los paradigmas culturales de la época. En la actualidad hay quienes consideran perimido su pensamiento, pero ya en vida escritores como Juan Liscano opinaban que Sartre no era filósofo, mucho menos un gran escritor y que para colmo su narrativa no resistía la crítica. Otros lo alababan como si fuera un oráculo. Allá unos y otros.

Hoy puede decirse que el autor de "La Náusea" fue una víctima de los fanatismos, en gran parte por su sana costumbre de cosechar amigos y enemigos sin que eso le importara demasiado. Mientras muchos lo analizaban honestamente, otros se entretenían con su arribo a los arrabales del marxismo-leninismo, su desengaño del Gulag, su unión a Pablo Picasso y dos centenares de intelectuales y artistas para oponerse a la destrucción del Estado de Israel, o sus sesentistas adhesiones al maoísmo. Le pegaban por derecha y por izquierda, algo que también padeció su amigo y adversario Albert Camus (sobre quien escribió la más bella necrológica que yo recuerde cuando éste se mató con un auto, esas líneas que concluyen con la frase "el escándalo singular de esta muerte es la abolición del orden humano por irrupción de lo inhumano"). Pero hubo algo que pocos le toleraron a Sartre, incluso en silencio para no pasar vergüenza. Fue cuando renunció en 1964 al Premio Nobel, por considerar que aceptarlo significaba comprometer su integridad de escritor. Por mucho menos, en estos complicados tiempos actuales, hay quienes canjean su pensamiento a cambio de unas monedas o un lugarcito en oficinas estatales.

Obras filosóficas como su tratado más célebre "El ser y la nada", piezas teatrales como "Las moscas", su novela "La náusea", sus relatos, la serie inconclusa compuesta por "La edad de la razón", "El aplazamiento" y "La muerte en el alma", su tarea al frente de la revista Les Temps Modernes con su compañera Simone de Beauvoir, el magistral ensayo sobre Flaubert, "El idiota de la familia", son apenas algunas de las cosas que podemos mencionar sobre su permanente movimiento intelectual. En la obra de este hombre feo, bizco y de enorme talento, se encuentran los asuntos eternos de la humanidad: la soledad, la intransferible elección, la angustia, el desamparo, el fracaso, la muerte... Tendremos que coincidir que es demasiado para los devotos de las lecturas fáciles, las frases hechas y quienes escriben libros en una semana por urgencias editoriales.

(Publicado en el diario "La Razón" de Buenos Aires)

12 marzo 2016

"Intenta entenderme", le escribió Sartre a Simone


 "Intenta entenderme: te quiero mientras presto atención a las cosas que pasan. En Toulouse simplemente te quise. Este noche te quiero en una tarde de primavera. Te quiero con la ventana abierta. Eres mía y las cosas son mías y mi amor altera las cosas a mi alrededor y las cosas a mi alrededor alteran mi amor"
Jean Paul Sartre
(carta a Simone de Beauvoir)

26 junio 2015

Lo singular y atemporal en la obra de Boris Vian


Por Humberto Acciarressi

La vida, y su inevitable consecuencia, la muerte, disponen a su antojo. Un autor se encuentra feliz rodeado de admiradores y cae muerto cuando menos se lo espera. Podría hacerse un cuento con esa anécdota. En la realidad no ficcionalizada, ese hombre se dispone a ver la adaptación de una de sus novelas, "Escupiré sobre sus tumbas", en una función privada, cuando se siente mal. A los pocos minutos de aquel 23 de junio de 1959, Boris Vian se desploma para siempre con un ataque al corazón. En cierto sentido ya era una leyenda, pero con eso la redondeaba, como dirían sus amigos existencialistas. Esa curiosa trayectoria - conformada por sus múltiples actividades como novelista, poeta, actor, músico- recaba muchos más datos y notas interesantes que las que suelen entrar en una vida de apenas 39 años, que fue el tiempo que anduvo haciendo de las suyas por este mundo.

