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13 enero 2020

Un detalle del David de Miguel Angel que pasó inadvertido 500 años


El médico estadounidense Daniel Gelfman, del Marian University College of Osteopathic Medicine de Indianapolis, fue a Italia en viaje de placer. Allí, como millones de turistas, visitó la Galería de la Academia de Florencia y observando el David de Miguel Angel advirtió algo que le llamó la atención. La vena yugular en la parte superior del torso está claramente “extendida” y en relieve sobre la clavícula de David, como sucedería en un joven saludable que se halla en un nivel de excitación al tener que enfrentar un adversario letal, en su caso Goliat. Esta particularidad indica cómo el espíritu de observación llevó a Michelangelo a esculpir algo que luego sería descrito en detalle 100 años más tarde: la mecánica del sistema circulatorio.

La distensión de la vena yugular -explicó el médico- puede verificarse como un reto por “elevadas presiones intracardíacas y posibles disfunciones cardíacas”, pero el David es joven y en óptimas condiciones físicas. Sólo en un estado de excitación temporal se distingue bien. “Miguel Angel, como alguno de sus contemporáneos tenía una formación anatómica. Me di cuenta que debió haber notado una distensión venosa yugular temporal en sujetos sanos que están excitados”, indicó Gelfman. En la época de la creación del David, en 1504, el anatomista y médico William Harvey no había aún descrito la verdadera mecánica del sistema circulatorio. Ello no sucedió sino hasta 1628.

18 octubre 2016

Los consejos literarios de Abelardo Castillo


"Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor ni con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.
(...)
Lo mejor que se ha escrito sobre el cuento es lo que Edgar Poe escribió en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne. No pienso facilitarte las cosas reproduciéndolo. Tendrás que encontrarlo solo. Un escritor es un buscador de tesoros. Los descubre o no. Esa es la única diferencia entre la biblioteca de un escritor y el mueble del mismo nombre de las personas llamadas cultas.
Lo que dice Borges sobre los sinónimos es verdad: no existen. Can no es lo mismo que perro ni la palabra ramera tiene la dignidad de la palabra puta. Pero yo te recomiendo un buen diccionario de sinónimos. Uno quiere escribir: "habló en voz baja". Como eso no le gusta lo reemplaza por "voz queda", que es espantoso. Hojea el diccionario de sinónimos al azar y en cualquier parte encuentra la palabra pálida. Entonces escribe: "habló con voz pálida", lo que está muy bien.
Nunca adjetives en orden decreciente, nunca digas: "Era una montaña titánica, enorme, alta". Si no te das cuenta por qué, nadie puede ayudarte. Si adjetivaste en la dirección correcta tampoco te creas un gran estilista. Tal vez buscabas el último adjetivo y te olvidaste de borrar los otros dos.
Podrás corregir tus textos o no corregirlos. Tolstoi escribió siete veces "Guerra y paz"; Stendhal terminó "La Cartuja de Parma" en cincuenta y dos días. El único problema es cómo se las arregla uno para ser Tolstoi o Stendhal.
(...)
No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.
Si la palabra mercado te hace pensar "persa", quizá no seas muy original pero todavía estás a tiempo. Si la palabra mercado te hace pensar en la venta de tu libro, no insistas con la literatura.
Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito.
(...)
Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así.
(...)"

Abelardo Castillo 
(Fragmento de sus "Mínimas para escritores", incluidas en el libro "Ser escritor")

18 agosto 2016

Más de mil días y mil noches


"(...) Durante tres años, piense bien en esto, durante más de mil días y mil noches, ella protegió su razón con esa espera. Lo mató para no enloquecer, para seguir esperando. Después volvió a preparar su cuarto, puso todos los días dos cubiertos en la mesa, siguió cambiando con amor las sábanas de su cama. Y si nadie se hubiera enterado de lo que pasó, aún hoy lo seguiría haciendo. Ella todavía vive, naturalmente (...) "

Abelardo Castillo
(Fragmento de "La que espera")