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16 mayo 2008

Un lejano video y el recuerdo de Leo

Por Humberto Acciarressi

Hoy por la tarde, el gran amigo y gran periodista Ricardo Ríos me llamó por el interno telefónico, desde la otra punta del diario, para preguntarme si me quedaba un rato más. Unos minutos después, en compañía del también queridísimo Facundo Amado, se aparecieron por mis pagos. Chiste va, chiste viene (Ricardo es "bostero", Facu es de River como yo), el primero de ellos me dio un CD con un texto escrito por él en la parte posterior. "Mirálo solo -me aconsejó-; después con quién quieras". Unas horas más tarde llegué a casa, subí a mi escritorio y encendí la PC (ya sabía de qué se trataba, y preferí esto antes que ponerlo en el reproductor de la TV).

Durante cuarenta minutos, mi cabeza se convirtió en una especie de Aleph borgeano. El texto de Ricardo comienza asi: "El video fue realizado probablemente un lluvioso sábado de junio de 1988 (el día y el año son seguros, el mes no)". Y luego de unos divertidos y muy bien escritos párrafos, culmina: "Como sea, los 40 minutos que se conservan de aquel día, tienen hoy un enorme valor sentimental. Se trata en definitiva de un recuerdo entrañable, de una simpática trampa al paso del tiempo que los protagonistas hicieron en forma involuntaria".

Aquella reunión se realizaba para que Leonardo, mi hermano, contara algunas de las peripecias de un viaje que incluyó Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia y no recuerdo que otro país. Ciertas cuestiones (de entonces) que (hoy) hacen inconveniente la proyección a "menores de edad, personas suceptibles y gente políticamente correcta" -como anota entre risas Ricardo- frustraron el lejano propósito. Estamos a dos décadas de esa filmación, mi hermano (como saben los amigos más antiguos de este blog) murió hace un año y medio, y verlo moverse, hablar y reirse aquel sábado lluvioso frente a la cámara, en la casa de Ricardo, me crea una realidad de la que no logran sacarme las lágrimas.

Las fotos son fotogramas de la filmación, para colmo tomados con la cámara de mi celular.

23 noviembre 2007

Hace un año se me murió Leo, mi hermano

En la foto, Leo (izquierda) y yo, cuando todo era futuro.

Hace un año -una eternidad, unos segundos- se murió Leo. Hay alegría y tristezas que a veces se olvidan, porque la memoria es selectiva y caprichosa. Pero hay otras que, como el cuervo de Poe, estarán siempre allí, al final de cada verso, al final de cada acto. Por entonces -en realidad la nota la publiqué el día de fin de año- los amigos de siempre y los que entonces eran recientes en un blog casi virgen, llenaron mi casilla de mails. Aún los guardo, porque todavía no había habilitado los comentarios. Alli supe que, sin conocerles las caras, ya había gente con la que iba a estar muy vinculado afectivamente. Algunas como Elena, que llegaron más tarde a mi blog, recorriéndolo encontraron aquellos garabatos y dejaron un generoso comentario. Con el resto no quiero ser injusto y nombrar sólo a algunos, pero ellos saben.

No hay día en que no piense en el sufrimiento final de Leo. No hay día... Me gustaría, no por mí sino por él, que leyeran aunque sea algunos fragmentos de aquel insignificante homenaje hecho de palabras. Empezaba así:

"Nací un año y medio antes que él, y desde entonces ha pasado el tiempo suficiente para que las nostalgias sean más fuertes que las certezas. Y el azar quiso que sea yo, y no él, quien esté escribiendo estas líneas el último día del último mes de su último año". Y aquel escrito seguía asi.

31 diciembre 2006

El primer año sin mi hermano Leo


Por Humberto Acciarressi

Nací un año y medio antes que él, y desde entonces ha pasado el tiempo suficiente para que las nostalgias sean más fuertes que las certezas. Y el azar quiso que sea yo, y no él, quien esté escribiendo estas líneas el último día del último mes de su último año. Desde chicos compartimos todo, incluso aquellas cosas que no podíamos ni debíamos compartir. Y compartimos, con menos de una década de vida, el dolor y la tristeza que siguió al día en que nuestros padres y hermana fallecieron en un accidente del que nosotros nunca supimos si nos salvamos o no. Juntos caminamos, nos sentamos y miramos en silencio el viejo lago de los bosques de Palermo, donde nos escapábamos de ciertos rituales familiares. Allí, con el transcurrir del tiempo, fuimos con libros, guitarras, vinos y mujeres. La vida siguió con sus costumbres cotidianas y cada tanto, como durante los años en que creíamos que podíamos cambiar el mundo, la muerte agazapada se empeñaba en cosechar en los alrededores y se llevaba a amigos y familiares.

