15 de abril de 2014

Vayan tranquilos, por mí no se preocupen


Publicidades macabras sobre la mujer


Por publicidades como éstas, en la actualidad irían presos desde el dueño de la agencia hasta el más nuevo de los cadetes. Un rápido chequeo demuestra que abundaban, hasta los años 70, en países como Estados Unidos (ya hemos publicado algunas) y en España. Hoy hasta parecen bromas...macabras





Carro de prostitutas de la Primera Guerra Mundial


Tormentas de arena






Escape Velocity en el Festival de Coachella


La escultura "Escape Velocity", del grupo de artistas Poetic Kinetics, se eleva sobre los asistentes al Festival de Música y Artes de Coachella en Indio, California.


Buscan un récord que arde en Filipinas


En la imagen se observa a ciudadanos filipinos junto a velas encendidas, en un intento de establecer un nuevo récord mundial para la mayor imagen de fuego en la ciudad de Iloilo. Cientos de personas hacen fila en un campo oscuro, fangoso, para formar un mapa gigante de Filipinas con 56 mil velas.

Spiderman, candidato en la India


El entrenador de artes marciales Gaurav Sharma, candidato independiente para las elecciones legislativas del barrio de Lok Sabha, Bombay, India, hace su campaña trepando a los edificios y repartiendo volantes. Si esto ya de por sí es muy loco, además el tipo lo hace vestido con los colores de Spiderman, una de sus pasiones, y con el lema de "ventana a ventana", con lo que espera ganarle al "puerta a puerta" de los otros contendientes.

John Lennon por Andy Warhol


Una empleada de la casa de subastas Christie’s mira la obra de Andy Warhol “John Lennon - Red” (1985-86), que saldrá a remate el próximo 12 de mayo en Nueva York.

Carlos Gardel y el canto de los pájaros


Un clásico de Couperin en la Catedral Anglicana


Por Humberto Acciarressi

El clavecinista, compositor y organista francés Francois Couperin fue, junto a Jean Philippe Rameau, uno de los más importantes exponente del barroco peninsular. Nació, vivió y murió en Paris entre y durante 1668 y 1733, y era llamado Couperin el Grande para distinguirlo de otros miembros de su familia, pródiga en músicos desde sus antepasados hasta sus descendientes. Autor de numerosas piezas, muchas de ellas clásicas del género, hacia 1714 compuso -se presume que para las monjas de la Abadía de Longchamp -las "Lecons de ténébres" (Lecciones de tinieblas), una de sus veinticinco obras sacras. De estilo rococó (esa reacción dentro del Barroco contra la exageración), las "lecciones" fueron escritas para dos voces y contínuo.

Este miércoles, en la Catedral Anglicana San Juan Bautista (25 de Mayo 276), a las 20.30 con entrada libre y gratuita, interpretarán la pieza la soprano Graciela Oddone y la mezzosoprano Susanna Moncayo, acompañadas con el trío de clave, laúd y viola da gamba compuesto por Heléne Dauphin y Hernán Cuadrado, sumados al laudista y director checoslovaco Igor Herzog. Este último, una autoridad en la materia, dice al respecto: "El oficio de tinieblas, parte de la celebración de la Semana Santa, tiene su origen en el siglo VIII. Originalmente tenía lugar en la madrugada de los días jueves, viernes y sábado, consistiendo en declamación con forma de canto llano de las lamentaciones del profeta Jeremías, referidas a la destrucción del templo por las tropas del rey Nabucodonosor".

En la presentación de este miércoles se respetará el formato clásico de las interpretaciones. Con la sola iluminación de las velas, éstas se van apagando mientras avanza la obra, hasta evocar las tinieblas aludidas en el título. El propio director recuerda que los cirios se extinguían en un candelabro de quince velas, que representaban a los once discípulos fieles, las tres Marías y Cristo. "Este factor visual -expresa Herzog- contribuyó seguramente a la creciente popularidad del evento, al punto que en el siglo XIV se dio paso a la celebración en horario vespertino del día anterior para facilitar la concurrencia de público". Y añadimos nosotros: aquel fenómeno musical y lumínico que se podía contemplar hace varios siglos, ahora es lo que podrán presenciar los espectadores este miércoles en la Catedral Anglicana.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)


