Mostrando las entradas con la etiqueta J.G.Ballard. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta J.G.Ballard. Mostrar todas las entradas

06 mayo 2018

"What I believe" de J.G.Ballard, enero de 1984


James Graham Ballard, "el menos convencional de los escritores ingleses" en palabras de Martin Amis, nació en Shangai en 1930 y falleció en abril de 2009 en Londres. Acostumbrados a recordar pasajes de sus obras, en esta oportunidad nos parece oportuno reproducir uno de sus escritos clásicos. Su "Credo" apareció por primera vez en la revista francesa Science Fiction, por pedido del editor, en febrero de 1984, y se reprodujo en su versión original en inglés en el número 8 de Interzone, con el título de "What I Believe". Y dice así:


"Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que hay en nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos.

Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de un choque de autos, en la paz del bosque sumergido, en la excitación de una playa de vacaciones desierta, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.

Creo en las pistas de aterrizaje olvidadas de Wake Island, señalando a los Pacíficos de nuestras imaginaciones.

Creo en la belleza misteriosa de Margaret Thatcher, en el arco de sus fosas nasales y el borde de su labio inferior; en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos; en las sonrisas perturbadas de los empleados de estaciones de servicio; en mi sueño sobre Margaret Thatcher acariciada por ese joven soldado argentino en un motel olvidado, observados por un empleado de estación de servicio tuberculoso.

Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus fantasías, tan cerca de mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los rieles de cromo de las góndolas de supermercado; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones.

Creo en la muerte del mañana, en el acabamiento del tiempo, en la búsqueda de un tiempo nuevo en las sonrisas de las mozas de los bares de las rutas y en los ojos cansados de los controladores de tráfico aéreo en aeropuertos fuera de temporada.

Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las posturas corporales de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la Princesa Diana, en el suave olor que emana de sus labios cuando miran a las cámaras del mundo entero.

Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza humana por los astronautas del Apolo.

Creo en nada.

Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, de Chirico, Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las torres Watts, Bocklin, Francis Bacon, y en todos los artistas invisibles dentro de las instituciones psiquiátricas del mundo.

Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en lo absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en las intenciones asesinas de la lógica.

Creo en las adolescentes, en la corrupción que hay en ellas sólo por la postura de sus piernas, en la pureza de sus cuerpos desaliñados, en los rastros que sus partes pudendas dejan en los baños de moteles miserables.

Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que alguna vez haya volado, en la piedra arrojada por un niño pequeño que lleva en sí misma la sabiduría de los estadistas y de las parteras.

Creo en la amabilidad del bisturí, en la geometría sin límites de la pantalla de cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la locuacidad de los planetas, en la redundancia de nosotros mismos, en la inexistencia del universo y el aburrimiento del átomo.

Creo en la luz que arrojan las videograbadoras en las vidrieras de las grandes tiendas, en la agudeza de las parrillas de los radiadores en los salones de venta de automóviles, en la elegancia de las manchas de aceite sobre las barquillas de los motores de los 747 estacionados en las pistas de los aeropuertos.

Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas posibilidades del presente.

Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.

Creo en los diseñadores de las Pirámides, el Empire State, el bunker del Fuhrer en Berlín, las pistas de aterrizaje de Wake Island.

Creo en la fragancia del cuerpo de la Princesa Diana.

Creo en los próximos cinco minutos.

Creo en la historia de mis pies.

Creo en las migrañas, el aburrimiento de las tardes, el temor a los calendarios, la traición de los relojes.

Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperanza.

Creo en las perversiones, en el amor obsesivo por los árboles, las princesas, los primeros ministros, las estaciones de servicio abandonadas (más bellas que el Taj Mahal), las nubes y los pájaros.

Creo en la muerte de las emociones y el triunfo de la imaginación.

Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey Plaza.

Creo en el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la fiebre y el agotamiento.

Creo en el dolor.

Creo en la desesperanza.

Creo en todos los niños.

Creo en mapas, diagramas, códigos, juegos de ajedrez, rompecabezas, tableros de horarios de vuelos, carteles indicadores de los aeropuertos.

Creo en todas las excusas.

Creo en todas las razones.

Creo en todas las alucinaciones.

Creo en toda la rabia.

Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías y evasiones.

Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles, en la sabiduría de la luz"

J.G.Ballard

("What I believe", 1984)






18 agosto 2016

Una peluca negra como un gato muerto


(...)El piloto del coche sport yacía muerto en la cabina, y los bomberos y un agente de policía trataban de sacarlo de debajo del tablero. Una desgarradura en el abrigo de piel de leopardo dejaba ver el pecho hundido, pero una redecilla de nylon sujetaba aún los cabellos platinados. En el asiento de atrás había una peluca negra, como un gato muerto. Los fragmentos de vidrio perlaban la cara consumida y macilenta de Seagrave, como si el cuerpo se le estuviera cristalizando, escapando por fin de este inestable complejo de dimensiones hacia un universo más hermoso (...)"

J.G.Ballard
("Crash")

27 diciembre 2015

Nada dura tanto como el miedo


"Casi todos nosotros hemos tenido la experiencia de deja vu, de haber visto antes todo esto, en verdad, de recordar demasiado bien estos pantanos y lagunas. Los recuerdos biológicos son casi siempre desagradables, ecos de peligros y terrores. Nada dura tanto como el miedo. En toda la naturaleza ves ahora ejemplos de mecanismos liberadores innatos, que han estado dormidos durante miles de generaciones, pero que conservan todo su poder"
J. G. Ballard

26 noviembre 2014

Las atrocidades de Ballard, más vigentes que nunca


Por Humberto Acciarressi

Días atrás se cumplíó un nuevo aniversario del nacimiento de uno de los autores ingleses (aunque nacido en Ontario, Canadá) más gratamente inquietantes de la historia de la literatura: James Graham Ballard. Heredero de la tradición de los utopistas por cultura, la vorágine posterior a la Segunda Guerra Mundial, el conflicto ruso-estadounidense, los choques bélicos que fueron sumando los capítulos de la Guerra Fría, y sobre todo el peligro atómico, lo metieron de lleno en la corriente opuesta: la de la distopía, algo que, en la misma Inglaterra, venía de hacer George Orwell con "Rebelión en la granja" y con "1984". Ballard no fue insensible a las atrocidades causadas por los estados concentrados, aunque les sumó el poder omnipresente de la técnica y la creciente deshumanización del ser humano.

Quienes recordamos las viejas tiradas de la colección Minotauro, especialmente de cuando aún se encontraban en grandes cantidades en las librerías de viejo de la calle Corrientes, todavía tenemos presente las ediciones de "El mundo sumergido" (una con tapa rosa y verde y la posterior toda en azul), la primera de las novelas de Ballard, que los lectores más grandes ya había leído a comienzos de los años 60. Aunque hay algunos antecedentes poco transitados, este libro puede ser considerado como el que inauguró, dentro de la ciencia ficción, el tema de una hecatombe climática por el calentamiento global y el deshielo de los polos en un futuro sin especificar, y, cosa curiosa, el disfrute del sobreviviente. Después vinieron una veintena de novelas y unos quince volúmenes de cuentos, entre ellos los de "El hombre imposible". "Bilenio", "Zona de catástrofe", entre otros.

Sin embargo Ballard es el autor de uno de los libros más extraños que se conocen: "La exhibición de atrocidades". Es una novela que no es novela, es un conjunto de relatos que no es un conjunto de relatos, y hasta parecen las anotaciones de una mente afiebrada y genial, sádica y masoquista. "Microrelatos", los llamó el autor, y también "novelas condensadas" Aunque originariamente los capítulos fueron publicados en diferentes diarios y revistas y en distintas fechas, la unión de todos ellos le dio forma a esta obra que genera en los lectores los sentimientos más divergentes. De uno de los capítulos del libro salió, no mucho después, la novela "Crash", una desmesurada crítica a quienes gozan con la conjunción de sexo y erotismo con la muerte y las heridas monstruosas que causan los accidentes automovilísticos. David Cronemberg hizo una maravillosa y espeluznante adaptación de este libro, con James Spader, Holly Hunter, Rosanna Arquette, Elias Koteas y otros. Lamentablemente, en 2004, al guionista canadiense Paul Haggis, un militante de la Cienciología, se le ocurrió filmar otra película con el mismo nombre, "Crash", que ganó el Oscar. Y la de Cronemberg, "tan poco correcta" desde la moral yanqui, quedó en el olvido.