En cierta oportunidad, ya ni siquiera recuerdo el motivo – sí que yo era todavía un adolescente estudiante de la vieja Escuela Panamericana de Arte - , me fui a pasar solo un fin de año a orillas del río Colorado, debajo de un árbol que me protegió de una lluvia torrencial – el teléfono más cercano estaba a varios kilómetros y no existían los celulares - , comiendo un pedazo de pollo puesto en la mochila por una chica que me había dado alojamiento en La Pampa unos días antes, pero que no logró retenerme durante las fiestas. Cuando volví a Buenos Aires, alguien de la familia me contó que Leo había llorado porque era la primera Navidad que no pasábamos juntos. Ya no me parece casual que haya sido La Pampa el lugar al que mi hermano viajaba los últimos fines de semana de su vida, a costa de su ya devastada salud, para ver a sus hijos Lucila y Juan Marcos, lo que más amaba en el mundo. Y esto para preocupación de la tía Elena y su amiga Lilia, las dos únicas personas que estuvieron cuando los que tenían que estar desertaron.

Así como en varios momentos de nuestras vidas en que nos distanciamos, los últimos tiempos no fueron los mejores de nuestra relación. Eramos demasiado parecidos y demasiado distintos, y en muchas ocasiones nos molestaban las maneras que tenía el otro de sortear los escollos. Sin embargo, durante esos períodos, nunca podía evitar pensar en él en decenas de ocasiones y supongo que a él le pasaba otro tanto. En las semanas previas a su muerte nos pusimos al día con ciertas cosas y me contó otras que alguna vez deberé escribir para hacerle honor a quien fue, a pesar de su tragedia personal y de la liviana opinión de algunos, uno de los seres más sensibles que existieron. Me quedarán grabados para siempre el último abrazo, el último beso y la última mirada que nos dimos seis horas antes del momento en que mi hermano Leo ya no pudo hacer lo que hicimos muchas veces: distraer a la muerte con otro gambito. Pero me quedan, sobre todo, los momentos felices que vivimos, a veces desorbitadamente.

La lista, siempre arbitraria, debería incluir el día que esperamos dos horas en la puerta de Frávega, en la avenida Cabildo de Belgrano, para comprar “La banda del Sargento Pepper”, y nuestra posterior jactancia de ser los primeros en tenerlo en la Argentina. O cuando para impresionar a dos chicas tiramos un petardo dentro de un buzón en Olleros y la avenida Libertador, a una cuadra de la casa donde nacimos, con tan mala suerte que terminamos los cuatro mirando desde la vereda del hipódromo como los bomberos apagaban el incendio de cartas. O cuando íbamos a Plaza Francia y de allí arrancábamos, con esa pequeña secta que entonces seguía el rock nacional, a los recitales de los primeros Abuelos de la Nada, Pappo, Moris, Los Gatos, Vox Dei o La Cofradía de la Flor Solar. O cuando viajábamos a todos lados, dentro y fuera del país, para sufrir con el River de los 60 y disfrutar a lo loco con el que retomó los bicampeonatos y los tricampeonatos a mediados de los 70. O cuando charlábamos desde que arrancaba la noche hasta que el sol nos quemaba los ojos, sobre libros, discos, películas, mujeres y, a medida que pasaban los años, del pasado. Ese pasado compartido durante la adolescencia, que también incluía viajes “a dedo” por las rutas del país y del Uruguay; charlas “serias” sobre a quien le correspondía tal o cual chica según sorteos ideados para la ocasión; naturalmente los amigos, los colegios, las "ratas" y las peleas callejeras con los adversarios del barrio de Las Cañitas; sus días de arquero que coincidieron con los míos de centrodelantero; o los cigarrillos u otras yerbas que nos fumábamos a escondidas de la familia.

Ya más grandes –aunque según algunos no más maduros- cada uno hizo su vida (entre otras cosas abandonamos nuestros delirios de ser músicos o jugadores de River y nos hicimos periodistas, lo que era inevitable porque ambos escribíamos desde chicos), y naturalmente cometimos muchos errores y tuvimos algunos aciertos. No puedo, no quiero, ni tengo autoridad para hacer juicios de valor – que en todo caso lo hagan otros con vocación de jueces - sobre lo que fue la vida de Leo hasta hace unas semanas, cuando el Sida no le dejó defensas para hacerle frente a un linfoma. Hoy me aferro a esas alegrías, tal vez demasiado agobiado por esas razones del corazón que la razón no entiende, de las que hablaba Pascal. Aunque sean esas mismas alegrías las que provocan el dolor que me muerde las entrañas, a pocas horas de comenzar el primer año de mi vida sin mi hermano Leo.