22 febrero 2007

A dos años de la muerte de Cabrera Infante


Por Humberto Acciarressi

La escena transcurría, semanalmente, en el pueblo donde nació en 1929 -Gibara, en el extremo noroeste de Cuba-, cuando apenas era un chico. Su madre, una mujer que pasaba penurias económicas, le preguntaba: "¿Cine o sardina?". Y nunca, ni él ni su hermano, confesó años más tarde Guillermo Cabrera Infante, eligió la sardina. Lo que equivalía por entonces a renunciar a la comida del día por las aventuras de la pantalla. Como Manuel Puig entre nosotros, aunque Cabrera Infante se dedicó luego a las letras y sus costumbres, el cine nunca estuvo ausente en su obra, que incluyó - ya no en el plano literario - la fundación de la Cinemateca de Cuba, clausurada en 1956 por Batista. Y de hecho tres de sus libros - "Un oficio del siglo XX", "Arcadia todas las noches" y "Cine o sardinas" - recopilan sus exquisitos, brillantes escritos sobre esa pasión no oculta, que lo acercó, incluso, a Hollywood.

Cabrera Infante definía la literatura como "un vasto campo de juego". Allí, como pocos, experimentó con el idioma desde que la fama literaria le llegó con su novela "Tres tristes tigres", donde contó la vida nocturna de tres jóvenes en La Habana pre-revolucionaria. Con ella obtuvo premios internacionales y la expulsión de la Unión de Escritores de Cuba. Luego llegaron "La Habana para un Infante difunto", "Vista del amanecer en el trópico", "Delito por bailar cha cha chá", "Ella cantaba boleros" y "Todo está hecho con espejos", entre otros.

Pinta tu aldea y pintarás el mundo, aconsejaba Tolstoi. Cabrera Infante hizo eso, aunque lo suyo es más meritorio si se considera que pasó más de la mitad de su vida fuera de su patria. Se trata de uno de los "lectores" más refinados de la realidad cubana, no sólo en lo político - como insisten detractores y admiradores - sino en lo referido a la vida íntima, cotidiana, de tristezas y alegrías, razones y sinrazones, del pueblo caribeño. Alejado geográficamente de Cuba - salvo cuando en 1965 regresó para los funerales de su madre - Cabrera Infante vagabundeó por varios países. España le negó la residencia, intentó en otras partes, y finalmente consiguió la ciudadanía británica. Jamás volvió a su patria y así, lejos de ella, lo encontró la muerte hace dos años (el 21 de febrero del 2005), cuando su cuerpo no resistió más su salud desmadejada y caprichosa.

(Publicado en "La Razón" de Buenos Aires)

21 febrero 2007

Breton y la bandera de la imaginación


Por Humberto Acciarressi

André Breton nació hace 110 años y meses y murió hace cuarenta y uno, en 1966. Entre una fecha y otra transcurrieron siete décadas intensas, una vida apasionada y un entusiasmo consecuente con lo mejor de las estéticas del siglo XX. El hombre que escribió "no es por miedo a que nos llamen locos que pondremos a media asta las banderas de la imaginación" llevó la poesía a límites insospechados. No parece casual que Octavio Paz haya anotado: "Las ideas de Bretón sobre el lenguaje eran de orden mágico y poseían una precisión y una penetración que me atrevo a llamar científicas".

El hombre que alternaba la tranquilidad casi budista con temibles ataques de cólera, era amigo confeso del escándalo. Ya sea cuando se agarraba a trompadas a orillas del Sena o cuando besaba como un noble la mano de las mujeres. Pueden anotarse algunos hitos: estuvo en el frente durante la Guerra del 14, estudió medicina, se familiarizó con Freud, participó del Cabaret Voltaire dadaista y más tarde se enfrentó con Tzara. Su libro "Los campos magnéticos" fue una experiencia de escritura automática, que le dio algunas ideas para lanzar, en 1924, el Primer Manifiesto Surrealista. Allí insiste: "Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas". Breton repudia el realismo, el objetivismo y la construcción psicológica de los personajes. Mucho de esto se observa más tarde en su novela "Nadja". Y en medio de todo rescata la obra de autores como Mallarmé, Hugo, Rimbaud, Chateaubriand, Sade, Swift, o Lautremont.

