17 octubre 2006

El resentimiento de un pintor frustrado

Por Humberto Acciarressi 

En los primeros días de 1907, un joven callado, neurótico y de pocas pulgas llamado Adolf Hitler descendió de un tren en la estación de Viena. Llegó con una idea fija y varios temores: debía rendir su examen de ingreso en la Academia de Bellas Artes. Días más tarde, un escueto parte de los profesores dio cuenta del talento del aspirante: "Resultados insuficientes; ejercicios de dibujo insatisfactorios". Un año después, obsesionado hasta el patetismo, volvió a intentarlo. Le fue peor: ni siquiera lo dejaron concluir el examen. Su furia cobró, con el tiempo, el tronar de un dios resentido. 

Exactamente treinta años más tarde, el 19 de julio de 1937, el joven neurótico de la pasión pictórica ya se había convertido en el engendro más peligroso que habitó un siglo de sangre y muerte. Dueño del poder absoluto en Alemania, con la mente puesta en futuros territorios anexados y en la destrucción de todo aquel que no se cuadrara frente suyo, Hitler tomó una lejana y varias veces saboreada venganza. En Munich, con la presencia marcial de sus camaradas, inauguró la exposición "Arte degenerado", en la que se exhibieron 650 obras de 112 artistas pertenecientes, entre otras, a las escuelas cubista, expresionista, dadaista y surrealista. 

De esa forma grandilocuente, los fanáticos de las SA y las SS se burlaron de los cuadros que colgaban de las paredes, con las firmas de Grosz, Picasso, Kandinsky, Matisse, Klee, Barlach... Uno de los pintores más odiados por el Fürher, Ernst Luwig Kirchner (su cuadro "Escena callejera en Berlin" era el que más irritaba al artista frustrado), no pudo aguantar mucho. La humillación lo empujó al suicidio en la primavera siguiente, cuando en el mundo sonaban los tambores de la guerra. Casi nadie advirtió la muerte de quien había sido uno de los baluartes del grupo de vanguardistas alemanes "El puente". 

Mientras algunos de los mejores escritores y artistas se iban del país y de los territorios ocupados, Hitler colgaba de las paredes de su casa un cuadro abominable, su preferido, un engendro parido por la obsecuencia de Hubert Lanzinger, en el que se veía al Fürher montado a caballo con porte de gladiador teutónico. Más prácticos que el amo, sus colaboradores enriquecían sus colecciones privadas con obras saqueadas a los judíos y a los museos de las regiones ocupadas. 

Tres días antes del fin de la guerra, los aliados elaboraron un listado de piezas robadas, donde dieron a conocer una red de "comercio ilegal", si es que durante el imperio del nazismo pudiera hablarse de algún tipo de legalidad. Uno de los centros del latrocinio fue la galería Fisher, de Lucerna (Suiza), cuyos marchands estaban conectados con colegas del resto de Europa y de América latina. Entre los jerarcas nazis que negociaron con la firma helvética se encontraba el número dos del régimen, Hermann Goering, quien tenía una fluida relación comercial con el marchand berlinés Indreas Hofer. 

Para tener una idea de la forma en que se manejaban los señores de Hitler basta una anécdota. En una oportunidad, Goering - el mismo energúmeno que decía "Cuando oigo la palabra cultura saco el revolver" - se cobró una deuda de 250 mil francos suizos con una colección de pinturas impresionistas robadas en museos de la Francia ocupada. En la Paris actual se calcula que un tercio del arte poseido por particulares fue embarcado a Alemania durante la guerra. 

Cuando eso ocurría, mientras los alemanes se topaban en las plazas con las estatuas wagnerianas de Arno Breker; se extasiaban con la voz de Marlene Dietrich interpretando "Lili Marlene" de Norbert Schultze; se maravillaban con la grandilocuencia fílmica de Leni Riefenstahl; o deglutían en cantidades industriales los mamotretos propagandísticos y sensibleros del Reich; los jerarcas guardaban en sus cajas de seguridad lo mejor del arte de los últimos dos siglos. Hitler, menos interesado en un Matisse o en un Picasso que en sus delirios de grandeza, tenía otros gustos. En sus ratos de ocio dejaba correr el tiempo mirando westerns y comedias musicales de Hollywood, deleintándose con los pasos de baile de Fred Astaire y Ginger Rogers, y admirando a Greta Garbo (...).

