27 de octubre de 2015

Napoleón III y el origen imperial del ballotage


Por Humberto Acciarressi

Este asunto comenzó cuando el sobrino de Napoleón, Carlos Luis Napoleón Bonaparte, llegó a la presidencia de la Segunda República Francesa, en uno de los momentos más trágicos que recuerda la historia de aquel país. Fue un personaje que merece una película, por razones que exceden esta columna. Pero anotemos al pasar que con sangre real e imperial en las venas, fue golpista en el Reino Unido, estuvo preso, se escapó de la cárcel inglesa disfrazado de carpintero, y durante su cautiverio escribió decenas de páginas impregnadas de los postulados de la escuela romántica y del socialismo utópico. Cuando la Revolución de febrero de 1848 le puso fin al monarca Luis Felipe II, Carlos Luis retornó a Francia, donde se presentó a las elecciones presidenciales -las primeras con sufragio universal para los hombres-, que ganó con el 75% de los votos.

Hay muchos libros y teorías para entender aquel período, pero lo cierto es que el gran apoyo de los campesinos y su lema "Basta de ricos, basta de impuestos, abajo la República y larga vida al Emperador" le sirvieron de mucho. Unos pocos años más tarde, presentándose como un defensor de la democracia a la vista de toda Europa, se enfrentó a la Asamblea (que estaba en contra de la elección universal), convocó a un plebiscito que le resultó favorable e hizo todo para que en enero de 1852 se firmara una nueva Constitución que incrementó las atribuciones del Poder Ejecutivo y le quitó casi todas al Legislativo, que también fragmentó. Para redondear este asunto, a fines del 52 -por medio de otra consulta popular- Francia creó el Segundo Imperio, que naturalmente proclamó emperador a Carlos Luis con el rimbombante título de Napoleón III.

Este inquietante sujeto estableció un nuevo formato para las elecciones de cualquier tipo. Lo llamó ballotage o sistema de doble vuelta electoral. En principio consistía en exigir la mayoría de los votos válidos emitidos para acceder a un cargo público. Si eso no ocurría de tal forma, se realizaba al poco tiempo la elección complementaria, pero sólo limitada a los dos candidatos más votados en la primera vuelta. Más allá de los descalabros cometidos por Napoleón III, el sistema de balotaje (hoy castellanizado en los países de habla hispana) fue retomado por las sucesivas repúblicas francesas y por numerosos países, principalmente europeos y americanos. Para concluir estas breves líneas digamos que durante su imperio, el emperador fomentó el colonialismo, censuró la prensa, utilizó la policía contra sus opositores, se metió en cuanta guerra pudo, se casó con Eugenia de Montijo, luego aflojó un poco las riendas frente a las presiones, fue tomado prisionero en la Batalla de Sedán y depuesto por la Tercera República Francesa. Murió en Inglaterra en 1873 y está enterrado en ese país que había odiado.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)