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20 abril 2018

Una carta de Scott Fitzgerald a Zelda


"(...) Tú y yo hemos sido felices; y no lo hemos sido solo una vez, hemos sido felices miles de veces. Las posibilidades de que la primavera, que llega para todos, como las canciones populares, nos pertenezca también, las posibilidades son muy halagüeñas en este momento porque, como siempre, puedo aguantar casi toda la opinión literaria contemporánea, liquidada, en el hueco de la mano, y cuando lo hago, veo al cisne flotando en ella y descubro que eres tú y sólo tú. (...) Olvida el pasado, lo que puedas, y da la vuelta y nada de nuevo hasta mí, a tu refugio de siempre, aunque a veces parezca una cueva oscura iluminada con las antorchas de la furia. Es el mejor refugio para ti, da la vuelta despacio en las aguas en las que te mueves y regresa. Todo esto parece alegórico pero es muy real. Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables y los primeros años juntos, los meses que pasamos hace dos años en Montgomery me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano. Te quiero, amor mío, cariño (...)"

Francis Scott Fitzgerald
(Fragmento de una de sus cartas a Zelda Fitzgerald)

23 septiembre 2014

Scott Fitzgerald y el canto del cisne de una época


Por Humberto Acciarressi

Hacia fines de diciembre de 1940 -cuando murió a los 44 años- Francis Scott Fitzgerald había vivido, gozado y sufrido con toda la pasión que puede permitirse un hombre. Aunque no es propio de su estilo, podría haber escrito que nada, ni en su vida alocada ni en ese universo más vasto que generalmente es la literatura, le resultó ajeno, y en ese sentido fue un Terencio del siglo XX. Gracias a los caprichos de los lectores y a pesar de los críticos, Fitzgerald obtuvo plata fácil a varias manos. Y, como es de imaginar, en aquellos años de champagne y cenas pantagruélicas la dilapidó con entusiasmo. Pero no todas eran rosas, ya que paralelamente a la redacción de libros que la crítica "especializada" recibía con renuencia - "A este lado del paraiso", ""Hermosos y malditos", "Suave es la noche", entre otros-, el escritor padeció los sabores y los sinsabores de sus aventuras con Zelda.

La locura y los intentos de suicidio de su esposa, las frecuentes crisis económicas que agravaban la relación (en realidad ese enloquecido ir y venir entre la opulencia y la miseria), su alcoholismo y hasta la confesada humillación de tener que convertirse en un escritor a sueldo en los estudios de Hollywood, fueron algunos de los escalones de su tragedia, volcadas también en sus cartas. Siempre me ha extrañado lo poco que se ha escrito -o peor aún, lo casi nada que se han leído- "Las historias de Pat Hobby", esos bellos y terribles cuentos que son casi autobiográficos para quien haya recorrido alguna de sus biografías. Gran parte del drama de Fitzgerald se encuentra en esos relatos injustamente subestimados.

"Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado". Estas líneas que cierran la novela "El Gran Gatsby" -la más célebre de las obras de Scott Fitzgerald- se leen en la lápida donde descansan los restos del escritor y de su esposa Zelda Sayre en el cementerio de la iglesia Saint Mary de Rockville, en Maryland. Frente a versiones fílmicas posteriores, me quedo con la melancolía de esa prosa llevada al cine en 1974, dirigida por Jack Clayton, con guión de un joven Francis Ford Coppola y las actuaciones de Robert Redford, Mía Farrow y Karen Black. Exponente de la "Generación perdida" junto a nombres como Hemingway y Faulkner, Fitzgerald llevó hasta el límite posible, el canto del cisne de esos años posteriores a la Primera Guerra Mundial -en la que intervino como soldado- y que acabaron dramáticamente con la Gran Depresión. Poco antes de morir, algunos críticos reconocieron que su voz literaria tenía momentos brillantes. La inacabada "El amor del último magnate", interrumpida por un segundo y definitivo infarto, confirmó ese juicio. Más tarde, la posteridad hizo lo suyo.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)

FRANCIS SCOTT FITZGERALD CON SU ESPOSA ZELDA

23 octubre 2006

Scott Fitzgerald, la pasión como tragedia


Por Humberto Acciarressi

"Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado". La frase con la que cierra la novela "El Gran Gatsby" -la más famosa de las obras de Francis Scott Fitzgerald- se lee en la lápida donde descansan los restos del escritor y de su esposa Zelda Sayre en el camposanto de la iglesia Saint Mary de Rockville, en Maryland.

La melancolía de esa prosa llevada al cine - en 1974 fue dirigida por Jack Clayton, con guión de un joven Francis Ford Coppola y las actuaciones de Robert Redford, Mía Farrow y Karen Black - contrasta con la pasión desbordante de otras páginas suyas. Exponente de la llamada "generación perdida" junto a nombres como Hemingway y Faulkner, Fitzgerald llevó hasta los límites el canto del cisne de esos años de manteca al techo, posteriores a la primera de las grandes guerras mundiales en la que intervino como soldado, culminados dramáticamente con la Gran Depresión.

Entre esos tiempos de aventuras y fines de diciembre de 1940 - cuando murió a los 44 años - Scott vivió, gozó y sufrió con toda la pasión posible. Nada, ni en el mundo ni en ese otro universo a veces más vasto que es la literatura, le resultó indiferente. Ganó dinero a varias manos y lo dilapidó con entusiasmo. Paralelamente a la redacción de obras que la crítica recibía con renuencia - "A este lado del paraiso", ""Hermosos y malditos", "Suave es la noche", entre otras-, el escritor padeció los sabores y los sinsabores de sus amores con Zelda.

La locura y los intentos de suicidio de la mujer, las crisis económicas que agravaban la relación, su propia adicción al alcohol y hasta la humillación de tener que convertirse en un escritor a sueldo en los estudios de Hollywood, fueron jalones de su tragedia. Las historias de Pat Hobby, esos bellos y terribles cuentos sobre los que pocos escriben, son en gran parte autobiográficos. Basta leer las cartas del propio Fitzgerald. Poco antes de morir, algunos críticos reconocieron que su voz literaria tenía momentos brillantes. La inacabada "El amor del último magnate", interrumpida por un segundo y definitivo infarto, confirmó ese juicio. Luego, como parece inevitable que suceda, la posteridad hizo lo suyo.

(Publicado en "La Razón" de Buenos Aires)