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19 febrero 2016

Tras 57 años de censura, "1984" puede ser leído por los cubanos


Por Humberto Acciarressi

Mientras unos blogueros cubanos me dan cuenta del fracaso en ventas de los libros de Fidel, el Che y Chávez (ya sé, no digas nada: esto último parece un chiste), la XXV Feria Internacional del Libro que se lleva a cabo en Cuba marca una malísima calidad en las ediciones de la isla, casi ninguna oferta, precios siderales, editoriales que brillan por su ausencia, y muy pocas opciones para chicos, muy interesados en los inhallables y ya vetustos "Juego de tronos" y "Harry Potter". Cuba, mientras tanto, sigue sin editar a algunos de sus escritores más notorios, que increíblemente todavía circulan de mano en mano. Acotemos que varios de ellos comenzaron apoyando la Revolución y luego se alejaron de ella y de una de las formas más lamentables del stalinismo burocrático. Porque quienes crean que la censura es una cosa del pasado en Cuba está largamente equivocado. Hace apenas cinco o seis meses, fue prohibida la obra y cerradas todas las puertas al consagrado internacionalmente director de cine y teatrista Juan Carlos Cremata. Antes de pasar al tema de esta columna, digamos que el intelectual censurado escribió una carta a la que, parafraseando la frase castrista "la historia me absolverá", le puso por título "Condenadnos, no importa: el Arte nos Absorberá".

Pero la gran novedad de la pobrísima Feria del Libro cubana es que, a 57 años de la revolución, los lectores de la isla pueden ver por primera vez en su vida ejemplares de la novela distópica de George Orwell, "1984", una de las más odiadas por el régimen soviético y sus satélites en el mundo. Curiosamente con el apoyo del New York Times y las armas enviadas por los países más capitalistas, el 1 de enero de 1959 entraron en La Habana las tropas comandadas por Eloy Gutiérrez Menoyo (que abandonó la revolución dos años más tarde) y al día siguiente las de Camilo Cienfuegos y el Che Guevara. Este último tomó la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, posterior escenario de centenares de torturas y fusilamientos. En ese mismo sitio hoy se realiza la Feria del Libro de la que venimos hablando. Otra anécdota que vale añadir es que también en los primeros días de enero, pero casi una década antes (1950), había muerto de tuberculosis George Orwell, la única figura que merece destacarse en esta historia.

Ya hemos hecho notar en otra oportunidad, que ese socialista utópico que fue el británico, poco antes de fallecer y apenas unos meses después de la publicación de "1984", le había dicho a un periodista de la revista Life que su libro estaba referido "a las perversiones a las cuales se encuentra expuesto un régimen fundado sobre unas economías centralizadas y que ya han sido realizadas por el fascismo y el comunismo". Orwell sabía de lo que hablaba: en España, mientras defendía al bando republicano contra el franquismo, tuvo tremendas peleas con los comunistas ortodoxos y presenció las matanzas que estos cometieron contra los valientes anarquistas que también luchaban contra Franco. Cuando el inglés se sentó a escribir su novela en Escocia, ya una gran cantidad de intelectuales se habían alejado del marxismo, y especialmente del Kremlin, después de los juicios de Moscú y del Proceso Bujarin, el mismo que inspiró la novela "El cero y el infinito" de Arthur Koestler.

No es casual que la obra de Orwell -que además inspiró una gran película de Michael Radford y las descomunales actuaciones de John Hurt, Richard Burton y Suzanna Hamilton- haya estado prohibida desde siempre en la Cuba dependiente del stalinismo soviético. El personaje Winston Smith trabaja en el pomposamente llamado Ministerio de la Verdad, que tiene como objetivo inventar un relato que nada tiene que ver con la dictadura del Gran Hermano y su partido único, hasta que un día comienza a advertir que todo es una farsa. Orwell, se sabe, se inspiró en el culto a la personalidad de la figura de Stalin. Y tampoco es casual que Emmanuel Goldstein, personaje omnipresente que representa "al enemigo", sea casi una copia de León Trotsky, mandado al exilio y asesinado por el stalinista Ramón Mercader, nombrado héroe de la revolución rusa por ese episodio y fallecido en 1978 nada menos que en La Habana, idolatrado por Fidel Castro (incluso Cabrera Infante y otros escritores que tuvieron que huir de Cuba más tarde, se entrevistaron con el líder para manifestar su repudio hacia el asesino).