(Publicado en la revista "Noticias")

14 octubre 2006

Los monstruos amigables de Fermín Eguía


Por Humberto Acciarressi

"El arte de Fermín Eguía suscita todo el tiempo la sensación de la inminencia y de la gracia; exhibe las imágenes de una realidad perdida que siempre estamos a punto de alcanzar". La frase, que le pertenece a Ricardo Piglia, permite acotar un par de reflexiones. La primera, que Eguía ha logrado plasmar el más extraordinario bestiario del arte argentino. En segundo término, que este maestro nacido en 1942 organiza su obra en torno a un animismo infrecuente en las estéticas vernáculas. Cuando se dice que su mirada desnaturaliza lo que lo rodea, faltaría añadir que, en realidad, Eguía vuelve natural lo que en una primera aproximación parece monstruoso. Por eso es que vuelve entrañables, queribles y hasta bellas, esas deformidades anacrónicas que ha pergeñado su imaginación.

John Tenniel (1820-1914), el amigo de Lewis Carroll e ilustrador de "Alicia...", es un buen antecedente para entender a Eguía. La crueldad aparente de su obra es, apenas, ironía. Y en la paleta de maldades del arte habría que reflexionar cuál es peor. Si Tenniel desdibujaba la realidad de la que él no tenía dudas, Eguía parece rastrear esa metarealidad que alguna vez llevó a Paul Eluard a afirmar que "hay otros mundos, pero están en éste". O dicho de otra manera, lo disparatado no lo es tanto.

Laura Malosetti indica que las obras de Eguía "ofrecen una vía de entrada engañosa, en apariencia fácil y divertida, a cuestiones arduas que a veces se agazapan en ellas". En su primer catálogo, su maestra Aída Carballo escribió: "Es dibujante y es poeta y sonríe cuando se lo dicen". Acuarela, óleo, acrílico, técnicas tradicionales. Su innovación viene por otro lado, por la revulción de su estética, por lo áspero de su poesía. No cabe duda que Eguía está predestinado a seguir concitando entusiasmo entre las jóvenes generaciones. Tiene la frescura, la calidad y hasta el don de complicidad que requieren los buenos espectadores.

(Publicado en "Tiempo de Arte")




San Aspirinus y el otro Hoffmann


Por Humberto Acciarressi

La revista Newsweek aventuró en una oportunidad que hay cinco inventos sin los cuales no se podría vivir: el automovil, la lamparita eléctrica, el teléfono, el televisor y la aspirina. Claro que podrían -según el gusto de cada uno - añadirse otros. Pero vamos a quedarnos con la arbitrariedad de la publicación norteamericana, no perdamos tiempo en lamentar las ausencias, y coicidamos en que en algo tuvo razón. Sobre todo si se considera que, en lo relativo al fármaco, se consume diariamente la friolera de 216 millones de comprimidos en el mundo. Y, como dato no menor, en la Argentina la cuarta parte de esa cifra de escándalo.

Pero ya que estamos con estadísticas, no conviene dejar de lado que en los Estados Unidos - pastillas más, pastillas menos - se ingieren 16 mil toneladas de aspirina por año y los norteamericanos invierten en ella unos 2.000 millones de dólares. Claro que todas estos guarismos quedan reducidos a juegos de ábaco si se considera la más escalofriante de las cifras: desde que comenzó a comercializarse en 1899, los seres humanos consumieron 350 billones de comprimidos de aspirina.

La cronología del más popular de los medicamentos tiene una larga prehistoria, un hito fundamental y una posteridad asombrosa. Entre los hechos de la primera, el uso de la corteza de sauce para el tratamiento contra la fiebre y el dolor; las investigaciones de científicos europeos de los siglos XVIII y XIX; y los esfuerzos de un laboratorio destinado a hacer historia: Bayer. El mojón clave está registrado en el diario de Félix Hoffmann (el otro, no E.T.A Hoffmann, el de los cuentos célebres, aquel escritor y compositor prusiano que fue una de las figuras claves del romanticismo alemán) . Fue el químico quien anotó el 10 de agosto de 1897 en su cuaderno de notas, la creación del ácido acetilsalecílico puro.

La historia informa que Hoffmann se abocó a la tarea para hacer más llevadera la vida de su padre, a quien los dolores de una artritis reumática lo tenían incapacitado. El fármaco conseguido del proceso de acetilación del ácido salecílico se patentó y comercializó con el nombre de Aspirina el primero de febrero de 1899. El 6 de marzo de ese mismo año, se lo incluyó con el número 36.433 en la lista de marcas comerciales de la Oficina Imperial de Patentes de Berlín. No huelga agregar que en los procesos previos, hubo un nombre alternativo que alguien barajó para el producto: Euspirina. La leyenda dice que una votación unánime de la junta directiva de Bayer optó por Aspirina en honor a San Aspirinus, obispo de Nápoles, considerado el santo de las cefaleas.