Su afiliación al partido Comunista le alejó muchos seguidores y le acercó otros. Su ortodoxia le valió perder grandes exponentes del arte del siglo XX, como Ernst, el propio Dalí, Duchamp, Aragon, Eluard o Artaud, entre otros. El mismo fue expulsado más tarde por los ortodoxos del Comunismo, que nunca entendieron el surrealismo.Con errores por momentos mayúsculos, Breton siguió fiel a los escándalos hasta su muerte. Pero su mayor fidelidad fue para su amada imaginación. Marcel Duchamp lo definió con poesía impar: "Era el amante del amor en un mundo que cree en la prostitución". Nada más para agregar. A un hombre así se le puede y se le debe perdonar cualquier cosa.

(Publicado en "Tiempo de Arte")

Andersen, la escritura y la tradición oral

Por Humberto Acciarressi

Desde el 2 de abril de 1805 en que nació en la ciudad danesa de Odense, Hans Christian Andersen sufrió hambre y pobreza. Su padre, que había construido su cuna con la madera sobrante del féretro de un noble, murió pronto. Su madre, vuelta a casarse, apenas tuvo tiempo para ese hijo que enfrentaba las tristezas con una imaginación portentosa. A los catorce años viajó a Copenhage, donde soñaba convertirse en bailarín, cómico o cantor. Y si fuera posible las tres cosas. No pudo ser ninguna.

Trabajó en una fábrica, donde distraía a sus compañeros cantando o recitando fragmentos de obras escritas por él. Cuando resolvió estudiar a los veinte años, apenas compartía minucias cotidianas con sus condiscípulos de diez. Hasta que un día alguien se interesó en sus escritos, editó el "Viaje al pie del canal de Holin", y el joven de los zapatos rotos fue aceptado en los cenáculos.

Gracias a mecenas generosos, viajó por el mundo y fue puliendo -en la observación y la descripción- el acento maravilloso de sus cuentos. Formado como autodidacta en las lecturas de Goethe, Hoffman y Schiller, Andersen intentó la dramaturgia sin éxito. No tuvo la suerte de James Barrie, que dió larga vida a Peter Pan desde un escenario. También escribió algunas novelas, unos interesantes relatos de viajes, poesías, y la autobiografía "El cuento de mi vida". Pero lo suyo estaba en otro lado.

Durante una estancia en Inglaterra, buscó y obtuvo la amistad de Charles Dickens. Por lo que se sabe, el autor de la "Historia de dos ciudades" ejerció una gran influencia sobre Andersen, que adquirió un eficaz equilibrio entre la realidad y su desmesurada fantasía. Los eruditos aún no acuerdan sobre un dato casi arqueológico: los cuentos que escribió entre 1835 y 1872. Unos dicen que fueron 164, otros 168.

Ni Defoe con su Robinson Crusoe, ni Swift con Gulliver, ni Saint-Exupery con su Principito, y mucho menos los fabulistas, buscaron el público infantil, que sin embargo obtuvieron. Andersen quiso escribir para los chicos. La primera colección la edita en su país con el propósito en el título: "Cuentos contados a los niños". En su vastísima producción hay clásicos como "El patito feo", "El valiente soldadito de plomo", "La sirenita", "Las zapatillas rojas" y "Pulgarcita" (mujer y no varón como popularizó el cine).

Andersen, como Perrault y los hermanos Grimm, tuvieron una especie de desgracia póstuma. Muchos de sus cuentos fueron y son editados sin mención de sus nombres, como si pertenecieran a la tradición oral. A pesar de sus desventuras -atenuadas por la tremenda tenacidad que puso para salir adelante- Andersen escribió en 1855: "Mi vida es un cuento maravilloso, marcado por la suerte y el éxito". Murió veinte años después, en 1875, en Copenhague. Su gran inventiva no le permitió vislumbrar que a dos siglos de su nacimiento y 130 años de su muerte sus cuentos se leerían en casi todas las lenguas del mundo. A veces -o por lo menos en su caso- la imaginación peca de modestia.