12 de abril de 2014

Fin de partida, el teatro, el afecto, según Alcón

Alfredo Alcón: la muerte que enluta a la cultura


Por Humberto Acciarressi

Era hijo único de una viuda. Pertenecía a una familia pobre de Liniers y Ciudadela. Cuando su madre y su abuela dormían las siestas usuales en la década del 30, él subía a la terraza e improvisaba con las sábanas que se secaban al sol, las togas de personajes imaginarios de obras no menos fantásticas salidas de su imaginación. Extrañaba al padre muerto, que tocaba Bach con el bandoneón, y a quien una noche recién comenzada le pidió la Luna. El papá de Alfredo Alcón, quien acaba de morir dejando un inmenso hueco en nuestra dramaturgia, fue al fondo de la casa, subió una escalera e hizo como que agarraba nuestro redondo y blanco satélite artificial. Pero el chico no se quedó conforme: lo quería de verdad. Años más tarde, Alcón diría que toda la vida siguió buscando la Luna.

El cine, la televisión, pero fundamentalmente el teatro, lo tuvieron como uno de los más importantes protagonistas de los últimos cincuenta años. Tímido, bueno como el pan caliente de las madrugadas, con un genio que superaba largamente el de todos quienes lo rodeaban, con una sensibilidad pocas veces vista en una persona, siempre agradecido de quienes le enseñaron y de los muchos que aprendieron de él, Alfredo Alcón fue -como pocos- un ejemplo de actor y ser humano integral. De no muchos se puede decir eso. Enamorado del trabajo, ya enfermo del cáncer que lo mató y con 84 años encima, el año pasado dirigió y actuó en "Final de partida" de Samuel Beckett, junto a Joaquín Furriel, quien consultado por la muerte del gran actor expresó compungido algo extraordinario: "Si tuviera que poner en un curriculum haber trabajado con él, no podría hacerlo porque no está dentro de lo convencional".

Nunca -y entiéndase "jamás" - ahorró elogios hacia sus compañeros. Hace unos tres años, más o menos, trabajó con Guillermo Francella en "Los reyes de la risa", de Neil Simon. Esa dupla se formó por iniciativa de Alcón, quien admiraba al colega por la serie "Casados con hijos". "Lo veía actuar en televisión y siempre me parecía que era un actor de una imaginación, de una finura, de una expresividad realmente maestra", expresó entonces el maestro de actores. Así fue siempre con todas y todos, desde quienes subían al escenario como de esos que quedan detrás de bambalinas.

De sus actuaciones en cine, televisión y teatro (quiero decir de las películas y obras en las que trabajó) se están escribiendo en estos momentos centenares de cosas. Cabe lo mismo sobre los premios nacionales e internacionales que consiguió por su labor en las tablas. Digamos que ver a Alcón era, sobre cualquier otra cosa, magia pura. James Whistler enunció una frase célebre: "El arte sucede". Con este actor impar ocurría eso. En todas las obras de Lorca, Sartre, Beckett, Ibsen, Arthur Miller, John Osborne, Eugene O´Neill, Tennessee Williams, Marlowe, Pirandello, en fin, en cualquiera que interpretase o dirigiese, era inconcebible no sentir lo que el propio autor quiso expresar en el momento de escribirla. Con las piezas de Shakespeare tuvo, como señalamos, una relación especial. "El es como la Capilla Sixtina, como los Andes, es más grande y está más vivo que cualquiera, y dentro de 500 años se seguirá hablando del rey Lear y nadie se acordará de mí ni de ninguno de nosotros. El creador de Hamlet, como Leonardo Da Vinci, tenía mirada de eternidad". No es casual que a los once años ya leía a Shakespeare -de quien dijo que "no escribía para intelectuales"- y de quien interpretó decenas de obras en los más importantes teatros de la Argentina y Europa, especialmente España.

Casi ausente de los medios, más ocupados de mediáticos y multimillonarios de la farándula, Alfredo Alcón decía que no era feliz, simplemente porque no creía en la felicidad sino en la alegría. "Nosotros sabemos que la película termina mal: nos vamos a morir todos", dijo en una oportunidad. Y añadía que sin embargo nos reímos, contamos chistes, hablamos de mañana, tenemos sueños y proyectos, e inventamos lo más exquisito creado por el hombre que es el humor. También señaló en una ocasión que la muerte le daba curiosidad y que le parecía cursi "eso de la luz al fin del camino". Este ser humano imprescindible de la cultura argentina y latinoamericana ya ha muerto. Era tanta su sencillez, su humildad, que jamás se hubiera imaginado que sería velado en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)





Jack London y la Huelga General


Por Humberto Acciarressi

Jack London, además de uno de los escritores más influyentes de fines del siglo XIX norteamericano y un referente de varias generaciones de lectores con novelas como "Colmillo blanco" y "La llamada de la selva", fue un aventurero, un soñador que recorrió los ríos como marino, las praderas de Estados Unidos como cow-boy, las fronteras como contrabandista, luego se hizo "policía pesquero", anduvo por Alaska en busca de oro y se hizo boxeador (y después escribió relatos sobre su experiencia). Y en medio de vida tan tumultuosa, no le faltó tiempo para publicar, por lo menos, cincuenta libros, algunos de ellos memorables. Murió en noviembre de 1916, a los 40 años. Siempre se dijo que fue un suicidio, pero nuevas teorías (sólo eso) ponen en duda el episodio.

