02 enero 2014

A 175 años de la primera fotografía de la Luna

LOUIS DAGUERRE
Por Humberto Acciarressi

El año 1839 fue, a la luz de la historia, bastante movido. Entre los nacimientos, se contaron los del pintor francés Paul Cézanne, el compositor ruso Módest Músorgski, el historiador británico Walter Pater y el poeta argentino Olegario Víctor Andrade. Balzac publicó la segunda parte de "Las ilusiones perdidas", en Alemania se inauguró el primer ferrocarril de larga distancia entre Leipzig y Dresde, y en Veracruz se firmó el tratado de paz entre México y Francia, que dio por finalizada la llamada Guerra de los Pasteles. En nuestro país, los Libres del Sur fueron derrotados por las fuerzas de Rosas en la Batalla de Chascomús y al ultracatólico y españolista Juan Manuel le quedó abierto el camino a la década más sangrienta de su gobierno. Con su salud hecha trizas, Chopin dejó Mallorca en compañía de George Sand.

Pero quien hizo de ese año un corte de una era y el inicio de otra fue el francés Louis Daguerre, pintor, arquitecto, inventor del diorama (modelo tridimensional de paisajes que forman escenas de hechos reales o ficticios), y que en 1839 -como si fuera poco- inventó el daguerrotipo, aunque ya en 1938 había sacado la primera fotografía de un escenario en el que aparece una persona (en rigor dos), la llamada "Boulevard du Temple". Sin embargo, la temporada de 1939, concretamente el 2 de enero -es decir hace 175 años- Daguerre ingresó en la historia por otro hecho maravilloso para la epoca: haber tomado la primera fotografía de la Luna.

Mientras se preparaba para presentar su invento ante la Academia de Ciencias de Paris -lo que ocurrió el 7 de enero de 1939 - este genio del siglo XIX se dedicó a tomar fotos de todo lo que lo obsesionaba. Entre esas cosas estaba, con su misterio ancestral, nuestro satélite natural. Le costó mucho trabajo lograrlo, al punto que hay quienes dicen que no parece la Luna tal cual la vemos y postulan a John William Draper por ser quien la tomó con mayor claridad, un año más tarde. Pero eso es demasiado purismo y casi nadie lo acepta. Lo cierto es que después de aquella foto de Daguerre tendría que pasar mucho tiempo -más de un siglo- para que los seres humanos conociéramos la cara oculta de la Luna. En 1959, el satélite soviético Luna 3 alcanzó a fijar en imágenes 29 tomas del lado oscuro en un lapso de 40 minutos. Pero eso ya es otra historia.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

Born Yesterday, 1950

Nenas leyendo comics en New York en 1947

El calor no se aguanta

Julia Sandoval en Antena TV, 1961

Tintin aterriza en la Luna, 1954



El verano porteño no admite saco y corbata


Por Humberto Acciarressi

Puede ser que hasta hace unas décadas se justificara. Incluso vale sospechar que, producto de la moda, haya hasta sido un imperativo cultural. Más aún, este columnista recuerda cuando para cubrir periodísticamente "parlamentarias" o "casa de gobierno" no te dejaban entrar sin saco y corbata, lo mismo que sucedía -y aún ocurre- en algunas galas teatrales o musicales. Aunque a muchos les molestara esa arraigada costumbre, en un tiempo no alcanzaba a ser bizarro. Eran épocas en que las estaciones del año duraban tres meses, y en el invierno se sufría el frío, en el verano el calor, y el calentamiento global estaba sólo en la mente de los escritores de ciencia-ficción.

Pero claro, el tiempo pasa y nos vamos volviendo tecnos. En la actualidad, durante los meses fríos, casi no se ven sobretodos, los guantes son más extraños que un unicornio en el zoológico de Buenos Aires, y las bufandas son menos para abrigar que para hacer pinta. Es decir, el calor se apoderó -incluso- de las estaciones ajenas. Y lo hizo tan a las patadas, que no estamos lejos de los días en que el crudo invierno vaya a durar más de una semana. Naturalmente, como contrapartida, las temperaturas ascienden, las sensaciones térmicas vuelven loca a la gente, las olas de calor se extienden hasta el infinito, y las alertas climáticas naranja y roja provocan estados lindantes con la locura.

Y en medio de este infierno que ni Dante se atrevió a soñar, uno observa espantado como en subtes, colectivos, taxis o caminando bajo un sol africano, miles de hombres con saco y corbata transpiran como condenados por algún dios olímpico. En rigor, se trata de fantasmas que arrastran su cuerpo contra natura y se encuentran más cercanos a la zombificación que a la vida de cualquier mortal. Con sus sacos y corbatas, en medio de temperaturas de 40°, uno ve a bancarios, empleados estatales o privados, abogados, empleados de oficina o de comercios, movileros de televisión que sufren con ese atuendo a orillas del mar, mientras otros chapotean semidesnudos en el agua.

Es inconcebible que a esta altura del calentamiento global, mientras se aconseja que la gente salga con ropa liviana, haya empresas u organismos gubernamentales que obliguen a sus trabajadores a utilizar saco y corbata.George Bernard Shaw decía que "la moda es una forma de fealdad tan intolerable que tiene que ser cambiada cada seis meses". Era, claro, una boutade del escritor irlandés. De lo que hablamos acá es mucho más grave. Se trata de un imperativo cuya raigambre ya se ha perdido en el tiempo y con el que sólo se obtiene -como decía Churchill- sangre, sudor y lágrimas, especialmente en una ciudad como Buenos Aires, cuyo clima tropical se incrementa año a año. Y eso que, de acuerdo a los especialistas, apenas estamos en los comienzos.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)