Lo que jamás hubiera imaginado Félix Hoffmann es que la aspirina, cuando los vuelos a la Luna apenas estaban en la imaginación de Julio Verne o Cyrano de Bergerac, iba a llegar al satélite en el botiquín de la nave Apolo XI en 1969. O que uno de los grandes escritores del siglo XX, Franz Kafka, no podía escribir una línea si no calmaba sus dolores con ella. O que la aspirina estaría citada en más de cien grandes obras literarias, desde Gómez de la Serna hasta García Márquez. Hoffmann, sin embargo, vivió en el anonimato hasta su muerte el 8 de febrero de 1946 en Suiza. Allí pasó varios años dedicado a una pasión que nada tenía que ver - o acaso sí - con la farmacia o la química: la historia del arte. Tampoco sabemos si logró mitigar los dolores del padre. A veces suele ser curioso el destino de algunas personas.

(Publicado en "La Razón" de Buenos Aires)





11 octubre 2006

Alberto Laiseca: los bigotes de un escritor de culto


Por Humberto Acciarressi

Con sus mostachos abundantes, el cuerpo algo encorvado, el tono pausado y profundo de su voz, en la España de Cervantes lo habrían confundido con un Quijote citadino, en la Francia de Alejandro Dumas con un mosquetero de D´Artagnan, y en la Inglaterra de Walter Raleigh con uno de esos bucaneros que asolaban las costas con entusiasmo. Pero Alberto Laiseca nació hace 60 años y pico en Rosario y las historias de esos célebres espadachines y piratas las consumió en libros que hoy nadie lee. En La Razón de los 80, alternaba su trabajo como corrector con la escritura, casi secreta, de una obra que los años instalarían entre las más singulares de estos pagos. Aunque ya había publicado "Su turno para morir", "Matando enanos a garrotazos" y "Aventuras de un novelista atonal", pocos sabían que en un ajado y engordado maletín negro llevaba los originales de "Los Sorias", cuyos capítulos daba a leer a ciertos compinches (el autor de estas líneas, entonces encargado del suplemento literario y mucho más joven que él, fue uno de ellos, lo que habla de su generosidad). Deberían pasar casi 16 años - y una decena de libros - antes que esa novela tuviera el beneficio de la imprenta.

Cuando "Los Sorias" fue editada en 1998 - apenas 300 ejemplares, lo que tira por la borda la pretensión de miles de personas que aseguran haberla leído -, Ricardo Piglia fue contundente: "Es la mejor novela escrita en la Argentina desde "Los siete locos", de Roberto Arlt. Ahora, ese libro con aspiraciones de infinitud que consta de 1350 páginas, circula por las librerías gracias a Gárgola. Y este hecho lo encuentra a Laiseca con actividades paralelas, como leer cuentos de horror de autores tan dispares como Lovecraft y Manucho Mujica Lainez, Giovani Verga y Lafcadio Hearn, en un micro de canal de cable . Laiseca sabe que ser un escritor de culto tiene sus pro y sus contra. "Entre las ventajas de ser un long-seller figura la que uno puede presumir que una vez muerto se lo seguirá leyendo. Como desventaja, el dato ineludible que la venta es lenta", dice saboreando el humo del cigarrillo.

El autor de "Poemas chinos" no usa computadora. "Tengo una vieja máquina Cónsul. La novela, especialmente el realismo delirante que hago, necesita del papel. La computadora es un invento del Príncipe de las Tinieblas. Si no hay una cultura previa, si antes no leíste muchos libros, Internet no sirve para nada. Me gusta la televisión, pero estoy preparado por esas lecturas. Un gran problema actual es que la gente cree que un libro no le cambia la vida". ¿Y qué hacemos ante un panorama tan apocalíptico, Alberto?, preguntamos. "Lo que se pueda - conjetura Laiseca -, aunque tengo la sensación de que todo resultará poco. En cualquier caso, seguir creando. Yo escribo para los demás, en una isla desierta no lo haría. No creo en esas giladas. Tampoco puedo permitirme aflojadas, porque el nihilismo es una traición al ser". Y en esos trámites de la creación, Laiseca adelanta que ya está abordando otra obra monumental, que se titulará: "Sí, soy mala poeta, pero...". Y para concluir sostiene que "igual no hay que preocuparse demasiado, porque la imaginación triunfará aunque nada autorice a sospecharlo". Y si él lo dice, no hay razones para no creerle.