En cuanto a la novela, cuando Smith es atrapado -apenas por sus dudas y por haberse enamorado de Julia, una joven rebelde-, es conducido a la siniestra habitación 101, en la que aquellos que han descubierto que el estado persigue a quienes piensan diferente, a los que interrogan el relato, son enfrentados con sus peores miedos. En el caso del héroe de la sátira, los torturadores llevan los castigos a límites inimaginables, al punto que lo conducen con sus métodos a admitir como verdad absoluta que 2 más 2 es igual a 5. Si Orwell no vivió para ver el éxito de su novela, varias generaciones de cubanos ni se enteraron de su existencia. Castro siempre odió el libro, especialmente porque nunca pudo dejar de identificar al siniestro Gran Hermano con su adorado Stalin. Ahora, por esas cosas de la historia que por suerte es dinámica, el libro llegó a la isla caribeña. Para cerrar estas breves líneas no huelga recordar unas palabras del propio Orwell: "Creo que las ideas totalitarias han echado raíces en los cerebros de los intelectuales en todas partes del mundo y he intentado llevar estas ideas hasta sus lógicas consecuencias". Así explicaba su novela, en carta a un sindicalista amigo.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

01 septiembre 2015

Stalin, el Gran Hermano de "1984" de George Orwell


Por Humberto Acciarressi

"Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano... incesantemente". La frase la pronuncia O´Brien, el personaje que lava el cerebro de Winston Smith, en la novela "1984" de George Orwell. Y continúa: "Siempre estará ahí la cara que ha de ser pisoteada. El hereje, el enemigo de la sociedad, estarán siempre a mano para que pueden ser derrotados y humillados una y otra vez. Todo lo que tú has sufrido desde que estás en nuestras manos, todo continuará sin cesar. El espionaje, las traiciones, las detenciones, las torturas, las ejecuciones y las desapariciones se producirán continuamente. Será un mundo de terror, a la vez que un mundo triunfal". A esta imagen de un horror que pocos habían retratado tan bien (entre ellos hay que considerar a Kafka, naturalmente a Conrad), no hace falta añadirle ni una palabra más.

Desde mediados del siglo XX, cuando el libro de Orwell estuvo en las librerías, se escribieron decenas de obras que intentaron averiguar quién fue el Gran Hermano de la célebre novela-fábula ¿En quién se inspiró el escritor inglés para trazar la idiosincrasia y la personalidad de esa criatura siniestra que en el curso del relato es una omnipresencia en las telepantallas y a quien sirven los efectivos de la Policía del Pensamiento? El mismo Orwell, en un reportaje de la revista Life, a pocas semanas de la publicación del libro en 1949, aclaró que 1984 "valoriza las perversiones a las cuales se encuentra expuesto un régimen fundado sobre unas economías centralizadas y que ya han sido realizadas por el fascismo y el comunismo".

Sin embargo hay que tener en cuenta las propias experiencias de Orwell en la Guerra Civil Española, sus peleas con los comunistas ortodoxos y -naturalmente- el bigote grande y negro del Big Brother. Todo eso remite inevitablemente a Joseph Stalin, una figura a la que durante años se le perdonaron demasiadas cosas, y quien, sin embargo, fue una de los personajes más siniestros de la historia. Cuando se escribió "1984", varios intelectuales, antaño marxistas, ya habían roto lanzas con el Kremlin luego de los juicios de Moscú de 1936-1938, y el Proceso Bujarin que inspiró a Arthur Koestler la redacción de su novela "El cero y el infinito". La ficción de Orwell, incluso obviando los tópicos biográficos y literarios - el inglés era un socialista utópico-, anticipó crudamente un sistema represivo que se iba a utilizar no sólo en los países del antiguo Este europeo, sino en aquellos en dónde se entronizaron dictaduras con la excusa de combatir el comunismo. Su obra, sin embargo, fue trascendida por la realidad: el Gran Hermano aún puede tener decenas de nombres.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

06 mayo 2015

Terremotos, volcanes, y . . . la vuelta de Gran Hermano


Por Humberto Acciarressi

No voy a negar que esta cuestión me sigue asombrando. El hombre, como dice el popular adagio, es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra. En las escasas horas que tiene el nuevo Gran Hermano de la televisión argentina, ya se vieron las suficientes cosas como para afirmar que no hay nada por inventar. Analizar a dos periodistas televisivos relatando lo que hacen dos sujetos desconocidos en un gimnasio, de quienes para colmo no se oye ninguna conversación, es algo que escala el umbral de la última etapa del bizarrismo. Por más que uno lo intente, a esta altura ya no se puede añadir nada sobre esta nueva versión del Gran Hermano, salvo que quienes se someten a estos encierros voluntariamente, han perdido un tornillo en el incierto camino a la celebridad.

