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09 diciembre 2018

Julio Cortázar por Alejandra Pizarnik


"Maravillosa es la perfección con que Cortázar plasma sus relatos: aun el más fantástico presenta una arquitectura acabada como una flor o una piedra. Se puede decir que Cortázar no deja el azar librado al azar. El humor de Cortázar se despliega por toda la gama de los colores. Siempre es humor metafísico, pero a veces negro, a veces rosa, azul, amarillo... Muchas veces es feroz; pero su ternura es inagotable; suele proyectarla tan lejos que alcanza a los animales fantásticos (Guk, camello declarado indeseable; el oso que anda por los caños de la casa), a los animales reales (tortugas) y a los "animales mecánicos" (bicicletas)"

Alejandra Pizarnik
(sobre Julio Cortázar)

19 agosto 2017

¿Trabajar para vivir?, se pregunta Alejandra Pizarnik


"La verdad: trabajar para vivir es más idiota que vivir. Me pregunto quién inventó la expresión ´ganarse la vida´ como sinónimo de ´trabajar´ ¿En dónde está ese idiota?"
Alejandra Pizarnik

28 septiembre 2016

Una visión del mundo según Alejandra Pizarnik


"Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo; la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos"
Alejandra Pizarnik

06 febrero 2016

El agua sobre su cuerpo


"Es de noche. La rodea un círculo de antorchas sostenidas por lacayos impasibles. Vierten el agua sobre su cuerpo y el agua se vuelve hielo"
Alejandra Pizarnik

21 febrero 2015

Una mirada desde la alcantarilla


"Una mirada desde
 la alcantarilla 
puede ser una 
visión del mundo; la 
rebelión consiste 
en mirar una 
rosa hasta 
pulverizarse 
los ojos"

Alejandra Pizarnik

11 diciembre 2014

Clarice Lispector, otra vez homenajeada en Buenos Aires


Por Humberto Acciarressi

En una oportunidad, le preguntaron a Nádia Batella Gotib, una de las mejores biógrafas de Clarice Lispector, si le había costado mucho trabajo armar el rompecabezas de esa vida tan extremadamente compleja. Ella respondió: "Mentía mucho con respecto de su vida, Tuve que cuestionar todos los datos que Clarice había dado, porque ella intentaba borrar todas sus huellas" ¿Qué la llevaba a borrar sus pasos? ¿cuál era el Rosebaud que ocultaba esta mujer que concurría a congresos de brujas en Colombia, que fue retratada por Giorgio de Chirico, que nació un 10 de diciembre en Ucrania y al poco tiempo fue llevada a Brasil, dónde murió de cáncer en 1977, a los 56 años, el 9 del mismo mes de su nacimiento?

Como Delmira Agustini y nuestras compatriotas Alejandra Pizarnik y Alfonsina Storni, Clarice Lispector tuvo una vida interior trágica, que se advierte no sólo en sus obras de ficción y sus poesías,sino también en sus notas de prensa. La brasilera escribía, como Sylvia Plath, con las vísceras mismas. Su sensibilidad, su arte poética, exige a los lectores que se metan de cabeza en las profundidades de los conceptos. La trama, en ella, muchas veces es lo de menos. Fue por eso que alguien, en cierta oportunidad, cometió la gaffe de decir que Clarice Lispector era una escritora en busca de un argumento. Para leerla hay que entender ciertos códigos que no pueden separarse de su manera de ver el mundo. O mejor dicho, de escribir el mundo. En una oportunidad reflexionó:. "(...) Dije una vez que escribir es una maldición. No me acuerdo exactamente por qué lo dije, y con sinceridad. Hoy repito: es una maldición, pero una maldición que salva. No me estoy refiriendo a escribir para los diarios. Sino a escribir aquello que eventualmente se puede transformar en un cuento o en una novela. Es una maldición porque obliga y arrastra como un vicio penoso del cual es casi imposible librarse, pues nada lo sustituye. Y es una salvación".

Ahora, una vez más y en el estilo del Bloomsday de James Joyce, Buenos Aires se suma al homenaje que, con entrada libre y gratuita, se le realizará el sábado a Clarice en varios países. En esta oportunidad bajo la frase de la propia Lispector, "Pan y amor entre desconocidos", se llevará a cabo una jornada de actividades culturales y artísticas a partir de las 17.30 y hasta las 21 en el Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional (Las Heras 2555). Como en las anteriores ocasiones, habrá lecturas, narradores, música, teatro, instalaciones, performances, talleres de artes plásticas. Y como es natural, se venderán libros de Clarice Lispector, una escritora que siempre está diciendo cosas nuevas con su obra múltiple y fascinante.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)


