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15 marzo 2021

Witold Gombrowicz entre la hostilidad y la devoción


Por Humberto Acciarressi 

Milan Kundera, amigo de las vanguardias y poco propenso al elogio fácil, dijo en una oportunidad que Witold Gombrowicz es uno de los precursores de la moderna novela europea. Carlos Fuentes, por su lado, sostuvo que "Ferdydurke" es una de las diez mejores novelas del siglo XX. Tal vez un poco exagerado, y seguro muy provocativo, Ricardo Piglia aseguró -pecado de lesa literatura- que Witold "es el mejor escritor argentino del siglo XX". Pero más allá de exageraciones, devociones, pasiones encontradas, y otros entusiasmos de la razón y del corazón, lo cierto es que Witold Gombrowicz es uno de los escritores más singulares y una de las personalidades más inquietantes del siglo que aún sentimos como propio. 

Los datos biográficos de este autor impar -en un hombre que fue pura biografía- podrían resumirse en unas pocas aunque relevantes fechas. No es un dato menor, por ejemplo, que haya nacido -hace poco más de cien años- en una humilde aldea de Polonia, pero en el seno de una familia noble. Sus estudios de Derecho en Varsovia, una breve estancia parisina y sus primeros devaneos literarios en la década del treinta podrían agregar algo al origen de su misterio. Para los argentinos -y para él mismo- una fecha clave en su vida fue el 21 de agosto de 1939, cuando llegó a Buenos Aires a bordo del barco Chorbry, en el viaje promocional de una empresa naviera. Una semana más tarde, como para acentuar el peso del destino, en Europa estallaba la Segunda Guerra Mundial. 

Cuando Gombrowicz arribó a nuestro país, ya había escrito la colección de cuentos "Memorias de la inmadurez o Bakakai", la pieza teatral "La princesa Yvona de Borgoña" y su obra maestra "Ferdydurke". Sin embargo, era un autor desconocido y -en muchos casos- maltratado por sus colegas. La Argentina no fue muy hospitalaria en ese sentido, o por lo menos no lo fue el círculo que rodeaba a la visionaria e imprescindible Victoria Ocampo. Witold, hay que decirlo, era demasiado hostil en su trato. Ernesto Sábato lo recuerda en el prefacio a la edición de "Ferdydurke" de 1964: "Era un individuo flaco, muy nervioso, que chupaba ávidamente su cigarrillo, que desdeñosamente emitía juicios arrogantes e inesperados. Parecía helado y cerebral...". 

Sí cultivó la amistad del cubano Virgilio Piñera -por entonces en Buenos Aires-, de Adolfo de Obieta, Arturo Capdevila y Carlos Mastronardi, entre otros. Algunos de ellos lo ayudaron a traducir sus obras al español. Así fue como el misterioso Witold, llegado casi casualmente, se afincó entre nosotros por más de dos décadas. No se entregó a las añoranzas, sino que criticó con vehemencia a su país y no fue condescendiente con los intelectuales de la patria adoptiva, incluyendo a Borges, con quien mantuvo una cena desastrosa en la que no congeniaron. "Los hechizados", "Trans-Atlántico" y "Pornografía" son algunas de sus otras obras, hoy casi inhallables en las librerías. 

Su raid argentino culminó abruptamente, sin despedidas, a comienzos de los sesenta. De su paso por estas tierras queda su "Diario argentino". La Polonia comunista lo censuró y lo puso en sus listas negras. En los años europeos que transcurrieron hasta su muerte acaecida en Francia en 1969, trabajó con la Fundación Ford y no hizo muchas más cosas. Falleció en las cercanías de Niza, casi sin que nadie se enterara, incluyendo a sus amigos de Buenos Aires. Hoy dos patrias se disputan la paternidad de su obra literaria. A Witold, no caben dudas, eso le hubiera causado gracia. 

(Publicado en "Tiempo de Arte", de Buenos Aires)

17 mayo 2016

Los decisivos años argentinos de Witold Gombrowicz


Por Humberto Acciarressi

El 21 de agosto de 1939 a bordo del vapor Chorbry, Witold Gombrowicz llegó al puerto de Buenos Aires. Casi nadie asocia este arribo a un hecho fundamental: una semana más tarde, su patria polaca era invadida por las tropas de Hitler y con la declaración de guerra de Francia e Inglaterra, se iniciaba el infierno de destrucción y muerte que se iba a extender hasta 1945. Cuando Witold llegó a la Argentina ya había escrito la colección de cuentos "Memorias de la inmadurez o Bakakai", la obra teatral "La princesa Yvona de Borgoña" y "Ferdydurke", que para Carlos Fuentes es una de las diez mejores novelas del siglo XX. Sin embargo, la verdad es que el escritor no era conocido ni en Europa ni en América, y sus colegas polacos lo despreciaban. Nuestro país, siempre el sueño de muchos literatos y más en esa época, no le resultó amable. Para el círculo que rodeaba a la visionaria Victoria Ocampo le resultó insufrible el trato hostil de Gombrowicz.