(Publicado en "La Razón" de Buenos Aires)

10 octubre 2006

Betty Boop, el terror de los puritanos

Por Humberto Acciarressi

¿Fue real o ilusoria? Con sus enormes ojos redondos, sus pestañas movedizas, su voz sugestiva, su pollera cortita y sus ligas hizo ratonear a chicos y grandes allá por los años 30…y más acá en el tiempo también. Y en consecuencia se convirtió en el terror de los moralistas y puritanos que vieron en ella un engendro demoníaco, una figura satánica destinada a provocar la lascivia de los hombres y el escarnio en las mujeres. Entonces, ¿fue real o ilusoria? En todo caso fue Betty Boop, la primera – y tal vez única, ya que las posteriores Valentina o Barbarella tenían atributos diferentes – heroína del dibujo animado que llevó las sugerencias sexuales al universo de los cartoons, al ritmo de las músicas de Cab Calloway, Don Redman y el propio Louis Armstrong.

Betty nació el 9 de agosto de 1930 en los estudios de Max Fleischer, dicen que inspirada en estrellas de carne y hueso como Mae West o Claudette Colbert. Su infancia debe haber sido muy triste, ya que tuvo padre –su creador Myron Natwick-, pero obviamente careció de madre. Aunque para paliar esa ausencia su progenitor siempre estuvo con ella, e incluso tuvo el mal gusto de sobrevivirla medio siglo, ya que el dibujante murió a los cien años en 1990. Por esos azares de la vida, la Boop se convirtió en una rebelde que convulcionó la sociedad. Su primera aparición fue en “Dizzy Dishes”, donde era una especie de mujer-perra que erotizaba los instintos caninos del astro Bimbo, a su vez un perro humanizado.

Unos meses más tarde, aquel engendro sensual ya se había convertido en la Betty tradicional, con la melenita corta, la boca con forma de corazón y ese cuerpito insinuante que volvía locos a todos los hombres, dentro y fuera de la pantalla. Y la ira de la cantante Helen Kane, que entabló una demanda por… ¡apropiación ilegítima de personalidad!. Una de las mejores definiciones la dio, varias décadas después, el padre de la criatura: “Aunque nunca fue vulgar ni obsena, Betty era una sugestión que uno podía deletrear en tres caracteres: S-e-x”.

La curvilínea chica siempre estuvo acosada por pretendientes de toda laya con un común denominador: eran galanes interesados en pasar una buena noche en su compañía. Y aunque a veces Betty les hacía sonar la cara de una cachetada, en otras oportunidades… La verdad es que en el dibujo nunca pasaba nada, pero al ningún televidente se le escapaba que todo “ocurría” al finalizar el episodio. O las cosas que se insinuaban, como cuando un empleador le preguntaba a Betty con ojos que eran una denuncia: “Así, mi belleza, que quieres un trabajo”. No hay que olvidar que todo esto ocurría a comienzos de la década del treinta. El jolgorio y la libertad duraron cuatro años que fueron una eternidad para los puritanos norteamericanos. No en vano, cuando inventaron el Código Hays para la censura, una de las primeras víctimas fue Betty Boop. Al principio hubo resistencias, pero un mal día de 1934 los moralistas le ganaron la batalla.

Obligada por los censores a alargar sus faldas y a trocar la seducción por la bobería, Betty perdió la picardía y se volvió sosa, Sus insinuaciones al ritmo de “Esa es mi debilidad” se convirtieron en resignaciones acompañadas por el “Blues de la limpieza hogareña”. En una palabra, los censores hicieron de Betty una pobre chica que –al ser un dibujo animado – ni siquiera tenía la capacidad de soñar con tiempos mejores. Se fue consumiendo en una anemia terminal, mientras los que le habían quitado la sangre se ensañaban con otras colegas ficticias, como la Jane de Tarzán.

Aunque llegó a los cien cortos (de uno de ellos surgió Popeye el marino), la Boop se murió irremediablemente en 1939, cundo comenzaba la Segunda Guerra Mundial y el mundo estaba lo suficientemente aterrado como para preocuparse por un dibujito animado. Su “boop-boop-a-doop” se perdió en el tiempo y sus curvas sensuales sucumbieron ante el avance arrollador de las mujeres de carne y hueso.

