16 de abril de 2016

Jean-Paul Sartre, invitación a escapar de la frivolidad


Por Humberto Acciarressi

En ocasiones, ser un pensador de moda y vender millones de ejemplares es una desgracia. Y no me refiero a quienes cultivan con entusiasmo los lugares comunes (un ejemplo típico, Pablo Coelho), sino aquellos que dejan huellas y abren surcos entre las malezas del camino del pensar. Hoy día, en momentos en que la gente se amiga con el pensamiento sencillo y los intelectuales se ponen a la retaguardia de políticos con menos lecturas que un hámster, no es ocioso recordar a Jean- Paul Sartre, muerto en 1980, precisamente un 15 de abril. En cierto sentido puede afirmarse que entre 1950 y finales de los 60, hubo pocas obras que hayan influenciado más que la suya, sea a favor o en contra de los paradigmas culturales de la época. En la actualidad hay quienes consideran perimido su pensamiento, pero ya en vida escritores como Juan Liscano opinaban que Sartre no era filósofo, mucho menos un gran escritor y que para colmo su narrativa no resistía la crítica. Otros lo alababan como si fuera un oráculo. Allá unos y otros.

Hoy puede decirse que el autor de "La Náusea" fue una víctima de los fanatismos, en gran parte por su sana costumbre de cosechar amigos y enemigos sin que eso le importara demasiado. Mientras muchos lo analizaban honestamente, otros se entretenían con su arribo a los arrabales del marxismo-leninismo, su desengaño del Gulag, su unión a Pablo Picasso y dos centenares de intelectuales y artistas para oponerse a la destrucción del Estado de Israel, o sus sesentistas adhesiones al maoísmo. Le pegaban por derecha y por izquierda, algo que también padeció su amigo y adversario Albert Camus (sobre quien escribió la más bella necrológica que yo recuerde cuando éste se mató con un auto, esas líneas que concluyen con la frase "el escándalo singular de esta muerte es la abolición del orden humano por irrupción de lo inhumano"). Pero hubo algo que pocos le toleraron a Sartre, incluso en silencio para no pasar vergüenza. Fue cuando renunció en 1964 al Premio Nobel, por considerar que aceptarlo significaba comprometer su integridad de escritor. Por mucho menos, en estos complicados tiempos actuales, hay quienes canjean su pensamiento a cambio de unas monedas o un lugarcito en oficinas estatales.

Obras filosóficas como su tratado más célebre "El ser y la nada", piezas teatrales como "Las moscas", su novela "La náusea", sus relatos, la serie inconclusa compuesta por "La edad de la razón", "El aplazamiento" y "La muerte en el alma", su tarea al frente de la revista Les Temps Modernes con su compañera Simone de Beauvoir, el magistral ensayo sobre Flaubert, "El idiota de la familia", son apenas algunas de las cosas que podemos mencionar sobre su permanente movimiento intelectual. En la obra de este hombre feo, bizco y de enorme talento, se encuentran los asuntos eternos de la humanidad: la soledad, la intransferible elección, la angustia, el desamparo, el fracaso, la muerte... Tendremos que coincidir que es demasiado para los devotos de las lecturas fáciles, las frases hechas y quienes escriben libros en una semana por urgencias editoriales.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)