(Publicado en "Tiempo de Arte")

19 febrero 2007

Xul Solar, el artista que recreaba el universo


"Diría que nosotros, o casi todos nosotros, vivimos aceptando el universo, aceptando tradiciones, conformándonos a las cosas. En cambio, Xul vivía recreando el universo. Lo recreaba en cada momento"
 Jorge Luis Borges








18 febrero 2007

Fernando Pessoa, Ricardo Reis y la doble ironía

Por Nora Abdala 

Mijail Bajtin sostuvo que el lenguaje irónico es aquel que tiene la particularidad de dividir al sujeto en una entidad empírica capaz de existir entre un estado de inautenticidad y autenticidad. Nada mejor que esta idea para entender la heteronimia en la obra de Fernando Pessoa. El poeta portugués se desdobló, como es sabido, en una serie de personajes, de los cuales los más importantes son los poetas Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Alvaro de Campos. Esta aventura, única en la literatura, le permitió realizar un proceso de despersonalización que – proeza de imaginación mediante –, lo llevó a inventar personajes con obra literaria afín, diferentes a él mismo. A la manera de la escritura dramática, posibilitó su existencia a partir de una expresión absolutamente sincera. A este fenómeno de creación tan singular lo bautizó con el nombre de “drama em gente”, que engloba al conjunto de su producción heterónima. El propio Pessoa ha ironizado al respecto: “No sé si realmente existieron o si soy yo el que no existo. En esto como en todo, no debemos ser dogmáticos”.

Lo cierto es que el 8 de marzo de 1914, el poeta escribió sin parar treinta y tantos poemas que se le aparecieron como obras de Alberto Caeiro – el primero de los heterónimos – y que ese mismo día, influyeron a su vez sobre la escritura del poema “Lluvia oblicua”, firmado con el nombre de Pessoa. Esta confidencia del poeta, unida al hecho de que asegurase más tarde que Caeiro era el maestro - no sólo de los heterónimos Campos y Reis, sino también del suyo propio - convierte a Pessoa (cuando conserva su nombre) en un poeta de igual naturaleza literaria que sus heterónimos.

Los otros dos personajes nacieron el mismo año que Caeiro: el primer poema de Alvaro de Campos, titulado “Opiario”, fue escrito en el mismo mes de marzo, mientras que la primera Oda de Ricardo Reis, lleva fecha del 13 de junio. No deja de ser interesante que Reis, el primero de los heterónimos presentido por Pessoa (en 1912 se le apareció vagamente su retrato, luego olvidado), fuese el último en escribir un poema. Es posible pensar que, en este caso, el gran esfuerzo de despersonalización haya sido el más arduo. Pessoa confesó más tarde que Reis era el poeta que él mismo hubiera querido ser.

De acuerdo a los datos que nos proporciona su creador, Ricardo Reis es médico de profesión y monárquico, circunstancia inquietante que lo lleva a emigrar algunos años a Brasil. Educado en un colegio de jesuitas, recibe una formación clásica y latinista que ayuda a consolidar una estructura de personalidad típicamente conservadora. Heredero del gran poeta latino Horacio, domina las formas de la tradición grecolatina y proclama la disciplina de la construcción poética bajo el amparo de los dioses de la antigüedad pagana.

Ricardo Reis escribió sus Odas a lo largo de dos décadas (de 1914 a 1935); Fernando Pessoa murió pocos días después de haber redactado la última. Como la mayor parte de la obra del portugués, casi todos estos poemas quedaron inéditos, a excepción de 28, aparecidos en las revistas Athena y Presenca. Es el heterónimo más cercano y el que lo acompaña hasta sus últimos días. Los une el cuidadoso uso de la rima, el tradicionalismo estilístico, la mesura y la contención del discurso. A Pessoa lo tientan los sonetos; Reis escribe odas, elegías y epigramas, a la manera de los poetas latinos.En el equilibrio sistemático de su heterónimo puede reflejarse la férrea educación victoriana que Pessoa recibió en sus años de infancia y adolescencia en Durban, Africa del Sur (único territorio extranjero conocido).

