14 de octubre de 2014

El Diccionario de la RAE, un buen libro de ficción


Por Humberto Acciarressi

Ya Borges, en una oportunidad, sostuvo que había aceptado ser miembro de la Academia de Letras porque servían un muy rico café y se entretenía escuchando argumentos risueñamente desopilantes. Como se sabe, esas instituciones son las encargadas, en los países de habla hispana, de enviar sus consejos y pareceres sobre los términos que se incorporarán, más tarde, al Diccionario de la Real Academia Española. Cada vez que el nuevo libro sale a la venta con sus directrices lingüisticas, los académicos de la península no están haciendo otra cosa que promulgar normativas con el objeto de fomentar la unidad idiomática. No hace falta aclarar que eso jamás ocurrió, especialmente cuando en la propia España se hablan varias lenguas diferentes. Es decir que en su célebre edificio de la calle Felipe IV en el barrio madrileño de Los Jerónimos, los académicos se han dedicado, fundamentalmente, a tomar el buen café del que hablaba Borges.

El DRAE (es decir el Diccionario de la Real Academia Española) tuvo su primera edición en 1780. Actualmente, la vigésima tercera edición sale en estos días con 2.379 páginas, cuenta con 93.111 entradas y 195.439 acepciones, de las cuales hay apenas 19.000 americanismos. Es decir, el inmenso continente hispanoparlante americano -para los académicos- es apenas un dato más a considerar. Y eso que se han incluido unas nueve mil palabras nuevas, de las cuales muchas son utilizadas en la Argentina y en América. Y tan de ficción parece el DRAE, que por ejemplo me entero que recién ahora se ha incorporado el verbo "Tanguear", es decir la acción de bailar el tango, o "Rotisería" como un lugar en dónde se venden comidas.. Entre otras "genialidades", un término muy utilizado en nuestro país, como lo es "Despelote", ya es pasible de uso según los académicos, lo mismo que el clásico argentino "DNI" (Documento nacional de Identidad). Gracias, señores de la RAE.

Después de tres años de romperse el marote, los académicos resolvieron quitarle la "d" final a "Placar", sacar del calabozo a "indentiquit", y admitir que esas asquerosidades que se te pegan en la cara y te la dejan como un pimiento cuando te tirás de cabeza en el agua de ciertos lugares del mar, pueden al fin ser llamadas "Aguasvivas". Empujados por la realidad, también le dieron el visto bueno a "GPS", "Led", "Conectividad", "Plotear", "Bótox", "Cameo", "Hacker", "Tableta", "Hipertextualidad", "Antiinflacionario", "Autoabastecimiento", "Flexibilización", "Pauperización", "Acuchillamiento", "Neofascismo", "Dron", "Espray", "Esmog" y "Vedetismo", entre otras. No quiero ensañarme, pero "Bluyín" (por el vaquero), "Baipás" (por la técnica coronaria quirúrgica inventada por nuestro René Favaloro, es decir el Bypass), "Örsay" (posición adelantada en el fútbol) y "Jipismo" (por los hippies), son directamente unos mamarrachos. Con respecto a esta última palabra, honestamente ignoro si está permitida.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)