13 de julio de 2015

Félix Hoffmann o el amor de un hijo que cambió la historia


Por Humberto Acciarressi

Cuando a cualquiera habituado a la literatura se le pregunta por Hoffmann, inevitablemente piensa en el escritor y compositor prusiano, figura clave del romanticismo alemán con sus narraciones de terror psicológico y de suspenso (una de ellas, "El Cascanueces y el rey de los ratones" fue la base con la cual Tchaikovski hizo su célebre ballet). Este artista inquieto fue autor de los relatos famosos (conocidos como los "Cuentos de Hoffmann") y precursor de colegas suyos como Edgar Allan Poe y Theophile Gautier. Más aún, si se lo guglea, aparece en primer término (se trata de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, más conocido como E.T.A), y es seguido por Heinrich Hoffmann, el psiquiatra que investigó la esquizofrenia hacia mediados del siglo XIX, el mismo que en sus ratos libres escribía narraciones para chicos. Hay que buscar mucho para encontrar a otro Hoffmann, en este caso un tal Félix.

Hace unos años. la revista Newsweek investigó y llegó a la conclusión de que hay cinco inventos sin los cuales no se podría vivir: el automovil, la lamparita eléctrica, el teléfono, el televisor y la aspirina. Puede ser una lista arbitraria, como cualquiera. Pero vamos a quedarnos con esta arbitrariedad y no perdamos tiempo en lamentar ausencias. No hay cifras exactas, pero se considera que diariamente se consumen en el mundo 216 millones de comprimidos de aspirina. Hace un tiempo, se aseguraba que en los Estados Unidos - pastillas más, pastillas menos - se ingerían 16 mil toneladas del compuesto por año, guarismo que queda reducido a la nada si se considera la más escalofriante de las cifras: desde que comenzó a comercializarse en 1899, los seres humanos consumieron 350 billones de comprimidos. Pues bien: el inventor de esta pastilla fue el Hoffmann que es tan difícil de encontrar en Google.

Efectivamente, dejando de lado historias previas que remiten a cortezas de sauce e investigaciones de científicos de siglos remotos, el momento clave está registrado por Félix Hoffmann, el químico, que anotó el 10 de agosto de 1897 en su cuaderno de notas, la creación del ácido acetilsalecílico puro. Lo importante para esta anécdota es que no lo hizo gratuitamente, sino que dedicó años de su vida para hacer más llevadera la de su padre, a quien los dolores de una artritis reumática lo tenían incapacitado. El fármaco conseguido del proceso de acetilación del ácido salecílico se patentó y comercializó con el nombre de Aspirina el día primero de febrero de 1899. El 6 de marzo de ese mismo año, se lo incluyó con el número 36.433 en la lista de marcas comerciales de la Oficina Imperial de Patentes de Berlín. Señalo que hubo un nombre alternativo que alguien barajó para el producto: Euspirina. Una votación de la junta directiva de Bayer (el laboratorio entonces desconocido para quien trabajaba Hoffmann) optó por Aspirina en honor a San Aspirinus, obispo de Nápoles, considerado el santo de las cefaleas.

El inventor de este remedio citado en más de cien obras literarias célebres, vivió en el anonimato hasta su muerte el 8 de febrero de 1946. Lo que jamás hubiera imaginado Félix Hoffmann es que la aspirina, cuando los vuelos a la Luna estaban apenas en la imaginación de Julio Verne o Cyrano de Bergerac, iba a llegar al satélite en el botiquín de la nave Apolo XI en 1969. En la tranquila Suiza, ya jubilado, pasó varios años dedicado a un entretenimiento que nada tenía que ver - o acaso sí - con la farmacia o la química: la historia del arte. Personalmente busqué un episodio que ignoro: ¿logró mitigar los dolores del padre? Su historia es tan misteriosa que el dato no es fácil de encontrar, aunque me gusta imaginar que lo logró.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)