27 febrero 2007

"Romance de la luna", por García Lorca

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.

Federico García Lorca

24 febrero 2007

¿Qué es el Uniberto?


Por Humberto Acciarressi

¿Qué es el Uniberto?, ¿cómo nació el Uniberto? Hace muchos años, andaba con ganas de sacar una revista que se llamara "A través del Uniberto", jugando, naturalmente, con el "A través del universo" de los Beatles. Esa revista debería tener todas esas cosas que no podía, o no quería, escribir en los medios en los que trabajaba como periodista. Aquellos que no ejercen esta profesión, ni se imaginan la cantidad de cosas que le quedan a uno en el tintero a la espera de un milagro. Debía afrontar dos cuestiones: no estaba dispuesto a esperar demasiado y empresarialmente nunca me fue bien. "Como creativo y escribiendo, usted es muy bueno, pero para los números es un desastre", me había dicho Jacobo Timermann cuando me preguntó y le conté del fracaso de mi revista "El espectador de la cultura", en los tiempos en que trabajé con él. "Deje eso, deje de trabajar los domingos, y yo le aumento el sueldo", agregó, cosa que hizo exactamente al día siguiente. Y no estaba equivocado.

Hasta entonces y desde entonces escribí miles de palabras (ustedes ni se imaginan cuántas, entre crónicas, reportajes, críticas, reseñas, títulos, bajadas, volantas, epígrafes, y miles de etcéteras más) y la verdad me haría muy feliz rescatar aunque sea algunas. Y eso sin contar con mis otros escritos, los no periodísticos. Pero lo cierto es que el Uniberto - originalmente iba a tener una bajada que explicaría "El universo según Humberto" - durmió el sueño de los justos, es decir, durmió mal. Lo que yo no contaba es que en el mundo de las comunicaciones iba a aparecer una cosa llamada "blog" y que, para colmo, me permitiría concretar aquella utopía personal, sin descuidar la escritura en el soporte "papel", que es gracias a lo cual vivo y de la cual estoy enamorado desde que leía el Billiken a los cuatro años.

Quedaba, claro, ver qué hacía con el contenido. Y fue entonces cuando recordé la antigua premisa: dejar constancia de todas aquellas cosas que no puedo o no quiero hacer en el periodismo "seriamente entendido" (advertirán que las comillas significan que no creo en lo que entrecomillo). En el Uniberto -el universo según los ojos de Humberto- conviven, como ustedes saben, Borges con un ET bizarro, Eliot con el último River-Boca, lo serio con el chiste (nunca, jamás, lo solemne), las tristezas personales con las alegrías colectivas (o viceversa), un viejo video de Tom Waits con el delirio de la Tigresa del Oriente, Bergman y Almodovar, y así hasta el infinito. Alguien dirá: pero eso es el periodismo. Y yo le contestaré: no. Pero eso es motivo de otra charla, aunque aclaro que las ciencias de la comunicación nunca me interesaron como teoría. Por eso escribo y no doy clases.

Voy a revelar un secreto a voces: soy el co-autor de un Manual de Estilo muy venerado por los estudiantes de periodismo. Se los resumo así: gané buena plata por escribirlo, redacté las partes referidas a la gramática y esas pavadas, y mi nombre no figura por propia determinación porque...no creo en los manuales de estilo, que son el peor flagelo del periodismo. Cuando escucho a algunos sermonear a otros citando lo que yo escribí, ¿a qué no saben que hago? Voy a Internet, busco una foto absurda, le pongo título, le escribo un comentario, la subo al blog y me cago de risa. Algún día voy a escribir cómo inventamos el "fenómeno" Gilda en la revista "Así", de Crónica, mientras escribía muy serias notas de literatura en Noticias. Nunca, sin embargo, creí que algo fuera más importante que lo otro.

A esta altura se habrán dado cuenta del motivo de estas líneas: demostrar que el Uniberto, el universo según Humberto, no es muy diferente al de ustedes mismos. Y que muchos de los solemnes que nos critican a los que tenemos uno o varios blogs, no son capaces de redactar siquiera un telegrama, aunque -a decir verdad- el texto telegráfico tiene por lo menos un estilo. Mantengo, eso sí, una ventaja. Sigo creyendo en la palabra escrita de una manera que ustedes ni se imaginan. Cuando estoy escribiendo la boludez más sublime, leo y corrijo, leo y corrijo, y no me quedo conforme. Eso pueden entenderlo quienes aman la escritura. No quienes la asesinan, ya sea en diarios, revistas y otros formatos con soporte papel, ya sea en soporte digital. Dicho esto y si mi bloguera amiga Ema Finzi no se ofende, los saludo con el sombrero gentil y florido de Marcel Marceau.