¿Por qué Fernando Pessoa decide inventar semejante engendro contra la corriente de su época? ¿Qué vínculo los une? El poeta hace público el rechazo ante el estoico rigor y la lúcida pero fría perfección de su criatura: “Reis escribe mejor que yo el portugués, pero con un purismo que considero exagerado”. Los primeros lectores del heterónimo advirtieron con desconcierto su presencia extraña y extravagante. En el contexto histórico perduraban aún los ecos del simbolismo, y la modernidad luchaba por desvincularse en forma radical de la tradición. Una reducida crítica literaria dedicó a su poesía escasa atención, pero le reprochó sus excesos formales. No se entendía el capricho de Reis por establecer una relación entre un presente cada vez más secularizado y un pasado cuyas esencias debían continuar vivas, siempre y cuando se comprendiese la doctrina de los dioses paganos. Para ello era necesario interpretar que el heterónimo no hacía otra cosa que alimentarse del quebranto de la fe sufrido por Fernando Pessoa. Sus propias palabras explican su estética y su paganismo trascendental: “Hay sólo dos clases de estados de ánimo constantes con los cuales vale la pena vivir: con la noble alegría de una religión o con la noble tristeza de haberla perdido; lo demás es vegetar”.

Las Odas de Ricardo Reis, con sus arcaísmos léxicos, sus latinismos, sus figuras de estilo como el hipérbaton y la elipsis, sonaban en el horizonte de la modernidad como artefactos artificiales y – fundamentalmente - inútiles. Uno de los pocos que alentó esta “anacrónica” invención poética fue el amigo de Pessoa, Mario Sa Carneiro, quien en una carta enviada en 1914, le señala con admiración: “Ha conseguido crear una novedad clásica, horaciana. Pues tal es la impresión que me han dejado: no sé por qué, contienen elementos nuevos. Permítame decirle: una maravilla de impersonalidad. La primera estrofa de la primera Oda es algo grandiosa - muy nuevo, en su sencillez y en su clasicismo- Horacio multiplicado por el alma”.

Recordémosla, en una versión castellana: “Seguro asiento en la columna firme / de los versos en que quedo, / no temo el influjo innúmero futuro / de los tiempos y el olvido; / que la mente, cuando fija, en sí contempla / los reflejos del mundo, / de ellos se plasma vuelta, y al arte el mundo / crea, que no la mente”. Ricardo Reis retoma los grandes temas de la poética de Horacio: el carpe diem, la idea de la fraternidad y la imperturbabilidad o ataraxia – conceptos claves epicúreos -, el tiempo circular de la naturaleza. Como también su particular punto de vista sobre la filosofía estoica: “No tengas nada en las manos / ni una memoria en el alma / que cuando te pusieren / en las manos el óbolo último, / al abrirte las manos / nada te caerá”.

A diferencia de Horacio, que aconseja un goce moderado (pero más sensual), el poeta propone una estricta serenidad intelectual contenida por la abstracta geometría del lenguaje. Construye una visión del mundo que reniega de la pasión y los sobresaltos, una sensación de libertad custodiada por la acción de la indiferencia. Ajeno a la manipulación del mundo moderno, elabora una teoría poética del desapego ¿Por qué Pessoa, a través de Ricardo Reis, imprime un nuevo sello a la tradición? ¿En qué consiste, dentro de una poesía tan lograda, ese sentimiento de irrealidad y topología quimérica que produce? Lo que sí puede asegurarse es que en ese mecanismo de reescritura del mundo clásico, opera inevitablemente una crítica del mismo texto y de la condición humana, rasgo particularmente constitutivo de los tiempos modernos. Subyace, en ese diálogo anacrónico con la antigüedad, a la manera de un pentimento, una sensación de angustia anestesiada.

La ironía, dice el francés Vladimir Jankelevitch, consiste en ausentarse. El movimiento de la conciencia, luego de aplicar sobre el objeto de conocimiento una afirmación categórica, se permite una segunda actitud: una especie de echarse atrás, algo así como la transformación de una presencia en ausencia. Ese alejamiento, junto con la dosis de ocio indispensable para la representación, permite a la conciencia despegarse de las cosas, distraer la vida hacia la esfera del campo intelectual. “Oí contar que otrora, cuando en Persia / había no sé qué guerra / cuando la invasión ardía en la Ciudad / y las mujeres gritaban / dos jugadores de ajedrez jugaban / su juego continuo”. De esta manera, Ricardo Reis emprende una actitud irreverente, que desarrolla minuciosamente en “Los jugadores de ajedrez”. Frente a las atrocidades de la guerra, el juego parece una acción inútil, pero, paradójicamente, transforma esta indiferencia en un ejemplo moralizante: en el mundo contemporáneo, los modos de pensar se han olvidado y las acciones que hay que atender, obedecen al error.