De su vida turbulenta pueden señalarse algunos episodios, varios dolorosos. Siendo chico tuvo tifus y fiebre reumática, arrastró siempre problemas del corazón; se recibió de ingeniero; se apasionó por la música y el jazz (y fue un gran ejecutante); fue cantautor; se casó, se divorció y se volvió a casar; firmó su primer poema con el seudónimo de Bison Ravi; unos ladrones entraron a su casa y asesinaron a su padre; comenzó a escribir novelas; se hizo amigo de personajes como Raymond Queneau y Jean Rostand; frecuentó a los grandes del jazz, y la picazón de la actuación se le incrementó con el correr del tiempo. De todas maneras, hay que precisar que el nombre Vian siempre estuvo asociado, fundamentalmente, a la literatura y a la música. Y llegó a tener una treintena de heterónimos y no precisamente por vergüenza.

En una ocasión, conversando con su amigo Jean d’Halluin (que por entonces esperaba la oportunidad de convertirse en un editor exitoso), le prometió que en quince días le escribiría un libro que le iba a reportar grandes ganancias. Pasadas esas dos semanas, le entregó el manuscrito de "Escupiré sobre sus tumbas", la novela de la que hablamos al comienzo. Este libro fue, efectivamente, un best seller. Sin embargo nadie, salvo algunos iniciados, supo que era de él. Boris lo firmó con el seudónimo de Vernon Sullivan, un presunto escritor norteamericano, que, al estilo de Salinger mucho tiempo más tarde, no sólo era reacio a conceder entrevistas y dejarse sacar fotos, sino además de viajar a Francia. El "traductor" de la novela sí era "Vian", a secas, sin el Boris.

Este singularísimo escritor también dio a la imprenta "El arrancacorazones", "El otoño en Pekin", "La hierba roja". Y varias obras teatrales, así como otras que luego fueron adaptadas, como la inquietante tragedia burlesca "Los constructores del imperio". En el medio actuó en algunas películas y escribió cuentos para "Les Temps Modernes" invitado por Sartre. Sobre esto podemos recordar algo: Jean-Paul, que sabía de jazz lo mismo que Jacobo Winograd de física nuclear, le pidió a Vian que lo llevara a recorrer cabarets en dónde se tocara la música sincopada, generalmente en sótanos de los que Boris era un habitué. Sartre quedó tan indignado con el jazz, que a partir de allí dejó de encargarle artículos a Vian. De ese "episodio Sartre-Jazz"quedó testimonio semiautobiográfico y satírico en "La espuma de los días". Por suerte no tuvo problemas en "Combat", dirigido por Albert Camus, donde ejerció la crítica de jazz. Y por supuesto fue un predicador de la Patafísica postulada por Alfred Jarry y de todo lo que significa "la ciencia de las soluciones imaginarias". En verdad, casi no hubo cosa que no hiciera con entusiasmo. E hizo mucho, aunque en el breve lapso de 39 años.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)


12 junio 2015

110 años del nacimiento de Jean-Paul Sartre


Por Humberto Acciarressi

Algunas vez escribimos que Jean Paul Sartre sufre póstumamente la desgracia de haber sido un pensador de moda y uno de los filósofos más vendidos en el mundo durante décadas. Desde los años cincuenta hasta los 70 su obra influyó más que cualquier otra sobre las letras y las corrientes subterráneas que conforman la sociedad. En medio de tanta exposición, la moda era estar con Sartre o contra Sartre. Bien leída su obra, cualquiera de las dos posturas fueron una exageración, o por lo menos un malentendido. Murió el 15 de abril de 1980 a los 74 años -había nacido en París el 21 de junio de 1905, hace 110 años- y fueron decenas los artículos que denostaron su obra con un entusiasmo digno de mejores causas. La derecha no le perdonaba nada; la izquierda más o menos, y naturalmente el stalinismo lo odiaba. En el tránsito de la fenomenología al existencialismo, su arribo a los arrabales del marxismo-leninismo, su desengaño del Gulag y sus adhesiones al maoísmo, Sartre cosechó amigos y enemigos.