Ya hemos escrito mucho -y nunca será suficiente- sobre el Gran Hermano verdadero y siniestro de "1984", la fábula distópica de George Orwell, magistralmente llevada al cine con John Hurt, Richard Burton y Suzanna Hamilton. Ese mundo de horrores y controles dominado por la mirada de un Gran Hermano déspota y falaz, que adapta la historia a sus intereses e inventa falsos enemigos, fue tomado como modelo de este popular programa televisivo. Y una de las cosas que más llaman la atención no es que la gente se divierta con las bizarras "hazañas" de unos humanoides que aceptan ser encerrados en una casa y observados hasta en el baño. Lo realmente extraño es que -cuando aún ni siquiera se conocen los nombres de los participantes-, ya se leen comentarios en las notas de la web y en las redes sociales. Todo esto no hace más que indicar que la sociología tiene que inventar otra materia.

Hubo años en los cuales el Gran Hermano televisivo no tuvo la popularidad que si consiguió en otros. Hasta donde me informan, tampoco nunca fue un fracaso absoluto. Sin embargo, tal vez sea sintomático que durante cuatro años no haya estado en el aire. Ahora retorna por América y, otra vez, de la mano de Jorge Rial, como el personaje menos creíble de la televisión mundial. Este año, después de una gala de presentación en la que sólo faltó el presidente de los Estados Unidos, parece que se está preparando el asunto para tirar la casa por la ventana (aunque apenas, lamentablemente, metafóricamente). Lo malo de todo esto, además de ser un producto culturalmente pobretón, es que casi inevitablemente al final del ciclo habrá uno o dos mediáticos más, haciendo de las suyas en la pantalla chica vernácula.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

21 junio 2014

Los nombres del Gran Hermano de Orwell


Por Humberto Acciarressi

Se han escrito decenas de libros para tratar de desentrañar -muchas veces de acuerdo a la ideología del ensayista- quién fue el Gran Hermano de "1984", la célebre novela-fábula de George Orwell ¿En quién se inspiró el escritor inglés para trazar los rasgos y la personalidad de esa criatura siniestra que en el curso del relato es una omnipresencia en las telepantallas y a quien sirven los efectivos de la Policía del Pensamiento? El propio autor, en una entrevista para la revista Life, apenas posterior a la publicación del libro en 1949, se encargó de aclarar que 1984 "valoriza las perversiones a las cuales se encuentra expuesto un régimen fundado sobre unas economías centralizadas y que ya han sido realizadas por el fascismo y el comunismo".

Sin embargo, la experiencia de Orwell en la Guerra Civil Española, sus divergencias con los comunistas ortodoxos y el bigote grande y negro del Big Brother remiten inevitablemente a Joseph Stalin. Por los días en que se escribió "1984", varios intelectuales, antaño marxistas, ya habían roto lanzas con el Kremlin tras los juicios de Moscú de 1936-1938, y el Proceso Bujarin que inspiró a Arthur Koestler la redacción de su novela "El cero y el infinito". La ficción de Orwell, pese a las referencias biográficas y literarias -no hay que olvidar que era una especie de anarquista y socialista utópico-, anticipó crudamente un sistema represivo que se iba a utilizar con cruel entusiasmo no sólo en los países del ya antiguo Este europeo, sino en aquellos en dónde se entronizaron dictaduras con la excusa de combatir el comunismo. El Gran Hermano podía y aún puede tener decenas de nombres. Lo vemos todos los días en países propios y ajenos.