En el prólogo de la edición argentina de "Ferdydurke", de 1964, Ernesto Sábato lo recuerda: "Era un individuo flaco, muy nervioso, que chupaba ávidamente su cigarrillo, que desdeñosamente emitía juicios arrogantes e inesperados. Parecía helado y cerebral". Ese hombre que a pesar de todo se instaló en el país (con esa rasgo típico de los extranjeros que nos critican y viene a "sufrir" entre nosotros; y me viene a la memoria el fundador de "Sumo", Luca Prodan), tuvo la suerte de cultivar la amistad del cubano Virgilio Piñera -también residente en Buenos Aires-, de Adolfo de Obieta (hijo de Macedonio Fernández), Arturo Capdevila y Carlos Mastronardi, entre otros. Ellos lo ayudaron a traducir sus obras al español, cosa que Gombrowicz siempre agradeció.

Witold había nacido en una miserable aldea de Polonia, aunque en el seno de una familia noble. Cursó estudios de Derecho en Varsovia, vivió brevemente en Paris y se vino para Buenos Aires atraído por la capacidad argentina de nutrirse de otras culturas. El escritor se quedó un cuarto de siglo sin entregarse a las añoranzas, sino a la crítica a los intelectuales de su país natal, y algunas a los locales, incluyendo a Borges, con quien mantuvo una cena desastrosa en la que no lograron congeniar. Algunas de sus obras como "Los hechizados", "Trans-Atlántico", "Pornografía" o "Cosmos" recién ahora pueden encontrarse en las librerías. Su raid argentino culminó sin despedidas a comienzos de los sesenta. De su paso por estas tierras queda su "Diario argentino". La Polonia comunista lo puso en sus listas negras. Su muerte, acaecida en 1969 en Francia, pasó inadvertida para el mundo. Y Buenos Aires no fue la excepción. Para entonces trabajaba en la Fundación Ford.

(Publicado en el diario "La Razón" de Buenos Aires)

05 agosto 2014

Un congreso en memoria de Witold Gombrowicz


Por Humberto Acciarressi

Witold Gombrowicz no es un clásico ni mucho menos. No lo es en Europa, no lo es en América, no lo es en ningún lado. Es, eso sí, uno de los más cautivantes autores de culto que dio el siglo XX, y los académicos vienen lidiando con su obra desde hace rato. Los provocadores y bellos libros de este escritor nacido en una humilde aldea de Polonia y que llegó a la Argentina el 21 de agosto de 1939 a bordo del vapor Chorbry, han llevado a que Kundera lo considere el precursor de la moderna novela europea, y que Carlos Fuentes haya dicho que "Ferdydurque" es una de las diez mejores novelas del siglo XX. Una semana más tarde de su llegada, el dato no es menor aunque muchos lo ignoren, su patria era invadida por las tropas de Hitler y con la declaración de guerra de Francia e Inglaterra, se iniciaba el infierno de destrucción y muerte de la Segunda Guerra Mundial. .

Cuando Gombrowicz llegó a la Argentina ya había escrito la novela mencionada por Fuentes, la pieza teatral "La princesa Yvona de Borgoña" y la colección de cuentos "Memorias de la inmadurez o Bakakai". En la Polonia anterior a la guerra, él y sus libros pasaron inadvertidos. El escritor, hostil por naturaleza, no encontró demasiado eco en el círculo de Victoria Ocampo, en una época en que escritores y artistas llegaban a Buenos Aires para obtener su pasaje a la fama. El cubano Virgilio Piñera -que vivía en nuestra ciudad-, Adolfo de Obieta, Arturo Capdevila y Carlos Mastronardi fueron sus amigos. Sábato lo calificó de "muy cerebral" y Gombrowicz compartió con Borges una cena terrible en la que no congeniaron.