Nadie, sin embargo, jamás dejó de reconocer algo (en todo caso algunos detractores, pero con timidez) : el autor de "La náusea" fue siempre un intelectual honesto, obsesionado con el pensamiento y con los problemas de su tiempo, y un fervoroso enemigo de lo inauténtico. Esto lo llevó durante la ocupación alemana a participar de la Resistencia francesa, a no afiliarse al partido Comunista francés, a criticar las intervenciones soviéticas a Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968. O a uno de sus gestos más radicales: la renuncia al Premio Nobel que se le concedió en 1964 por considerar que, aceptarlo, comprometía su integridad de escritor. Por mucho menos, hay quienes regalan su pensamiento a cambio de unas monedas o un lugarcito en oficinas estatales.

Fundamentalmente, Sartre no fue un pensador superficial como sí lo fueron -y aún lo son- muchos de sus críticos. Obras filosóficas como "El ser y la nada" -su tratado más célebre-, piezas teatrales como "Las moscas", su novela "La náusea", la serie inconclusa compuesta por "La edad de la razón", "El aplazamiento" y "La muerte en el alma", sus cuentos, y su tarea al frente de la revista Les Temps Modernes junto a su compañera Simone de Beauvoir, son apenas algunos hechos destacados de ese inacabable movimiento intelectual. La más tremenda tristeza, la angustia, el desamparo que provoca elegir en soledad, la desesperación, la muerte -los temas eternos del hombre- están en la obra de ese personaje feo, bizco y genial que se llamó Jean Paul Sartre. Personalmente entiendo que los que se aferran a la cultura del videíto de moda, los libros de autoayuda o las frases hechas y repetidas hasta el cansancio, no sean devotos de este peso pesado del pensamiento. Demasiado para ciertas cabezas.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

07 noviembre 2013

Albert Camus, más vigente que nunca


Por Humberto Acciarressi

En estos días se cumple el centenario del nacimiento de Albert Camus -ocurrido en la Argelia ocupada por los franceses, el 7 de noviembre de 1913-, una de las inteligencias más influyentes del siglo XX y considerado el último humanista con todas las letras. Mal leído en multitud de ocasiones y atacado por sus ideas en los tiempos del blanco o negro que sucedió a la Segunda Guerra Mundial, no le perdonaron que rompiera con el partido Comunista francés a raíz del pacto germano-soviético, o que criticara la dependencia del PC argelino con respecto al galo. Integrante de la resistencia al invasor nazi, su amistad entrañable con Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir (reflejada magistralmente en la novela de esta última, "Los mandarines"), su defensa de la condición humana por sobre las ideologías ("En estos momentos están poniendo bombas en los tranvías de Argel. Mi madre puede estar en uno de esos tranvías. Si la justicia es eso, prefiero a mi madre") y hasta su vinculación con el anarquismo, lo llevaron a años de ostracismo interno.

Pero Camus le sacó el jugo a esta época en la que siguió escribiendo sus ensayos, sus obras de teatro y sus novelas, además del compromiso asumido en el enfrentamiento a todo totalitarismo, por la paz mundial y en contra de la pena de muerte (su trabajo sobre ella, brillante, tal vez lo mejor que se ha escrito sobre el asunto, fue publicado junto a uno de Arthur Koestler, en un libro muy difícil de conseguir en la actualidad). Entre sus novelas, "El extranjero" (llevado al cine por Luchino Visconti), "La peste" y "La caída" pueden figurar sin dudas en el top ten de la literatura mundial del siglo XX. Ni hablar de sus obras teatrales, especialmente "Calígula", "El malentendido" o "Los justos", por mencionar algunas. De sus ensayos, los que más problemas le trajeron con sus ex camaradas fueron "El mito de Sísifo" (en el que postula que el suicidio es el único problema filosófico realmente serio y donde lleva el tema del absurdo casi hasta los límites) y "El hombre rebelde" (en él Camus plantea que no es la revolución sino la rebelión constante, la que impulsa al hombre verdaderamente libre y humanista).