Detrás de la seriedad de nuestro circunspecto poeta monárquico, se asoma la conciencia disponible del otro, de Fernando Pessoa. A partir de su variada multiplicidad de puntos de vista, se permite corregir “…fragmentando el discurso compacto, el pensamiento, que aprende a mirar de derecha e izquierda, y se quita por fin el pesado manto de la necesidad.”, tal como caracteriza al ejercicio de la ironía, Vladimir Jankelevitch.

Si, como pasajero del tiempo lineal, Reis inmoviliza la irrealidad del instante - “enlacemos y desenlacemos las manos”, nos dice en un poema célebre -, también encara su destino de antihéroe con este verso cruel: “Sabio quien se contenta con el espectáculo del mundo”. Precisamente, en la contemplación y el no formar parte de la acción de ese mundo que - allá por los años de su muerte literaria prefiguraba otra nueva desintegración masiva – reside la sabiduría de su escepticismo elegante. Con sutil ironía, herramienta indispensable para la tarea, Fernando Pessoa – uno de los poetas más originales del siglo XX – cava un surco hacia uno de los caminos más desasosegados del más allá, el de la plena libertad poética.

(Publicado en "El Espectador de la Cultura")

La otra cara de Samuel Beckett


Por Humberto Acciarressi

En ciertos casos, para evitar malos entendidos o entripados innecesarios, cabe aclarar las cosas de entrada. "Esperando a Godot" y "Fin de partida" son dos obras magníficas, revolucionarias, y sin ellas la escena del siglo XX estaría huérfana de una de sus patas fundamentales, la del absurdo. Aclarado este punto para no herir suceptibilidades, pasemos a otros aspectos de la obra de Samuel Beckett, ese irlandés orgulloso que nació bajo el signo de Aries en las cercanías de Dublin, el 13 de abril de 1906. Es decir, hace un siglo y monedas. Fue un viernes Santo, pero - como queda dicho - un viernes trece. De una manera u otra, una carga para este descendiente de hugonetes franceses llegados a Irlanda en el siglo XVIII.

El hombre que en una oportunidad dijo que "el único medio de renovación consiste en abrir los ojos y contemplar el desorden", se dedicó con entusiasmo impar a ese postulado, sufriendo de ciertas contingencias no deseadas. Y llegó a conclusiones poco alentadoras, entre ellas que la vida carece de sentido. Su personalidad tuvo varias peculiaridades. Por un lado, fue solitario, hipersensible e introvertido. Por el otro, tenía una gran percepción, una memoria digna del Libro Guiness y un extraordinario sentido del humor. Antes de pasar a su literatura no huelga consignar que, durante la guerra desatada por Hitler, Beckett integró una red de inteligencia de la Resistencia Francesa. Mientras escribía y se preparaba para ser considerado, años más tarde, como uno de los escritores más importantes del siglo, artífice de una literatura de extrañas resonancias.

Esclavo de sus dos obras más famosas, suele olvidarse que Beckett es autor de unos extraordinarios relatos breves, singulares obras maestras como "El despoblador", "Verse", "El dinero" y otros editados oportunamente por Tusquets. Una faceta menos conocida es la que concluyó en "Film" (dirigida por Alan Schneider y protagonizada por Buster Keaton), su aislada incursión en el cine (guión mediante) que dio pie a su también único viaje a Estados Unidos. Y por supuesto no debe dejarse de lado su actividad como novelista, con títulos como "Malone muere" y "El innombrable". Sin embargo es con "Molloy" donde llega a alturas sólo alcanzadas por Kafka, donde aparece su preocupación por el hombre trágico en un relato circular lo más cercano a la perfección. Y naturalmente su poesía, labrada desde la lejana influencia de Eliot y Pound hasta alcanzar, con el tiempo, su voz inconfundible.

Beckett, que había sostenido que "el pecado capital es nacer", enmendó esa culpa ajena a su voluntad el 22 de diciembre de 1989. Recluido, aislado, hacía mucho que el mundo ya no contaba para el irlandés, aunque su cabeza altiva y sus ojos penetrantes importaran para un mundo no menos absurdo que muchas de sus obras. Si alguna vez había dicho que "lo único que cuenta es la escritura"- postulado al que fue leal hasta la muerte - no es desacertado recordar lo que dijo de él otro grande: Emil Ciorán. Ambos compartían esa especie de ferocidad que subyuga y el amor por los cementerios, que a veces es como una marca de fábrica. "No vive en el tiempo, sino parelelamente al tiempo - dijo el rumano del irlandés-. Por eso nunca se me ha ocurrido preguntarle lo que pensaba de algún acontecimiento particular. Es uno de esos seres que permiten concebir la historia como una dimensión de la que el hombre hubiera podido prescindir". Como elogio es casi inigualable. Pero al hombre que no asistió a recibir el Nobel en 1969 y que donó el dinero del premio a gente sin recursos, los homenajes no le gustaban. Claro, además escribió "Fin de partida" y "Esperando a Godot". Pero esto ya se sabe.

