31 de mayo de 2016

Una carta, un proyecto, la matanza y las lágrimas


Por Humberto Acciarressi

En julio de 1945, unos días antes de la Conferencia de Potsdam, varios de los científicos más prestigiosos de Occidente tomaban café y leían papeles en el desierto de Nuevo México. En esa región, llamada Arenas Blancas, daban los últimos retoques a un proyecto largamente preparado, cuando ya Alemania y sus aliados europeos habían firmado la rendición incondicional. Sólo Japón mantenía el combate en el lejano Oriente. Unos años antes, el 2 de agosto de 1939, el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt había recibido en su despacho de la Casa Blanca una carta en la que se le comunicaba la posibilidad de crear "armas extremadamente destructivas". Estaba firmada por Albert Einstein, que conocía la naturaleza brutal del nazismo y cuya Teoría de la Relatividad era para Hitler "un cuento judío". El sabio ejercía un pacifismo no ingenuo y apenas aconsejaba que Estados Unidos tuviera esas armas antes que el Eje.

Seis años más tarde, ya de vuelta en el desierto de Nuevo México, el 16 de julio de 1945 a las 5.30 de la madrugada y a diez kilómetros del epicentro, el mencionado grupo de científicos presenció un experimento atroz: la primera explosión atómica de la historia. Lo que observaron en el lugar -la luminosidad, la arena convertida en cristales, el viento desatado- llevó a uno de los presentes, Keeneth Bainbridge, director del laboratorio de Los Alamos, a informar: "Nadie que lo haya visto puede olvidarlo: un espectáculo horrible y pavoroso". Ese acontecimiento le causó gran satisfacción a Robert Oppenheimer, director del reservadísimo Proyecto Manhattan, al punto que cuando murió Roosevelt, el nuevo presidente Harry Truman no sabía nada de él. Ese hombre rústico, mediocre y que acuñaba frases de dudosa profundidad, fue el responsable de arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, a pesar de los consejos en contra de sus generales y asesores que le aseguraban que Japón estaba a punto de rendirse.

Cuando Einstein se enteró que el brutal Truman había resuelto no hacerle caso a sus consejeros e incluso a Churchill, su ánimo jovial y bonachón no volvió a ser el mismo. Cuando concluyó la guerra luego de la siniestra matanza realizada en las dos ciudades niponas, el sabio no dejaba de decir: "Yo apreté el botón". Hasta su muerte acontecida en 1955 se sumió en una melancolía de la que sólo salía de a ratos, y se consagró a luchar por la paz mundial y por una conciencia antimilitarista. En una de sus últimas apariciones públicas, Einstein le pidió perdón al físico japonés Hidei Yukawa por los ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Los presentes, azorados, lo vieron balbucear ante su colega entre lágrimas. Mientras tanto, Truman dormía tranquilo.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)