O´Brien, el personaje que lava el cerebro de Winston Smith, le dice en una sesión de tortura una frase que resume esta cuestión: "Si quieres hacerte una idea de cómo será el futurro, figúrate una bota aplastando un rostro humano...incesantemente". Y añade: "Siempre estará ahí la cara que ha de ser pisoteada. El hereje, el enemigo de la sociedad, estarán siempre a mano para que pueden ser derrotados y humillados una y otra vez. Todo lo que tú has sufrido desde que estás en nuestras manos, todo continuará sin cesar. El espionaje, las traiciones, las detenciones, las torturas, las ejecuciones y las desapariciones se producirán contínuamente. Será un mundo de terror, a la vez que un mundo triunfal". A esta imagen brutal de un horror que pocos habían retratado tan bien (Kafka, Conrad), tal vez no haga falta añadirle ni una palabra más a las escritas por Orwell en "1984".

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

22 enero 2014

"1984" en el aniversario de la muerte de Orwell


Por Humberto Acciarressi

Se cumple un nuevo aniversario de la muerte de George Orwell, ocurrida el 21 de enero de 1950, en una Londres que se recuperaba de las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Otro día para recordar a quien legó a la posteridad -al margen de sus otros libros - dos obras icónicas de la distopía: "1984 y "Rebelión en la granja". Claro que para llegar a eso, antes habían sucedido interesantes experimentos literarios: la isla de maravilla imaginada por Tomás Moro en "Utopía", el "Heptaplomeres" de Jean Bodin, la "Ciudad del sol" de Tomás Campanella, los "Viajes por Icaria" de Esteban Cabet, por mencionar algunos paraísos soñados. Claro que todos habían escrito antes del siglo XX y de la noción positivista de encontrarse al borde del abismo.

Fue entonces cuando autores como Herbert Wells -"La máquina del tiempo" es un ejemplo- comenzaron a peguntarse si era posible sobrevivir en un mundo deshumanizado. Aldous Huxley con "Un mundo feliz" y "Ciego en Gaza" fustigó, en el lapso entre guerras, el culto desmedido por la técnica. Hay muchos ejemplos que vinieron a caballo de las obras maestras de la ciencia-ficción. Sin embargo, el 13 de julio de 1949, a cuatro años de la bomba atómica sobre Hiroshima, los campos de concentración nazis y el inicio de la expansión stanilista, apareció "1984" de George Orwell.La lectura de ese libro es -diría- indispensable. Lo mismo que la magnífica adaptación cinematográfica con John Hurt, Richard Burton y Suzanna Hamilton, dirigidos por Michael Radford.

Se advertirá que la excusa del aniversario de la muerte de Orwell viene al dedillo para abordar su obra cumbre. Y en rigor sobran los motivos para eso, y hasta aventuraría que cada vez más. Para que se tenga una idea, en la novela icónica de la distopía se contabilizan 137 previsiones sobre métodos excepcionales de gobierno, obviamente autoritarios y/o totalitarios. Cuando se llegó al 1984 real (que Orwell puso al alcance de la mano, ya que no imaginó un futuro de un millar de años), de esas siniestras previsiones se habían cumplido un centenar, en gobiernos de toda índole. El libro de Orwell es la anti utopía perfecta, en la que no cabe ni un vestigio de esperanza: el autor se encargó de tirar todas las llaves. Si Oscar Wilde postulaba que la realidad imita al arte, el caso de "1984" es paradigmático. Aunque en rigor sepamos que ambos interactúan y que hay creadores que, con el anticipo de una era, pueden hacer enciclopedias. El autor inglés es un ejemplo.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

10 mayo 2012

Gran Hermano: Orwell se quedó corto

CADENA NACIONAL DE BIG BROTHER
EN EL FILM DE MICHAEL RADFORD
Por Humberto Acciarressi

Tanto el libro de George Orwell "1984", como su estupenda adaptación cinematográfica con John Hurt, Richard Burton y Suzanna Hamilton, plantearon popularmente una de las distopías más célebres de la historia. Muchos años más tarde, ese mundo dominado por la mirada de un Gran Hermano déspota y falaz, que adapta la historia a sus intereses e inventa falsos enemigos, fue tomado como modelo de un popular programa televisivo.

Y mientras la gente se divierte con las bizarras "hazañas" de unos humanoides que aceptan ser encerrados en una casa y observados hasta en el baño, los gobiernos perfeccionan sus técnicas de control de la población. Asi pululan rastreadores de voz, indentificadores faciales, programas de intercepción de mails, sistemas de escaneo biométricos. Una industria multimillonaria y no regulada, al servicio del control de las personas.

