17 de diciembre de 2014

A 110 años del más loco de los Tarzanes del cine

Por Humberto Acciarressi

Cuando en la publicación pulp All Story Magazine, en octubre de 1912, hizo su aparición Tarzán, salido de la imaginación de Edgar Rice Burroughs, un chico nacido en Pensilvania cumplía 8 años en la Chicago de los blues y las peleas callejeras a dónde se habían mudado su familia. Era un chico estudioso, enorme de cuerpo y aire estúpido, muy preocupado en contemplarse en el espejo y en desarrollar sus dotes natatorias. Johnny Weissmuller, varios años más tarde, se convirtió en el primer hombre en nadar los cien metros en menos de un minuto, lo que significó el inicio de una serie de triunfos olímpicos y 67 récords mundiales. El grandote estúpido ya era un notorio deportista. Desde años atrás, unos veinte Tarzanes ya se paseaban por la pantalla en taparrabos y a los gritos.

En 1929 Johnny debutó en el cine. Obviamente no fue el inicio de una gran estrella: interpretaba a Apolo en un film llamado "Paso a la belleza", tarea paralela a una campaña de publicidad de ropa interior. "Big Johnny" ya se despojaba de sus prendas. A comienzos de la década del treinta, contratado por la Metro, Tarzán comenzó a ser sinónimo de Weissmuller. Acompañado de Maureen O´Sullivan (la madre de Mia Farrow) en el papel de Jane y de la inseparable mona Chita (en verdad fueron ocho simios diferentes), el gran nadador y pésimo actor se ganó un lugar en el corazón de millones de espectadores. Apenas le bastó filmar una docena de películas. Entre gritos, golpes en el pecho, lianas, sonidos selváticos y la admiración del público, "Big Johnny" pasó los mejores años de su vida. Lo peor le estaba reservado para los últimos.

Su vida personal fue un desastre, con varios matrimonios frustrados (uno de ellos con Lupe Vélez, que se suicidó). Cuando en 1948 hizo su último film de Tarzán, la Columbia le ofreció interpretar a "Jim de la jungla", cuyos pantalones y camisa apenas disimulaban su gordura. Los años, por su lado, deterioraron su psiquis. Además los negocios le fueron como la mona (y no precisamente Chita); y acabó de recepcionista en un hotel de Las Vegas. En el cuarto en dónde se hospedaba comenzó a molestar a los vecinos con gritos nocturnos, que emulaban los selváticos de Tarzán. En una ocasión, sin razón alguna, hizo sonar la alarma de incendio. Estaba irremediablemente piantado. Tampoco lo aguantaron los otros enfermos cuando fue internado en un hospicio. Su última mujer, Marie, le leía las cartas que le llegaban de todos lados. "Big Johnny" había dicho varias veces que le gustaría morir en Acapulco. Varios infartos y sus gritos obligaron a su esposa a cumplirle el deseo. El 21 de enero de 1984, el Tarzán más famoso de la historia dejó de molestar con sus alaridos.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)