"Los hechizados", "Trans-Atlántico", "Pornografía", "Cosmos", sus "Diarios", son algunas de las obras que resulta muy difícil encontrar en la actualidad. Vivió un cuarto de siglo en la Argentina y en 1964 se volvió a Europa, sin pena ni gloria. La Polonia comunista lo censuró y lo puso en sus listas negras. En los años europeos que transcurrieron hasta su muerte en 1969, trabajó con la Fundación Ford y no hizo muchas más cosas. Falleció en las cercanías de Niza, casi sin que nadie se enterara. Entre el 7 y el 10 de este mes, en la Biblioteca Nacional (Aguero 2502), se llevará a cabo el I Congreso Internacional Witold Gombrowicz, un excelente motivo para que -aquellos que aún no lo hayan hecho- comiencen a buscar sus libros y se enfrasquen en su lectura.

(Publicado en el diario La Razón, de Buenos Aires)





17 febrero 2007

Gombrowicz, la hostilidad y la devoción


Por Humberto Acciarressi

Milan Kundera, amigo de las vanguardias y poco propenso al elogio fácil, dijo en una oportunidad que Witold Gombrowicz es uno de los precursores de la moderna novela europea. Carlos Fuentes, por su lado, sostuvo que "Ferdydurke" es una de las diez mejores novelas del siglo XX. Tal vez un poco exagerado, y seguro muy provocativo, Ricardo Piglia aseguró -pecado de lesa literatura- que Witold "es el mejor escritor argentino del siglo XX". Pero más allá de exageraciones, devociones, pasiones encontradas, y otros entusiasmos de la razón y del corazón,lo cierto es que Witold Gombrowicz es uno de los escritores más singulares y una de las personalidades más inquietantes del siglo que aún sentimos como propio.

Los datos biográficos de este autor impar -en un hombre que fue pura biografía- podrían resumirse en unas pocas aunque relevantes fechas. No es un dato menor, por ejemplo, que haya nacido -hace poco más de cien años- en una humilde aldea de Polonia, pero en el seno de una familia noble. Sus estudios de Derecho en Varsovia, una breve estancia parisina y sus primeros devaneos literarios en la década del treinta podrían agregar algo al origen de su misterio. Para los argentinos -y para él mismo- una fecha clave en su vida fue el 21 de agosto de 1939, cuando llegó a Buenos Aires a bordo del barco Chorbry, en el viaje promocional de una empresa naviera. Una semana más tarde, como para acentuar el peso del destino, en Europa estallaba la Segunda Guerra Mundial.

Cuando Gombrowicz llegó a nuestro país, ya había escrito la colección de cuentos "Memorias de la inmadurez o Bakakai",la pieza teatral "La princesa Yvona de Borgoña" y su obra maestra "Ferdydurke". Sin embargo,era un autor desconocido y -en muchos casos- maltratado por sus colegas. La Argentina no fue muy hospitalaria en ese sentido, o por lo menos no lo fue el círculo que rodeaba a la visionaria Victoria Ocampo. Witold, hay que decirlo, era demasiado hostil en su trato. Ernesto Sábato lo recuerda en el prefacio a la edición de "Ferdydurke" de 1964: "Era un individuo flaco, muy nervioso, que chupaba ávidamente su cigarrillo, que desdeñosamente emitía juicios arrogantes e inesperados. Parecía helado y cerebral...".

Sí cultivó la amistad del cubano Virgilio Piñera -por entonces en Buenos Aires-, de Adolfo de Obieta, Arturo Capdevila y Carlos Mastronardi, entre otros. Algunos de ellos lo ayudaron a traducir sus obras al español. Así fue como el misterioso Witold, llegado casi casualmente, se afincó entre nosotros por más de dos décadas. No se entregó a las añoranzas, sino que criticó con vehemencia a su país y no fue condescendiente con los intelectuales de la patria adoptiva,incluyendo a Borges,con quien mantuvo una cena desastrosa en la que no congeniaron. "Los hechizados", "Trans-Atlántico" y "Pornografía" son algunas de sus otras obras, hoy casi inhallables en las librerías.

Su raid argentino culminó abruptamente, sin despedidas, a comienzos de los sesenta. De su paso por estas tierras queda su "Diario argentino". Su muerte, acaecida en 1969 en Francia, pasó inadvertida en casi todo el mundo,incluyendo -naturalmente- a Buenos Aires. Hoy dos patrias se disputan la paternidad de su obra literaria. A Witold, no caben dudas, eso le hubiera causado gracia.

(Publicado en "Tiempo de Arte")