Sin ser un socialista desde el punto de vista intelectual, lo fue desde la mera práctica. Y esto se expresó en una novela casi desconocida, "El talón de hierro", una fábula futurista premonitoria del fascismo, en la que se describen los engranajes y los mecanismos de un estado totalitario moderno. Y eso mucho antes que "1984" de Orwell u otros relatos emblemáticos de la distopía, incluso que a alguien se le pasara por la cabeza de algo llamado fascismo. Hay que hacer notar -ya que es de vital importancia en la historia de la literatura e incluso de las ideas- que "El talón de hierro" fue publicada en 1908. Faltaba, asimismo, una década para la Revolución de Octubre.

Pero London -un verdadero maestro del cuento corto y del realismo social- escribió unas piezas conmovedoras por sus descripciones. Por ejemplo "Por un pedazo de carne" (que narra lo que hace por subsistir un viejo boxeador), "El chinago" (que aborda las condiciones de esclavitud de los chinos en las plantaciones inglesas de algodón, en Tahití), "Una invasión sin paralelos" (en dónde manifiesta su preocupación por el imperialismo chino), "Cara de Luna", "La hoguera", entre otras. Hay una narración, sin embargo, que está entre las mejores del género, sea por su contundencia como por su sencilla brevedad: "La huelga general", en inglés "The Dream of Debs".

En este corto relato -del que se dice que anticipó la huelga general de San Francisco de 1934, es decir dos décadas después de su muerte - los obreros, cansados del poder representado por el gobierno, los jueces, la policía y los políticos, resuelven demostrar que sin ellos la sociedad es inviable. Pero cuando Jack London lo publica en 1909, no lo hace mediante los clishés del realismo socialista, sino mostrando los estragos que las medidas de la huelga tienen en la forma de vida de un grupo de amigos poderosos. "El ruido de la gran ciudad había desaparecido misteriosamente. El transporte de superficie por mi calle a esta hora del día era de un promedio de un tranvía cada tres minutos; sin embargo, en los diez minutos siguientes, no pasó ni uno solo". A esto sigue el desasosiego, cuando el sirviente le comunica al narrador que no hay pan, ni leche y que a partir del día siguiente no habrá diarios. Lo lógico en cualquier huelga. London, incluso, hace que su personaje se tome casi en broma el acontecimiento. Y ese sarcasmo sólo puede explicarse con lo que Henry Miller dijo de él: "No hallo otro escritor americano de igual coraje y de más fiera energía en América".

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)




En el centenario de Marguerite Duras


Por Humberto Acciarressi

"Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó.Se dio a conocer y me dijo: la conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud. Su rostro de entonces me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado". Así nos introduce Marguerite Duras en "El amante", una de sus obras más famosas aunque no la mejor, y con uno de los comienzos más célebres de la literatura. Gracias a ese libro, su autora obtuvo el premio Goncourt de 1984, la traducción a cincuenta lenguas, la venta de más de tres millones de ejemplares y una película mediocre de Jean-Jacques Annaud (a diferencia de "Hiroshima, mon amour", llevada a la pantalla, magistralmente, por Alain Resnais, cuyo guión escribió ella misma).

Hace unos días, el 4 de abril, se cumplió un centenario del nacimiento en la aldea Gia Dinh, en las afueras del Saigón francés, de Marguerite Duras, cuyo verdadero apellido era Donnadieu. Con los años, la vietnamita francesa se iba a convertir es una de las más fecundas escritoras (es imposible recordar todos sus títulos, ya que sus novelas y obras de teatro superan las cincuenta) y directoras de cine de Francia. Para que su obra estuviera atravesada por la pasión, antes debió estarlo su vida, Tuvo un hijo que murió a los tres años con su marido y otro con su amante, pero en esos tiempos estaba embarcada en la lucha contra el invasor nazi como integrante de la Resistencia Francesa (sobrevivió a una emboscada letal gracias a la ayuda de quien luego sería presidente de Francia, Francois Mitterrand). Cuando concluyó la guerra se afilió al partido Comunista, pero era demasiado díscola y la expulsaron en 1955.

