30 de julio de 2014

El Duce y su amante van a la muerte en un Alfa Romeo


Por Humberto Acciarressi

En el Alfa Romeo con chapa española que subía el camino que bordea el Lago de Como, una mujer iba al encuentro de la muerte. Claretta Petacci, la amante de Benito Mussolini, viajaba -bajo una lluvia ligera - en una caravana de diez autos que habían dejado Milán el 25 de abril de 1945. Junto a esta aristócrata romana estaba el antaño poderoso Duce, dueño de hombres y haciendas durante dos décadas, destituido y encarcelado por el rey Víctor Manuel dos años atrás; rescatado más tarde y luego abandonado por sus aliados alemanes. En el grupo que ahora huía había, además, unos pocos camisas negras. Se dice que los viajeros esperaban encontrarse, en un punto del camino, con unos tres mil fascistas dispuestos a todo. Ni siquiera uno fue a la cita. En el poder, los partidarios de quienes se llevan por delante instituciones y personas, suelen alardear y prometer cosas que nunca cumplen.

En la mañana del 27, el grupo reanudó la marcha hacia el norte, rumbo a Suiza. Unos días atrás, Mussolini le había escrito -con lápiz azul y firmada en rojo- una carta a su esposa Rachele. Allí le aconsejaba: "Trata de llegar a la frontera suiza con los chicos. Alli comenzarán una vida nueva... Si eso no resulta preséntense a los Aliados. Quizás ellos sean más generosos que los italianos". Pero ahora, Mussolini estaba más preocupado por su propia salvación. La comitiva se unió a un convoy alemán, y el ex Duce, disfrazado de soldado, se sentó en el furgón de uno de los camiones. Unos kilómetros más adelante, en la aldea de Dongo, los paró un control de la Resistencia, hubo un intercambio de disparos y la rápida rendición del soldado alemán que estaba a cargo de la huída.

Urbano Lazzaro tenía 18 años y era conocido entre sus compañeros de lucha como Bill. El estaba al mando de los guerrilleros comunistas. Cuando uno de sus hombres, Giussepe Negri, reconoció a Mussolini, lo hizo bajar del vehículo, lo registró y lo detuvo. La cuestión no fue sencilla para los partisanos: unos quería fusilarlo allí mismo, otros entregarlo a los Aliados. El 28 de abril se resolvió el asunto a favor de los primeros. Walter Audicio, cuyo nombre de guerra era "Coronel Valerio", ejecutó personalmente a Mussolini y a su amante a las 16.10. Antes de los disparos, los partisanos recibieron una patética propuesta del ex dictador: si lo dejaban vivir, él levantaría un imperio para ellos. Los captores no lo podían creer. Lo fusilaron. Un rato más tarde, los cuerpos acribillados del tirano, su amante y un grupo de fascistas fueron subidos a un camión y trasladados a Milán. Las imágenes del último acto los registra colgando boca abajo, en la Plaza del Loreto.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)