Primera fotografía tomada de Machu Picchu en 1912

22 febrero 2007

Rivadavia, entre Pozos y Sarandí, en el viejo Buenos Aires

A dos años de la muerte de Cabrera Infante


Por Humberto Acciarressi

La escena transcurría, semanalmente, en el pueblo donde nació en 1929 -Gibara, en el extremo noroeste de Cuba-, cuando apenas era un chico. Su madre, una mujer que pasaba penurias económicas, le preguntaba: "¿Cine o sardina?". Y nunca, ni él ni su hermano, confesó años más tarde Guillermo Cabrera Infante, eligió la sardina. Lo que equivalía por entonces a renunciar a la comida del día por las aventuras de la pantalla. Como Manuel Puig entre nosotros, aunque Cabrera Infante se dedicó luego a las letras y sus costumbres, el cine nunca estuvo ausente en su obra, que incluyó - ya no en el plano literario - la fundación de la Cinemateca de Cuba, clausurada en 1956 por Batista. Y de hecho tres de sus libros - "Un oficio del siglo XX", "Arcadia todas las noches" y "Cine o sardinas" - recopilan sus exquisitos, brillantes escritos sobre esa pasión no oculta, que lo acercó, incluso, a Hollywood.

Cabrera Infante definía la literatura como "un vasto campo de juego". Allí, como pocos, experimentó con el idioma desde que la fama literaria le llegó con su novela "Tres tristes tigres", donde contó la vida nocturna de tres jóvenes en La Habana pre-revolucionaria. Con ella obtuvo premios internacionales y la expulsión de la Unión de Escritores de Cuba. Luego llegaron "La Habana para un Infante difunto", "Vista del amanecer en el trópico", "Delito por bailar cha cha chá", "Ella cantaba boleros" y "Todo está hecho con espejos", entre otros.

Pinta tu aldea y pintarás el mundo, aconsejaba Tolstoi. Cabrera Infante hizo eso, aunque lo suyo es más meritorio si se considera que pasó más de la mitad de su vida fuera de su patria. Se trata de uno de los "lectores" más refinados de la realidad cubana, no sólo en lo político - como insisten detractores y admiradores - sino en lo referido a la vida íntima, cotidiana, de tristezas y alegrías, razones y sinrazones, del pueblo caribeño. Alejado geográficamente de Cuba - salvo cuando en 1965 regresó para los funerales de su madre - Cabrera Infante vagabundeó por varios países. España le negó la residencia, intentó en otras partes, y finalmente consiguió la ciudadanía británica. Jamás volvió a su patria y así, lejos de ella, lo encontró la muerte hace dos años (el 21 de febrero del 2005), cuando su cuerpo no resistió más su salud desmadejada y caprichosa.

(Publicado en "La Razón" de Buenos Aires)

21 febrero 2007

Breton y la bandera de la imaginación


Por Humberto Acciarressi

André Breton nació hace 110 años y meses y murió hace cuarenta y uno, en 1966. Entre una fecha y otra transcurrieron siete décadas intensas, una vida apasionada y un entusiasmo consecuente con lo mejor de las estéticas del siglo XX. El hombre que escribió "no es por miedo a que nos llamen locos que pondremos a media asta las banderas de la imaginación" llevó la poesía a límites insospechados. No parece casual que Octavio Paz haya anotado: "Las ideas de Bretón sobre el lenguaje eran de orden mágico y poseían una precisión y una penetración que me atrevo a llamar científicas".

El hombre que alternaba la tranquilidad casi budista con temibles ataques de cólera, era amigo confeso del escándalo. Ya sea cuando se agarraba a trompadas a orillas del Sena o cuando besaba como un noble la mano de las mujeres. Pueden anotarse algunos hitos: estuvo en el frente durante la Guerra del 14, estudió medicina, se familiarizó con Freud, participó del Cabaret Voltaire dadaista y más tarde se enfrentó con Tzara. Su libro "Los campos magnéticos" fue una experiencia de escritura automática, que le dio algunas ideas para lanzar, en 1924, el Primer Manifiesto Surrealista. Allí insiste: "Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas". Breton repudia el realismo, el objetivismo y la construcción psicológica de los personajes. Mucho de esto se observa más tarde en su novela "Nadja". Y en medio de todo rescata la obra de autores como Mallarmé, Hugo, Rimbaud, Chateaubriand, Sade, Swift, o Lautremont.

