17 de octubre de 2015

La "Trilogía" de Primo Levi y el horror de los campos nazis


Por Humberto Acciarressi

El 11 de abril de 1987, a los 67 años, Primo Levi se suicidó tirándose por el hueco de la escalera del edificio en el que vivía en Turín, la misma ciudad en la que había nacido en julio de 1919, un año después de la finalización de la Primera Guerra Mundial. Su muerte causó tanta conmoción, incluso fuera del ámbito de la literatura, que tuvo que pasar un tiempo para que sus amigos más cercanos salieran a sostener que el escritor no se había suicidado, sino que había tenido un accidente, e incluso alguno llegó a hablar de un "crimen de odio". Esa muerte, terrible de cualquiera de las tres maneras, fue quizás uno de los pocos puntos oscuros que quedaron de la existencia de este italiano de religión judía que, a los 24 años, fue detenido por las milicias fascistas de su país y deportado a Monowitz, uno de los tres complejos que formaban parte del campo de concentración que los nazis habían levantado en Polonia, trágicamente conocido como Auschwitz-Birkenau.

Una de las curiosidades de la vida de Levi es que era un químico graduado en la Universidad de Turín y cuando intentó unirse a la resistencia italiana se produjo su captura por las milicias fascistas aliadas a los nazis de Hitler. Es decir que no existía, por lo menos hasta ese momento, nada que indicara alguna inclinación por las letras. En nuestro país acaba de ser reeditada por Ariel la trilogía que compone el núcleo de las desventuras vividas por Levi durante el reinado nazi y en lo inmediato posterior a la liberación. El primero de los volúmenes, "Si esto es un hombre", fue escrito entre diciembre de 1945 y 1947, cuando Giulio Enaudi hizo una modesta edición. Recién en 1962 se publicó la continuación con el nombre de "La tregua", que le dio a Levi cierta popularidad. Y finalmente en 1986 dio a la imprenta el cierre con "Los hundidos y los salvados". Unos meses después se produjo su trágica muerte. Si con el primero se inició la carrera literaria de Primo Levi, con el último de la Trilogía se cerró. Pero en medio existe una decenas de obras, que incluyen cuentos, poesías y hasta tratados sobre química.

La reedición de Ariel sirve para redescubrir e interpretar aspectos de esta gran obra maestra sobre la vida, y especialmente la muerte, en los campos de concentración nazis, e incluso en aquellos que crearon otros regímenes muchos años más tarde de la rendición germana en 1945. Todo arranca cuando el entonces joven Primo Levi es subido a un tren de doce vagones con 650 personas (hombres, mujeres y niños) que son trasladadas hacinadas rumbo a un "lager" alemán del que ignoraban todo, y como - luego de llegar y atravesar "la selecciòn", dos días más tarde- 500 de ellas ya estaban muertas. El relato, minucioso desde el punto de vista histórico, excelente y conmovedor desde el literario (pese a lo que algunos sostienen), gira en torno a algo que Levi escribe casi al pasar, como sin darse cuenta: "Teníamos una incorregible tendencia a ver en cada acontecimiento un símbolo y un signo". Temores, esperanzas, cámaras de gas, "kapos", hambre, frío, suciedad, traslados, son algunos de los términos que inevitablemente se repiten.

Tanto en "Si esto es un hombre" como en "La tregua" y "Los hundidos y los salvados", Primo Levi describe almas, lugares y paisajes observados durante los "viajes" como muy pocos lo han hecho. En el segundo de los libros, el autor cuenta el mediodía del 27 de enero de 1945, en que los pocos sobrevivientes del campo de exterminio ven la llegada de la primera patrulla soviética. El y un compañero estaban enterrando a un muerto, y fueron los primeros en divisarlos. Eran cuatro soldados rusos "asombrosamente corpóreos y reales" y de "rostro rudo e infantil bajo los pesados cascos". El escritor describe: "No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto".

En "Los hundidos y los salvados", Levi se permite reflexionar sobre aquellos infortunios, sus narraciones y las subsiguientes reacciones -especialmente de alemanes-, y hasta comparar los campos nazis con otros similares. Y dice, refiriéndose a los por qué de sus relatos,: que la venganza no le interesaba, para añadir: "A mí me correspondía entender, comprender". En eso se le fue la vida. Quiero señalar otra cosa que queda de manifiesto en su obra, y es que Levi desdeñaba la palabra "holocausto" para referirse a aquel genocidio. En ella veía un intento de buscar un sentido de sublime sacrificio a lo que en realidad fue un proyecto político de aniquilamiento de seres humanos. El turinés tiene una frase, perdida en las páginas de sus libros, que vale la pena recordar. Dice, palabras más, palabras menos, que así como el nazismo ocurrió, puede volver a suceder. Y allí está la esencia "de lo que tenemos que decir".

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)