Recientemente, Wikileaks filtró un informe sobre las 133 empresas que acaparan la venta de "sistemas de vigilancia e intercepción de comunicaciones". Un investigador de Privacy Internacional (organización que trata de resguardar la privacidad de los usuarios de internet), Eric King, acaba de señalar que la Argentina es uno de los países que cuenta con la tecnología llamada Deep Pocket, que permite interceptar cualquier correo electrónico.

Hay otro dato que no se debe pasar por alto. El escaneo de los recién nacidos por medio del programa Sibios, unido al control de las cámaras de alta resolución, hubiera sido el sueño del Gran Hermano de Orwell para el control absoluto de los ciudadanos. Argentina tiene ambos sistemas, lo que ha llevado a manifestar su alarma a Katitza Rodríguez, de la Fundación Fronteras Electrónicas. El dilema seguridad-privacidad sigue dando tela para cortar.

(Publicado en la columna "El click del editor", de La Razón, de Buenos Aires)


04 abril 2012

Procesos contra los animales


Por Humberto Acciarressi

In memorian de Astor, mi perro compañero

El misógino Schopenhauer solía decir que cuando más conocía a los hombres, más quería a su perro. Y ya que de hombres y bestias se habla, algunos episodios de la historia parecen darle la razón al filósofo. En 1440, en una comarca de la Croacia medieval, fue redactado el Estatuto de Poljica, un verdadero documento sobre la estupidez humana. Allí, entre otros puntos, puede leerse que "si un animal hace un daño a un viñedo, paga con su cabeza". Aquella peregrina ley ordenaba que las cabras y el ganado menor purgaran su delito con la vida y contemplaba detenciones. El texto, descomunal en su desatino, decía cosas como: "Cuando un acusado no quiere recapacitar, córtesele un pedazo de cola, y si tampoco entonces desiste, sacrifíqueselo".

La Edad Media trajo cambios para todos los gustos, pero en el caso de los animales fue puro disgusto. Las bestias adquirieron status jurídico y la historia atestiguó los procesos más delirantes de los que se tenga memoria. Y hay casos, como suele argumentar García Márquez, en que la realidad supera la ficción. Cuando Alicia se encuentra de visita en el País de las Maravillas, presencia el juicio más insólito de la literatura: la cabeza de un gato de Chesire - el animal no tiene cuerpo - es condenado por la Reina de Corazones a ser decapitado. El rey, su esposa y la multitud escuchan, entonces, un irreprochable argumento de un verdugo demasiado sensato para la obra de Lewis Carroll: no se puede cortar una cabeza a menos que exista un cuerpo de donde cortarla.

Esopo, Samaniego, La Fontaine y Jonathan Swift apelaron al recurso de dar vida humana a las bestias, aunque al sólo efecto de satirizar a la sociedad de su tiempo. En la senda de un escrito de Chaucer ("El parlamento de los pájaros") de fines del siglo XIV, George Orwell creó en "Rebelión en la granja" un sistema en el que los cerdos, luego de destronar a los humanos, se arrogan el monopolio del saber y organizan una dictadura que padecen los animales de corral y de tiro.

La culpa no es del chancho

Pero los juicios que nos ocupan no remiten a la imaginación sino a una realidad descabellada. Ya fuera de la ficción, en 1447, una chancha fue condenada a muerte por matar a un niño en Savigny (Francia), pero sus seis lechoncitos fueron absueltos "por falta de prueba positiva de complicidad" y por entender el juez que "el mal ejemplo materno los eximia de culpa".


Un tribunal que enjuicia la conducta de un perro o de un chancho debe estar preparado para proceder de la mismo forma con una cucaracha o una hormiga. La igualdad ante la ley, en todo caso, sería un argumento lógico frente a este disparate. ¿Con qué elementos puede un magistrado juzgar la conducta de una laucha? Pues bien, un célebre jurisconsulto francés, Bartolomé de Chasseneaux, saltó a la fama en 1521 cuando se le encomendó el patrocinio de roedores que había destruido una cosecha de cebada en Autum. El tribunal citó a las ratas del pueblo que, como es obvio, no acudieron. El abogado denunció vicios legales, entre ellos el no haber citado a todos los roedores del condado. Cuando se cumplió el trámite mediante bando público y las ratas se mantuvieron en su negativa, el letrado alegó “el temor a gatos malintencionados”. Y en su escrito, el vivillo Chasseneaux agregó: “La citación implica que se provea a la seguridad del citado durante el tránsito de ida como de vuelta”. Como ni los jueces ni los demandantes pudieron garantizar esto, la causa quedó sobreseida y el abogado obtuvo larga fama.