Su afiliación al partido Comunista le alejó muchos seguidores y le acercó otros. Su ortodoxia le valió perder grandes exponentes del arte del siglo XX, como Ernst, el propio Dalí, Duchamp, Aragon, Eluard o Artaud, entre otros. El mismo fue expulsado más tarde por los ortodoxos del Comunismo, que nunca entendieron el surrealismo.Con errores por momentos mayúsculos, Breton siguió fiel a los escándalos hasta su muerte. Pero su mayor fidelidad fue para su amada imaginación. Marcel Duchamp lo definió con poesía impar: "Era el amante del amor en un mundo que cree en la prostitución". Nada más para agregar. A un hombre así se le puede y se le debe perdonar cualquier cosa.

(Publicado en "Tiempo de Arte")

Andersen, la escritura y la tradición oral

Por Humberto Acciarressi

Desde el 2 de abril de 1805 en que nació en la ciudad danesa de Odense, Hans Christian Andersen sufrió hambre y pobreza. Su padre, que había construido su cuna con la madera sobrante del féretro de un noble, murió pronto. Su madre, vuelta a casarse, apenas tuvo tiempo para ese hijo que enfrentaba las tristezas con una imaginación portentosa. A los catorce años viajó a Copenhage, donde soñaba convertirse en bailarín, cómico o cantor. Y si fuera posible las tres cosas. No pudo ser ninguna.

Trabajó en una fábrica, donde distraía a sus compañeros cantando o recitando fragmentos de obras escritas por él. Cuando resolvió estudiar a los veinte años, apenas compartía minucias cotidianas con sus condiscípulos de diez. Hasta que un día alguien se interesó en sus escritos, editó el "Viaje al pie del canal de Holin", y el joven de los zapatos rotos fue aceptado en los cenáculos.

Gracias a mecenas generosos, viajó por el mundo y fue puliendo -en la observación y la descripción- el acento maravilloso de sus cuentos. Formado como autodidacta en las lecturas de Goethe, Hoffman y Schiller, Andersen intentó la dramaturgia sin éxito. No tuvo la suerte de James Barrie, que dió larga vida a Peter Pan desde un escenario. También escribió algunas novelas, unos interesantes relatos de viajes, poesías, y la autobiografía "El cuento de mi vida". Pero lo suyo estaba en otro lado.

Durante una estancia en Inglaterra, buscó y obtuvo la amistad de Charles Dickens. Por lo que se sabe, el autor de la "Historia de dos ciudades" ejerció una gran influencia sobre Andersen, que adquirió un eficaz equilibrio entre la realidad y su desmesurada fantasía. Los eruditos aún no acuerdan sobre un dato casi arqueológico: los cuentos que escribió entre 1835 y 1872. Unos dicen que fueron 164, otros 168.

Ni Defoe con su Robinson Crusoe, ni Swift con Gulliver, ni Saint-Exupery con su Principito, y mucho menos los fabulistas, buscaron el público infantil, que sin embargo obtuvieron. Andersen quiso escribir para los chicos. La primera colección la edita en su país con el propósito en el título: "Cuentos contados a los niños". En su vastísima producción hay clásicos como "El patito feo", "El valiente soldadito de plomo", "La sirenita", "Las zapatillas rojas" y "Pulgarcita" (mujer y no varón como popularizó el cine).

Andersen, como Perrault y los hermanos Grimm, tuvieron una especie de desgracia póstuma. Muchos de sus cuentos fueron y son editados sin mención de sus nombres, como si pertenecieran a la tradición oral. A pesar de sus desventuras -atenuadas por la tremenda tenacidad que puso para salir adelante- Andersen escribió en 1855: "Mi vida es un cuento maravilloso, marcado por la suerte y el éxito". Murió veinte años después, en 1875, en Copenhague. Su gran inventiva no le permitió vislumbrar que a dos siglos de su nacimiento y 130 años de su muerte sus cuentos se leerían en casi todas las lenguas del mundo. A veces -o por lo menos en su caso- la imaginación peca de modestia.

(Publicado en "Tiempo de Arte")