En cuanto a "La exhibición de atrocidades", sus capítulos ( "La universidad de la muerte", "Notas para un colapso mental", "Tú. Coma. Marilyn Monroe", "Tolerancias del rostro humano", "Por qué quiero sodomizar a Ronald Reagan", "Amor y Napalm", "El asesinato de John Fitzgerald Kennedy considerado como una carrera de automóviles cuesta abajo", "Crash", etc) son relatados por un mismo sujeto que va cambiando de nombre y profesión, y en los cuales la pesadilla y la realidad se superponen natural y casi científicamente. Para que nadie se lleve una sorpresa, es un Ballard que no tiene nada que ver con el de "El imperio del sol", llevado al cine por Spielberg. Considerado como uno de los discos más icónicos del post-punk, "Closer", de Joy Division, abre con el tema "Atrocity Exhibition", inspirado naturalmente en el libro. Quienes no hayan leído "La exhibición...", no estaría mal que se dieran una vuelta por sus páginas. Siempre es bueno saber que hay muchas formas de hacer literatura de calidad.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)


05 agosto 2009

El peligro de los conductores suicidas

Por Humberto Acciarressi

Allá por comienzos de los años 70, J.G.Ballard publicó una de sus novelas más perturbadoras, lo que es mucho decir en la obra del escritor recientemente fallecido. "Crash", tal el título del libro, fue llevado al cine por David Cronenberg con el mismo nombre (que no debe confundirse con otra película que anda por allí, que en algunos países le han puesto también "Crash" y en otros "Alto impacto", y que obviamente no tiene nada que ver con Ballard). Allí, en las versiones originales literaria y cinematográfica, se cuenta la psicopatía de unos morbosos que juegan al límite de la vida propia y ajena en coches y vehículos varios, cuya destrucción -en inevitables y aún buscados accidentes- les provoca una excitación erótica.

Si Ballard y Cronenberg anduvieran por Buenos Aires en estos días, deberían -a riesgo de parecer infantiles-pegarle una vuelta de tuerca a sus obras. La realidad es peor. Motociclistas suicidas andan a 300 km por hora en una ruta bonaerense y suben sus "hazañas" en You Tube. Estos psicópatas, potenciales criminales y conductores suicidas, no son los únicos. Transitan por calles y rutas con su onanismo por el vértigo, a toda hora y con la anuencia de quienes no hacen nada por evitarlo.
En su momento, el libro de Ballard y el film de Cronenberg fueron acusados de obsenos y violentos, y los merodeó la censura. Los conductores suicidas que andan por Buenos Aires tienen mejor suerte. Se aplauden entre ellos antes de estrellarse la cabeza y chorrear sus sesos por el asfalto. La única pena es que también muere gente inocente. Pero sus deudos no suben videos a You Tube.

(Publicado en "La columna del editor" de La Razón, de Buenos Aires)


Y no estaría mal que vuelvas a leer un pasaje de lo que escribió el propio Ballard sobre su novela, y que figura en por lo menos un par de ediciones a manera de prefacio.

"Crash, por supuesto no trata de una catástrofe imaginaria, por muy próxima que pueda parecer, sino de un cataclismo pandémico institucionalizado en todas las sociedades industriales, y que provoca cada año miles de muertos y millones de heridos. ¿Es lícito ver en los accidentes de automóvil un siniestro presagio de una boda de pesadilla entre la tecnología y el sexo?, ¿la tecnología moderna llegara a proporcionarnos unos instrumentos hasta ahora inconcebibles para que exploremos nuestra propia psicopatología?, ¿estas nuevas fijaciones de nuestra perversidad innata podrán ser de algún modo benéficas?, ¿no estamos asistiendo al desarrollo de una tecnología perversa, más poderosa que la razón?
A lo largo de Crash he tratado el automóvil no sólo como una metáfora sexual sino también como una metáfora total de la vida del hombre en la sociedad contemporánea. En este sentido la novela tiene una intención política completamente separada del contenido sexual, pero aún asi prefiero pensar que Crash es la primera novela pornográfica basada en la tecnología. En cierto sentido la pornografía es la forma narrativa más interesante políticamente, pues muestra cómo nos manipulamos y explotamos los unos a los otros de la manera más compulsiva y despiadada. Por supuesto, la función última de Crash es admonitoria, una advertencia contra ese dominio de fulgores estridentes, erótico y brutal, que nos hace señas llamándonos cada vez con mayor persuación desde las orillas del paisaje tecnológico"

J.G.Ballard