09 mayo 2007

Pizarnik, vivir y escribir en peligro


Por Humberto Acciarressi

Entre su nacimiento en Buenos Aires y su suicidio en la misma ciudad en septiembre de 1972, fue la artífice de una de las poesías más conmovedoras de nuestra literatura y de una vida cargada de sinsabores, tristezas y angustias que la condujeron lentamente a su fin. La muerte por mano propia de Alejandra Pizarnik, sus largos períodos de extravagancias y depresiones,ciertos ritos que ella urdía y consumaba con entusiasmo,generaron en la posteridad una leyenda que por momentos fue más grande que su obra. Basta un ejemplo: sus libros son casi imposibles de conseguir y los estudios sobre sus poemas, si bien hay unos cuántos, no alcanzan ni a un mínimo porcentaje de lo que se ha escrito sobre escritores menores que ella. Y como si fuera poco, en esta exposición del libro que que concluye en Buenos Aires, sus escritos no estuvieron en ningún stand, y apenas en el local de Corregidor podía encontrarse “La disolución en la obra de Alejandra Pizarnik ” de Ana María Rodriguez Francia. Caso curioso e injusto, tratándose de una de las más grandes poetas que ha dado este continente.

Alejandra Pizarnik nació el 29 de abril de 1936. Los datos enciclopédicos precisan que estudió Filosofía y Letras en la UBA, pintura con Juan Batlle Planas, y que entre 1960 y 1964 vivió en la casi obligada Paris, con su tiempo matizado con cursadas en la Sorbona. Sus colaboraciones con algunas editoriales francesas, sus traducciones de autores como Michaux y Artaud, y la escritura entonces subrepticia de sus poemas, también deberían formar parte de un detalle sobre lo que fue su vida,una de las más enigmáticas de las letras locales. En 1964, la propia Alejandra definió su obra como "una escritura densa y llena de peligros a causa de su diafanidad excesiva".

Pero,¿quién es en realidad quien escribe esas líneas? Una mujer desesperada que busca refugio en la palabra,la forjadora de su propio mito, la joven que cautivaba con su conversación, la afiebrada que escribe sin parar casi veinte horas diarias, o la suma de cada una de estas piezas de un rompecabezas que nunca terminó de armarse, César Aira la distingue como el último lujo de la literatura argentina. Sin embargo, y tal vez no haya contrasentido, la define como una niña eterna, torturada por el insomnio y el miedo a la locura. Alejandra Pizarnik escribió en todas partes, pero publicó seis libros en nuestro país: "La última inocencia" de 1956, "Las aventuras perdidas" de 1958, "Arbol de Diana" de 1962, "Los trabajos y las noches" de 1965, "Extracción de la piedra de la locura" de 1968 y "El infierno musical" de 1971.

Póstumanente salieron "Textos de sombra y últimos poemas", con artículos de revistas y poemas inéditos. Deben agregarse,naturalmente,"La condesa sangrienta", un texto poético narrativo sobre Erzsébet Báthory, mujer demente y personaje criminal, sobre quien Valentine Penrose había publicado poco antes un libro con el mismo título. El 25 de septiembre de 1972, Alejandra Pizarnik aceleró el trámite de su muerte con una sobredosis intencional de seconal. Un tiempo antes había escrito "Mi persona está herida. Mi primera persona del singular". La herida, cuando fue en busca de la disolución final, ya era irreversible. Los años alimentaron su leyenda, pero por suerte no alcanzaron a diluir su obra. Aunque conseguir sus libros siga siendo tan injustamente difícil...

(Publicado en el Diario Oficial de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires)

27 septiembre 2006

Poesía, la vanguardia de la lengua

Por Humberto Acciarressi

Año 1975. En la fría península escandinava, Eugenio Montale, acostumbrado a los veranos mediterráneos, se dispone a leer el discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura. De pronto, como si miles de voces hablaran por su boca, el escritor italiano deja caer el látigo de la ironía: "Estoy aqui porque he escrito poemas, un producto absolutamente inútil, pero casi nunca nocivo, y ese es un título de nobleza. Pero no el único, siendo la poesía una producción o una enfermedad totalmente endémica e incurable".

Más de treinta años después, mientras el hombre accede a cualquier forma de manifestación cultural con sólo apretar un botón, la poesía resiste en los marasmos de una agonía interminable. Curiosamente, nunca hubo un tiempo en el que se escribiera tanta poesía. Calidad al margen de estas reflexiones, naturalmente. La poesía tiene tan escasa difusión que los propios poetas prefieren dar a la imprenta ensayos o ficciones narrativas, y dejar correr sus poemas de mano en mano. Algunos, los que tienen el espíritu más abierto a los cenáculos, se refugian en talleres y peñas literarias que de tan poco conocidas parecen clandestinas.