Muchos años más tarde, en 1984, el dibujante Bill Menéndez la hizo revivir para un especial de televisión de media hora emitido por la cadena CBS. La última vez que se la vio estaba muy triste, batiendo con nostalgia sus pestañas. Fue en la película “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”, donde se enamoraba vanamente del protagonista. En la actualidad está obligada a vivir en la videoteca de sus fanáticos, que no son pocos, y cada tanto alguna moda la dibuja en posters, toallas, vasos y relojes. En conclusión, pobre mujercita de tinta, soñada y soñadora, compelida a ser acosada hasta la eternidad por esos galanes odiosos y envidiados.

(Publicado en la revista "Así")

09 octubre 2006

Charles Fort, archivero de lo imposible


Por Humberto Acciarressi

Gordo, semicalvo y con unos bigotes que lo hacían parecer una foca, Charles Fort - a quien H.P.Lovecraft consideró su maestro - fue un buceador de profundidades peligrosas, ex-periodista y embalsamador de mariposas, dado a la tarea de registrar en un libro centenares de hechos malditos. Recorrió ávidamente decenas de bibliotecas, consultó diarios, revistas y anales de todas las épocas , y recopiló miles de acontecimientos insólitos. Cuando publicó "El libro de los condenados", en 1919, los círculos intelectuales de Nueva York se conmocionaron. Ignorado rápidamente por los académicos de la ciencia, la literatura se hizo cargo de este incómodo hombrecito del Bronx.

Charles Fort fue un apasionado de lo inverosimil, un convencido de que la realidad siempre supera lo ya visto. Por eso la duda está en la base de toda su filosofía. Y no es para menos si se considera que en su trabajo paciente y obstinado encontró pruebas de la existencia de lluvias de animales vivos, de azufre o de carne; de cataclismos inexplicables o de inscripciones sobre meteoritos; de nieves de color negro o de soles y lunas azules o verdes. "Antes de las primeras manifestaciones del dadaísmo y del surrealismo - apuntan Louis Pauwells y Jacques Bergier - Fort introducía en la ciencia lo que Tzara, Breton y sus discípulos iban a introducir en las artes y en la literatura: la apasionada negativa a jugar un juego donde todos hacen trampas, la furiosa afirmación de que hay otra cosa".

Y Fort sabía que los científicos hacían trampas. Había constatado que escondían datos, que se volvían frenéticos cada vez que un episodio inverosímil aterrizaba en sus mesas de trabajo. Demasiado honesto para entrar en el juego, se abocó a retarlos a duelos imaginarios, les arrojó en la cara todos los hechos que aquellos - simulando distracción - empujaban a sus basureros. Por eso señaló al final del capítulo primero: "... no parece aproximarse (la ciencia) a la consistencia, a la solvencia, al sistema, a la posibilidad y a la realidad, más que condenando lo irreconciliable o lo inadmisible. Todo iría bien. Todo sería admisible. Si los condenados quisieran seguir siendo condenados". En este sentido, puede decirse que Fort es un Robin Hood de los excluidos y "El libro de los condenados" la venganza de un hombre honesto.

Jorge Luis Borges nos ha contado las tribulaciones de Carlos Argentino Daneri en su cuento "El aleph", punto en el que se encuentran todas las cosas del mundo. El propio autor de "Ficciones", en el prólogo a "La muerte y su traje" de Santiago Dabove, reconoció que "ni siquiera sabemos con certidumbre si el universo es un especimen de literatura fantástica o de realismo". Años antes, William Blake había mentado ese grano de arena en el que confluye todo el universo, y Andre Breton, en el Segundo Manifiesto Surrealista, pudo escribir que "todo induce a creer que existe un cierto punto del espíritu desde donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser contenidos contradictoriamente". Todo eso nos lleva inevitablemente a "El libro de los condenados", un aleph libresco salido de la paciencia del demiurgo Fort.

El sabio del Bronx reveló sus datos sin atenuantes ni eufemismos; no quiso dejar nada en el tintero; se obstinó en no desaprovechar un dato. Más que a la obra literaria, Fort aspiró a la enciclopedia. Sabía que sus antecesores no habían llegado tan lejos y sospechaba, con buen criterio, que sus herederos no avanzarían más". No es dificil imaginar que un hombre como Fort se sienta una especie de superhistoriador. Nadie se pasa la vida hurgando archivos y tomando notas; descansando sólo de vez en cuando; o se casa con una mujer por su absoluta falta de interés intelectual; sin considerarse una suerte de ser irremplazable, un sacerdote sin acólitos. "Al principio - dijo en una oportunidad - algunos de mis datos eran tan espantosos o tan ridículos que al ser leidos sólo merecían repulsa o desprecio. Ahora la cosa va mejor: queda un poco de lugar para la piedad".