Más de una década más tarde de esos sabores y sinsabores, Marguerite andaba levantando barricadas durante el Mayo Francés. El alcoholismo casi no le dio tregua y en medio de sus tragedias -que se tomaba de muy buen modo y mucha gracia- escribía y dirigía como una poseída. La leyenda cuenta que su primer libro, "La impudicia", fue editado porque ella amenazó con suicidarse si no lo veía en letras de molde. Cuando un cáncer de garganta la llevó a la muerte en 1996, seguía flirteando con un amante que le hizo menos dolorosos sus últimos tiempos, e incluso le inspiró libros. Solía decir que "escribir es tratar de saber lo que uno escribiría si escribiera". Para ella era más importante que comer.

"Un dique contra el pacífico", "Los caballitos de Tarquiria", "Moderato Cantabile", "El mal de la muerte", "La vida tranquila", son apenas un puñadito de los libros que pueden destacarse entre su prolífica obra. Cuando alcanzó a ver editado el último, "Eso es todo", ya había pasado del existencialismo y el nouveau roman a una melancolía conmovedora. Marguerite Duras fue una de las pocas autoras que entrelazaron su vida y su obra de una forma que casi no se distingue la frontera entre una y otra, En una oportunidad escribió que "el mejor modo de aprovechar el tiempo es gastándolo". Está sepultada, rodeada de otros grandes como Tristan Tzara, Julio Cortázar, César Vallejo o Carlos Fuentes, en el Cementerio de Montparnasse.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)


9 de abril de 2014

Fellini, el genio del cine y su pasión por la historieta


Por Humberto Acciarressi

No es novedad que desde muy chico, como casi todos los italianos (y esto apenas para remitirnos a su patria, ya que el fenómeno es global y nos lleva a cualquier escala social), Federico Fellini fue un fanático de las historietas gráficas, un devorador de las narraciones en cuadritos. La estética de sus posteriores y geniales películas tienen mucho de esa pasión infantil por el "fumetto", e incluso el nacimiento de las mismas, ya que -lo cuenta en sus memorias y lo confirman actores y colaboradores- siempre dibujó a los personajes de sus films. Más aún, el maestro realizaba bocetos gráficos de las personas que iban a sus audiciones, de sus atuendos y sus rostros, de sus movimientos y sus tics, para después dar vida a sus creaciones para la pantalla. Durante su juventud, Fellini llegó a ser guionista de Flash Gordon cuando el fascismo italiano prohibió el ingreso de las historietas norteamericanas, y hacia el final de su vida, junto con Milo Manara (un genio de la historieta y un admirador febril del director de "8 y 1/2"), volvió a sus comienzos y escribió guiones y trazó líneas sobre películas que no tuvo tiempo de concretar.

A mediados de la década del ochenta, mientras muchos de sus contemporáneos subestimaban las historietas, Fellini escribió: “El mundo del cómic podrá prestar generosamente al cine sus escenografías, personajes e historias, pero no su atractivo más secreto e inefable, que es el de la fijeza, la inmovilidad de las mariposas clavadas con un alfiler”. En una entrevista contó después del estreno de "Amarcord" en 1973: “Para mí, las historietas son un punto de referencia. Una visión desde donde desarrollar las situaciones, como una fábula pero real. Perdonen que me cite a mí mismo, pero en Amarcord intenté reconstruir el sobrio encuadre de los grandes dibujantes norteamericanos de los años ‘30, principalmente Winsor McCay”. Eso que llamamos "fellinesco" tiene mucho de las historietas y, naturalmente, de otra de sus pasiones de chico: el circo.

En estos días y hasta el 18 de mayo, en el Museo del Humor (Avenida de los Italianos 851), es decir la ex Confitería Munich, hay un conjunto de trabajos que aúnan el cine y los dibujos del cineasta, en la muestra "Fella x Fefé". Alli se exponen 47 reproducciones, afiches y fotografías del propio Fellini, y uno puede verificar por sí mismo lo que aquí anotamos. Los mismos son acompañados por el cortometraje "El largo viaje" (1997), que anima los diseños del artista, con guión y narración de otro grande, Tonino Guerra, poeta y guionista de "Amarcord". Y para redondear la fiesta visual, aquellos que visiten la exposición los sábados, a las 19.30 se proyectarán clásicos del cine de este creador inclasificable.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)