Como en la metáfora que Ray Bradbury describe en "Farenheit 451", esos y esas poetas se leen sus trabajos entre ellos, muchos de los cuales - también hay que decirlo - apenas se quedan en las buenas intenciones. Para colmo de males, en la Argentina ya no existen los editores dispuestos a jugarse, aunque sea en ediciones limitadas, por desconocidos como alguna vez fueron Borges, Marechal, Girondo, Olivari, Banchs, Juarroz... En tanto, los suplementos literarios de los diarios han dejado de publicar poesía (con muy honrosas excepciones) y hay algunos editores que dicen apoyarse en el gusto de la gente ("La opinión pública es la opinión de los hombres sin opinión", se encolerizaba Aldo Pellegrini).

En la Argentina, creadores como Jacobo Fijman o Ricardo Molinari terminan sus días en un manicomio o en la miseria, mientras yuppies de corbata y celulares de última generación, con más aire de gerenciadores que de periodistas, disponen que a la gente no le interesa la poesía. Son melancólicas imágenes del pasado los tiempos en que Victor Hugo tenía los funerales de un emperador; las costureras y las amas de casa hablaban de Darío, Neruda, Carriego, Vallejo, Rilke o D´Annunzio por las calles del mundo; o las mujeres florentinas se cruzaban de vereda para no toparse con Dante, porque no querían trato con el hombre que "había bajado al Infierno" (y en cierto sentido tenían razón). Y que quede claro algo: aquellas personas no eran más ingenuas, sino que tenían intacta la fe poética.

Aunque parezcan "fraguadas entelequias", para decirlo con palabras de Borges, hubo un tiempo en que los poetas no eran marginales, sino la encarnación más alta de la cultura de un país. Arturo Uslar Pietri ha hecho notar que la tradición de Occidente era la de vislumbrar la poesía como la expresión suprema de la palabra y el pensamiento. Algo heredado del mundo clásico, cuando los contemporáneos de Homero y Virgilio consideraban que toda Grecia estaba en la Illiada y la Odisea y toda Roma en la Eneida. En la actualidad, acuciada por los bombardeos mediáticos, la gente salta de tema en tema sin tiempo para reflexionar sobre ninguno. Y la poesía necesita honduras, adentrarse en los abismos propios y ajenos. No le faltaba razón a Walt Whitman cuando observaba que "para tener grandes poetas, debe haber también grandes públicos".

Con este marco, nadie está en condiciones de asegurar cuanta buena poesía se está perdiendo en cajones de escritorio o libretas itinerantes. En un universo regido por un orden conservdor y en donde los economistas tienen más predicamento que los filósofos, no es extraño que la poesía parezca un unicornio en el zoológico de Buenos Aires. La palabra ha perdido sentido y la sensibilidad se ha empobrecido. Aceptar el rol transitorio de la poesía es, ni más ni menos, como aceptar que el mundo puede vivir sin amor y sin pasiones.

Lo poético - hay que coincidir con Aldo Pellegrini - es una manera de estar en el mundo y convivir con los seres y las cosas. Juan Gelman recuerda una escena protagonizada por Paul Valery y Stephen Mallarmé. El primero le pregunta a su colega, que había dirigido una revista de modas en la que intercalaba poemas subrepticios: "¿Para qué sirve la poesía?" El segundo, sin dudarlo, le responde: "Para esto". Y le muestra una carta en la que una costurera, lectora casual de Mallarmé, le confesaba al poeta que un poema suyo la había salvado del suicidio. Los poetas que el nuevo milenio encuentra trabajando, aunque desplazados por los best sellers y la pluma sencilla, aguardan tiempos mejores.

La poesía es la vanguardia de la lengua, su frente de ataque, su sala de pruebas. Si los poetas no pueden difundir su obra, al idioma se le caen las hojas, se desflora, se frena la renovación, le llega al invierno de las palabras. En tal sentido, no sería ocioso apostar a un tiempo en el que la defensa de la especie se libre en los espacios poéticos que aún subsisten. Una época en la que una multitud silenciosa comience a construir el auditorio con el que Whitman soñaba.

En los bárbaros tiempos del nazismo, los fanáticos saquearon la casa de Saint-John Perse y destruyeron sus poemas inéditos. Agobiado, temeroso, en un momento sacó fuerzas de algún lado y comentó: "Después de todo no importa. Yo soy poeta, lo demás es secundario". Muchos años más tarde, en la Argentina, Alejandra Pizarnik reclamaba "alguna palabra que me ampare del viento, alguna verdad pequeña en que sentarme y desde la cual vivirme". Uno y otra, a su manera, definieron mejor que nadie ese misterio que es la poesía, ese espacio del alma que hay que defender para seguir viviendo.

(Publicado en la revista Noticias y en El espectador de la Cultura)