(Publicado en "La Razón" de Buenos Aires)

17 febrero 2007

Afiches entre los escombros de la guerra


Por Humberto Acciarressi

La Guerra Civil Española fue, casi como ningún otro conflicto bélico, la suma de las pasiones. Los datos, escalofriantes, dicen que entre 1936 y 1939 se llevó un millón de vidas, inauguró la larga dictadura franquista y fue el prolegómeno de su hermana mayor, la desatada por Hitler y compañía. Las artes, naturalmente, no podían ser ajenas a ese imperio de las pasiones. Queda, como exponente supremo, el "Guernica" de Picasso. La obra inspirada en el bombardeo de la ciudad vasca por los aviones alemanes aliados a Franco, corrió mejor suerte que el hoy desaparecido mural "El campesino catalán en revolución", de Joan Miró. Ambos artistas, sin embargo, fueron la punta del iceberg de las artes plásticas puestas al servicio de la causa republicana. Asimismo, resulta imposible escamotearle a la guerra civil española la impronta de los intelectuales.

Aquella guerra fue mucho más que un mero dato geopolítico. Fue un concierto de imágenes en el que pueden figurar el fusilamiento de García Lorca en "su Granada", al decir de Antonio Machado, muerto a su vez durante el largo éxodo que siguió a la caída de Madrid en manos franquistas. O Miguel Hernández recitando sus poesías en el frente y agonizando más tarde en las cárceles de Franco. O bien el gigantesco Unamuno, muerto de tristeza luego de retrucar el "Viva la muerte" del general fascista Millán de Astray con su "Venceréis, pero no convenceréis". O Ernest Hemingway, George Orwell y John Dos Passos -por nombrar apenas tres intelectuales ilustres- escribiendo en las trincheras.

Paralelamente al arte mayor, el alto mando republicano apeló a la comunicación cotidiana, al slogan efímero, al panfleto multitudinario, al cartel callejero. Cuando la República lanzó su S.O.S al mundo, 35.000 brigadistas internacionales ingresaron al país y unos 50.000 españoles se dieron cita en las puertas de Madrid para defender la capital. En el caso de la cartelística fue igual: los encargados de la propaganda republicana hicieron la convocatoria y unos cien ilustradores - la mayoría con un promedio de veinte años de edad - acudieron al llamado. Eran artistas que sintetizaban, en un atrevido experimentalismo gráfico, algunas de las tendencias más revolucionarias de la ilustración.

El historiador del diseño Enric Satué ha escrito que "la única vanguardia artística en el mundo que enseguida fue del dominio público fue la española". Especialmente, puede añadirse, en el bando republicano. El propio Orwell, muchos años antes de su "1984" y de "Rebelión en la granja", escribió en "Homenaje a Cataluña" que "por todas partes se veían carteles revolucionarios, flameando desde las paredes sus limpísimos rojos y azules". Esos afiches hablaban desde los muros de las ciudades bombardeadas. Cuando llegó el final, lo que había sobrevivido a la metralla y a la sangre en las paredes utilizadas como patíbulos, se perdió bajo el hollín y el agua.

Unos dos mil carteles, sin embargo, escaparon a la destrucción bélica y al paso del tiempo. Son los que se encuentran en poder de la Fundación Pablo Iglesias, que los porteños pudimos ver hace un par de años en el Museo Nacional de Bellas Artes. Afiches originariamente ceñidos a una duración efímera, que al calor de las batallas podía ser de apenas un día o incluso horas. Sin embargo, ese arte de vanguardia aplicado a la cartelística ha pasado la prueba del tiempo. Mientras, otras guerras sucedieron a aquella. Igual de terribles, pero sin artistas para contarlas.

(Publicado en "La Razón" de Buenos Aires)