15 de diciembre de 2015

Cuando hablar de arte es caer en la más cruda realidad


Por Humberto Acciarressi

No es para nada malo, incluso es saludable, salir un poco de la dura realidad cotidiana de tanto en tanto. El arte, en esos momentos y para muchos, es un buen refugio. Aunque Oscar Wilde afirmara -con bastante razón- que la realidad imita al arte. No viene al caso discutir esto, que hace rato está resuelto con miles de ejemplos, incluso con muchos que llegaron con disciplinas posteriores a la muerte del irlandés, como por ejemplo el psicoanálisis. Estos últimos tiempos, para la Argentina han sido tiempos convulsionados. Los caprichos de la mandataria saliente, Cristina Fernández, van tan a contramano de los verdaderos intereses del pueblo argentino, que dan ganas de pedir "trágame tierra" y llegar a las antípodas por la vergüenza ajena. Los malos tragos que le hizo pasar a la ciudadanía hasta último momento casi lo obligan a uno a refugiarse en algún libro y tratar de pasar rápido el mal trago. Es, como diría Bradbury, un buen remedio para melancólicos.

Entre los mejores libros de la literatura se cuenta "Alicia en el País de las Maravillas", esa obra cumbre de Lewis Carroll, quien también escribió diarios de viaje, tratados de matemática, cuentos, un casi inconcebible poema novelado o novela hecha poesía titulada "La caza del Snark", la continuación de "Alicia...", etc. Para escaparle a la dura realidad, decía, uno puede entrar una vez más en sus páginas y seguir las andanzas de la protagonista, del Conejo Blanco, del Sombrerero, del Gato de Chesire, de la Oruga Azul, o de la irritante, insoportable, arbitraria Reina de Corazones, quien "vive en estado de furia ciega" (no confundirla con la Reina Roja, que aparece en "A través del espejo y lo que Alicia encontró allí"). Siempre me impresionó como los súbditos de esta arpía de mal genio la alaban continuamente, le hacen reverencias y fingen no ver sus tropelías, como cuando grita "que le corten la cabeza" cada vez que no le gusta algo de alguien.

Hay varios momentos cumbres en la obra de Carroll. Por ejemplo, cuando Alicia encuentra a los jardineros de la Reina pintando de rojo miles de rosas blancas. Al ser interrogados por la protagonista, ellos responden con naturalidad que han plantado flores equivocadas y no quieren que la monarca se entere del error por miedo a sus represalias. Horrorizada por los maltratos de la reina a sus súbditos, Alicia -que casi siempre la enfrenta o directamente la ignora- no puede entender que algunas víctimas de los torturas cotidianas le digan que ella "lo imagina todo". Otra de las maravillas del libro es cuando se produce el proceso a la Sota de Corazones, que es tan ilógico que el veredicto se lee antes del juicio. En síntesis, la Reina -a quien finalmente, al crecer, Alicia observa como lo que es realmente es, un naipe más del mazo- es una déspota, controladora, maniquea, y sobre todo una narcisista intolerable. Pensándolo mejor, si uno quiere escapar momentáneamente de la realidad argentina, debería dejar a Carroll para otro momento.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)