Jurado de osos

En 1499, el defensor de un oso que causó estragos en la Selva Negra fue todavía más allá. Pidió para su defendido un jurado compuesto por iguales del reo, es decir…por osos. En otra ocasión, un hombre acusado de asesinato hizo citar como testigos a su gato, su perro y su gallo. Al declarar bajo juramento su inocencia, los magistrados lo dejaron libre porque ninguna de sus mascotas lo contradijo.


En sus “Reflexiones sobre la ejecución de un puerco”, Arthur Koestler informa que una chancha vestida con ropa de mujer, fue ahorcada en 1386 en la aldea normanda de Falaise. Siglos más tarde, en 1639, el tribunal de Aix sentenció a la hoguera a una yegua, por entender que “obró con premeditación al cometer su crimen”. El delirio humano llegó a su climax en sentencias contra perros hidrófobos, en cortes donde los jueces aclaraban que los reos no podían “alegar locura en sus descargos”.

Las relaciones sexuales con un ser humano, de acuerdo con la Lex Carolina, se castigaban con “la hoguera para los dos cómplices”. Según narra Koestler, el último caso referido fue el de Jacques Ferron, quemado en Vanres en 1750, luego de haber mantenido relaciones sodomitas con una burra. Lo patético de este proceso fue que el animal fue absuelto, ya que el cura y otros notorios vecinos de la aldea declararon que “la burra fue víctima de violencia y no participó del crimen por propia voluntad”.

Y en el 2000 también...

Pero las costumbres medievales continúan en la era de las autopistas informáticas. En nuestro país, un dogo llamado Oso, que le causó la muerte a su dueña de 87 años, fue condenado a cumplir funciones en el Servicio Penitenciario, con lo que escapó al sacrificio que en la Inglaterra actual sería de rigor. También en la Argentina, en 1990, la Cámara de Apelaciones del Crimen de Tucumán dispuso la libertad de tres perros que habían sido detenidos por la policía de la localidad de Yerba Buena.

Luego de varios días de cautiverio, el abogado de los doberman Zeus y Matías y del ovejero Alí, presentó un recurso en el que precisaba que sus detenidos “estaban incomunicados y sin el beneficio de la libertad condicional”. Frente a esto, la Cámara decidió al libertad de los reos argumentando que “ninguno de los tres posee antecedentes”, y que uno de ellos “actuó en estado de emoción violenta por el aroma” que desprendía el sujeto atacado. Y no hace mucho, la gata Felipa – habitante célebre de la Casa de Gobierno – sólo pudo evitar el destierro gracias a que el entonces presidente Néstor Kirchner firmó un decreto autorizándola a permanecer en la Rosada. En abril de 1995, en Novara, al norte de Roma, un juez condenó a dos perros pastores alemanes – Biagio y Lía – a doce días de arresto domiciliario por el asesinato, atestiguado por varios vecinos, de un gato callejero.


Antes, en enero de 1994, y luego de cinco años de caminar por su celda en la cárcel de Hackensack, la gobernadora de Nueva Jersey había indultado a un can de raza Akita-Inu, sentenciado a la pena capital por herir en un labio a la sobrina de sus dueños. El perro, llamado Taro, se convirtió en el centro de una polémica internacional. Hasta el gobierno nipón pidió clemencia para el reo, ya que el Akita-Inu es el animal nacional de Japón desde los tiempos en que acompañaban a los legendarios guerreros samurais. En medio de la campaña por su vida, Brigitte Bardot argumentó que “quién ha purgado tantos años de cárcel, ya ha pagado su deuda con la sociedad”. Para los dueños de Taro, que llegaron a gastar más de cien mil dólares en su defensa, el indulto tuvo un sabor agridulce. Al animal se le conmutó la pena capital por la del destierro. Sócrates, ante esa opción, eligió beber la cicuta. Taro, en cambio, marchó al exilio, tal vez extrañando a los guardias con los que pasó más de la mitad de su vida.

(Publicado en el "Cuadernos de Némesis" titulado "Los animales fabulosos")