2 de mayo de 2016

A 65 años de la muerte de Manzi, poeta lírico del tango

Por Humberto Acciarressi

Aunque había nacido en Añatuya, Santiago del Estero, con el italianísimo apellido Manzione, le puso letra a la nostalgia por un Buenos Aires que apenas había vislumbrado y cuya poética profunda conoció como pocos. De esa manera, Homero Manzi se metió de cabeza en el vasto universo de la cultura argentina como uno de los letristas más entrañables del tango porteño. Entre el primer día de noviembre de 1907 y el 3 de mayo de 1951 cuando murió fulminado por un cáncer, sólo transcurrieron 43 años. Y como mueca del destino falleció apenas unos meses antes que Enrique Santos Discépolo, su amigo Discepolín, aquel que junto a Roberto Arlt se adelantó en varios años al existencialismo sartreano con las penurias de sus tangueros personajes. Entre un punto y otro de su calendario, Manzi fue desde las canciones escritas para las murgas barriales hasta los versos de "Definiciones para esperar mi muerte", escritos poco antes del adiós final.

En cierto momento de su vida, ya en Buenos Aires (vivió en Pompeya, donde se hizo amigo de otro futuro gran poeta del tango, Cátulo Castillo), comenzó a combinar sus escritos clásicos con milongas y tangos. Para algunos eso significaba "un desperdicio" de su talento y así se lo hacían saber. Manzi, entonces, respondía con una frase que ya es legendaria: "Tengo por delante dos caminos: o ser un hombre de letras o hacer letras para los hombres". Ya se sabe lo que eligió. Con eso perdió espacio en los grandes suplementos literarios, pero se metió con inusitada contundencia en el alma popular. De esa manera formó parte de aquella guardia vieja que convirtió al tango en un género musical internacional, en consonancia con el postulado de Tolstoi: "Pinta tu aldea y pintarás el mundo". Y Homero Manzi lo hizo principalmente con la música de Buenos Aires, pero también en otras disciplinas del arte.

Este hombre tan particular en nuestra vida cultural escribió obras de teatro, ejerció el periodismo, formó una dupla clave en la historia del cine nacional con Ulises Petit de Murat (con guiones y adaptaciones como los de “Su mejor alumno”, “Todo un hombre”, “Pampa bárbara”, “Donde mueren las palabras”, “La guerra gaucha”, etc), hizo radio, peleó por la Reforma Universitaria, militó en el radicalismo revolucionario posterior al golpe militar de Uriburu y lo siguió haciendo en las filas de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) mientras las cárceles se llenaban de presos y se fusilaba en la Penitenciaría Nacional. En lo atinente a la música, con temas como "Milonga sentimental", "Milonga triste" o "Milonga del 900" entre otras, varias cantadas por Carlos Gardel, elevó el nivel del género. No poco menos hizo gracias a tangos y valses como "Malena", "Barrio de tango", "Sur", "El último organito", "Che bandoneón", "Discepolín", "Fuimos", "Llorarás, llorarás", "Tal vez será su voz", por mencionar algunos arbitrariamente. Hay algo indiscutible. Cuando murió, hace ahora 65 años, había cumplido con su deseo de "hacer letras para los hombres".

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)