En 1957, Albert Camus recibió el Premio Nobel por "el conjunto de una obra que pone de manifiesto los verdaderos problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy". Tenía 44 años. Para la ocasión señaló: "El papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo y privado de su arte". Menos de tres años más tarde, el 4 de enero de 1960, se estrelló con su auto en una carretera francesa y dejó un vacío inconmensurable en esos años difíciles.

Por esta muerte absurda, su antiguo mejor amigo y luego adversario, Jean-Paul Sartre, escribió una de las más bellas necrológicas que se recuerden."Un distanciamiento -dice el autor de "La náusea"- no significa gran cosa, aunque haya de ser definitivo; a lo sumo una manera diferente de convivir, sin perderse de vista, en un mundo tan pequeño y angosto como el que nos ha tocado en suerte. Eso no me impedía pensar en él, sentir su mirada fija sobre la página del libro o del diario que él leía, y preguntarme ¿qué dirá de esto? (...) Lo había hecho todo -una obra cabal- y, como siempre ocurre, todo quedaba por hacer. El mismo lo decía: ´Tengo mi obra por delante´. Ahora se acabó. El escándalo singular de esta muerte es la abolición del orden humano por irrupción de lo inhumano". Sería muy pretencioso querer añadir algo a las palabras de Sartre sobre Camus.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

20 diciembre 2007

Jean-Paul Sartre, un peso pesado del pensar


Por Humberto Acciarressi

Jean Paul Sartre sufre póstumamente la desgracia de haber sido un pensador de moda y uno de los autores más vendidos en el mundo durante, por lo menos, dos décadas. Demasiada exposición para salir airoso. Desde los años cincuenta hasta los 70 su obra influyó más que cualquier otra sobre las letras y las corrientes subterráneas que conforman la sociedad: la moda era estar con Sartre o contra Sartre. Malentendido o no, pudo haber sido una exageración. Pero no lo es menos que, en un mundo pragmático donde las ideas novedosas brillan por su ausencia, su obra sea considerada perimida.
Ya a su muerte, el 15 de abril de 1980 a los 74 años -había nacido en París el 21 de junio de 1905- decenas de artículos denostaron su obra con un entusiasmo digno de otras causaas. Por ejemplo, Juan Liscano, desde Caracas, sostenía que Sartre no era filósofo, tampoco un gran escritor y que su narrativa no resistía la crítica. Y era apenas uno en medio de un coro excesivamente numeroso. Y sin embargo...

En el tránsito de la fenomenología al existencialismo, su arribo a los arrabales del marxismo-leninismo, su desengaño del Gulag y sus adhesiones al maoísmo, Sartre fue cosechando amigos y enemigos casi por partes iguales. Pero contrariamente a lo que sostuvieron sus detractores, el autor de "La náusea" fue siempre un intelectual honesto, obsesionado con el pensamiento y con los problemas de su tiempo. Esto lo llevó durante la ocupación alemana a participar de la Resistencia francesa. También a no afiliarse al partido Comunista francés y poder criticar las intervenciones soviéticas a Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968. O a uno de sus gestos más radicales, la renuncia al Premio Nobel que se le concedió en 1964 por considerar que, aceptarlo, comprometía su integridad de escritor.

Pero fundamentalmente, no fue un pensador superficial como sí lo fueron -y aún lo son- muchos de sus críticos. Obras filosóficas como "El ser y la nada" -su tratado más célebre- piezas teatrales como "Las moscas", su novela "La náusea", la serie inconclusa compuesta por "La edad de la razón", "El aplazamiento" y "La muerte en el alma" y su tarea al frente de la revista Les Temps Modernes junto a su compañera Simone de Beauvoir son apenas algunos jalones de ese permanente movimiento intelectual. La soledad, la angustia, el fracaso, la muerte -los temas eternos del hombre- están en la obra de ese personaje feo, bizco y genial que se llamó Jean Paul Sartre. Demasiado peso para los devotos del videoclip, las lecturas fáciles y las frases hechas. Así, la crítica y hasta la indiferencia pueden ser un homenaje.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)