6 de mayo de 2015

Terremotos, volcanes, y . . . la vuelta de Gran Hermano


Por Humberto Acciarressi

No voy a negar que esta cuestión me sigue asombrando. El hombre, como dice el popular adagio, es el único animal que se tropieza dos veces con la misma piedra. En las escasas horas que tiene el nuevo Gran Hermano de la televisión argentina, ya se vieron las suficientes cosas como para afirmar que no hay nada por inventar. Analizar a dos periodistas televisivos relatando lo que hacen dos sujetos desconocidos en un gimnasio, de quienes para colmo no se oye ninguna conversación, es algo que escala el umbral de la última etapa del bizarrismo. Por más que uno lo intente, a esta altura ya no se puede añadir nada sobre esta nueva versión del Gran Hermano, salvo que quienes se someten a estos encierros voluntariamente, han perdido un tornillo en el incierto camino a la celebridad.

Ya hemos escrito mucho -y nunca será suficiente- sobre el Gran Hermano verdadero y siniestro de "1984", la fábula distópica de George Orwell, magistralmente llevada al cine con John Hurt, Richard Burton y Suzanna Hamilton. Ese mundo de horrores y controles dominado por la mirada de un Gran Hermano déspota y falaz, que adapta la historia a sus intereses e inventa falsos enemigos, fue tomado como modelo de este popular programa televisivo. Y una de las cosas que más llaman la atención no es que la gente se divierta con las bizarras "hazañas" de unos humanoides que aceptan ser encerrados en una casa y observados hasta en el baño. Lo realmente extraño es que -cuando aún ni siquiera se conocen los nombres de los participantes-, ya se leen comentarios en las notas de la web y en las redes sociales. Todo esto no hace más que indicar que la sociología tiene que inventar otra materia.

Hubo años en los cuales el Gran Hermano televisivo no tuvo la popularidad que si consiguió en otros. Hasta donde me informan, tampoco nunca fue un fracaso absoluto. Sin embargo, tal vez sea sintomático que durante cuatro años no haya estado en el aire. Ahora retorna por América y, otra vez, de la mano de Jorge Rial, como el personaje menos creíble de la televisión mundial. Este año, después de una gala de presentación en la que sólo faltó el presidente de los Estados Unidos, parece que se está preparando el asunto para tirar la casa por la ventana (aunque apenas, lamentablemente, metafóricamente). Lo malo de todo esto, además de ser un producto culturalmente pobretón, es que casi inevitablemente al final del ciclo habrá uno o dos mediáticos más, haciendo de las suyas en la pantalla chica vernácula.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)