Aunque de alguna manera fue un imaginero de lo fantástico, la gran preocupación de Fort estuvo centrada en el dominio de las grandes generalidades. No le interesaban los hechos aislados sino las relaciones que pudiera haber entre ellos. Pero el destino puede ser caprichoso: "El libro de los condenados" quedó suspendido débilmente en los arrabales de la literatura y su autor excluido para siempre del ámbito de la ciencia. Los otros libros del autor del Bronx ("Tierras nuevas", 1923;"Lol", 1931 ;"Talentos insólitos", 1932) no pasan en la actualidad de ser una mera curiosidad. La Sociedad Charles Fort, fundada luego de la muerte del sabio acaecida el 3 de mayo de 1932, se disolvió en 1959 apartada de los principios forteanos. La revista "Duda", órgano de la entidad, corrió la misma suerte. Desde la década del 50, miles de volúmenes vienen abordando hechos malditos que van desde los promocionados Ovnis hasta los megalitos de Córcega. Todos ellos tienen una deuda incobrable con "El libro de los condenados".

En la actualidad -mal que le pese a sus adeptos - la vida y la obra de Fort parecen una ficha más de su vasto archivo, otro hecho maldito del que nadie se hace cargo. Como sus lluvias de sangre, sus gigantes, sus gnomos o sus platillos voladores, Charles Fort también es un condenado que espera su reivindicación en este ingrato mundo de exclusiones, a veces más terrible que ese abracadabrante supermar de los Sargazos que él se atrevió a postular hace años desde un barrio marginal de Nueva York.

(Publicado en "El Espectador de la Cultura")

06 octubre 2006

La violación a Scarlett O´Hara


Por Humberto Acciarressi

Hace unos años, en la revista "Noticias", el autor de estas líneas escribió una nota sobre un hecho curioso, para definirlo livianamente. Resumamos: la feminista norteamericana Marilyn Friedmam había realizado una denuncia. Rhett Butler, el capitán sureño encarnado por Clark Gable en "Lo que el viento se llevó", violó a Scarlett O´Hara -interpretada por Vivien Leigh - en la escena cumbre del romanticismo de Hollywood. "Se muestra al violador como a un hermoso hombre cuya dominación es placentera en la cama y a la mujer feliz por tener su propia elección sexual", decía la ensayista. Fue otra feminista, la escritora Helen Taylor, quien tomó el guante.

En la obra de Margaret Mitchell la escena no admite dudas. Butler sube a una asustada Scarlett por la escalera y... "por la mañana, O´Hara había sido humillada, lastimada y usada brutalmente". En la vida real, la condena sería contundente y unánime. Sin embargo, Taylor - que realizó un estudio con mujeres que vieron el film de Victor Fleming o leyeron el libro - reveló que la mayoría de ellas sintió la escena eróticamente excitante, emocionalmente conmovedora y profundamente memorable. En buen romance, a pesar de intuir la violación, muchas mujeres la aceptaron de buen grado y -cabe suponer- hasta se identificaron con Scarlett.

Hay que acotar que lo que dice el libro y en el film apenas se intuye, para muchas feministas sienta un precedente perverso: el ocultamiento de un delito aberrante, un pasar gato por liebre. Para otras, el hecho artístico les crea el marco de un juego ilusorio en el que la culpa queda abolida y toda moral se relativiza. Es de suponer que ni unas ni otras son partidarias de la violación. Triunfo del arte, en todo caso, que llega hasta ese sitio fascinante e insondable del inconsciente para abrir las puertas de un dilema.

Pero de estos delirios que surgen cuando el arte se cruza con la sociología - en ocasiones atrayentes y con buena tela para cortar - pueden extraerse curiosidades. Por ejemplo que "Lo que el viento se llevó" fue el único libro que escribió Margaret "Peggy" Mitchell cuando ya había dejado el periodismo y mientras se recuperaba de un accidente. La obra le demandó una década de escritura, se publicó en 1936 y le valió un Pulitzer unos meses más tarde. El 16 de agosto de 1949, cuando tenía menos de 50 años y a diez del éxito de la película, la atropelló un taxi y la mató. De la supuesta continuación del libro de la escritora de Atlanta - nos referimos a "Scarlett", novela publicada en 1991 por Alexandra Ripley - mejor ni hablar.