17 de mayo de 2016

Los decisivos años argentinos de Witold Gombrowicz


Por Humberto Acciarressi

El 21 de agosto de 1939 a bordo del vapor Chorbry, Witold Gombrowicz llegó al puerto de Buenos Aires. Casi nadie asocia este arribo a un hecho fundamental: una semana más tarde, su patria polaca era invadida por las tropas de Hitler y con la declaración de guerra de Francia e Inglaterra, se iniciaba el infierno de destrucción y muerte que se iba a extender hasta 1945. Cuando Witold llegó a la Argentina ya había escrito la colección de cuentos "Memorias de la inmadurez o Bakakai", la obra teatral "La princesa Yvona de Borgoña" y "Ferdydurke", que para Carlos Fuentes es una de las diez mejores novelas del siglo XX. Sin embargo, la verdad es que el escritor no era conocido ni en Europa ni en América, y sus colegas polacos lo despreciaban. Nuestro país, siempre el sueño de muchos literatos y más en esa época, no le resultó amable. Para el círculo que rodeaba a la visionaria Victoria Ocampo le resultó insufrible el trato hostil de Gombrowicz.

En el prólogo de la edición argentina de "Ferdydurke", de 1964, Ernesto Sábato lo recuerda: "Era un individuo flaco, muy nervioso, que chupaba ávidamente su cigarrillo, que desdeñosamente emitía juicios arrogantes e inesperados. Parecía helado y cerebral". Ese hombre que a pesar de todo se instaló en el país (con esa rasgo típico de los extranjeros que nos critican y viene a "sufrir" entre nosotros; y me viene a la memoria el fundador de "Sumo", Luca Prodan), tuvo la suerte de cultivar la amistad del cubano Virgilio Piñera -también residente en Buenos Aires-, de Adolfo de Obieta (hijo de Macedonio Fernández), Arturo Capdevila y Carlos Mastronardi, entre otros. Ellos lo ayudaron a traducir sus obras al español, cosa que Gombrowicz siempre agradeció.

Witold había nacido en una miserable aldea de Polonia, aunque en el seno de una familia noble. Cursó estudios de Derecho en Varsovia, vivió brevemente en Paris y se vino para Buenos Aires atraído por la capacidad argentina de nutrirse de otras culturas. El escritor se quedó un cuarto de siglo sin entregarse a las añoranzas, sino a la crítica a los intelectuales de su país natal, y algunas a los locales, incluyendo a Borges, con quien mantuvo una cena desastrosa en la que no lograron congeniar. Algunas de sus obras como "Los hechizados", "Trans-Atlántico", "Pornografía" o "Cosmos" recién ahora pueden encontrarse en las librerías. Su raid argentino culminó sin despedidas a comienzos de los sesenta. De su paso por estas tierras queda su "Diario argentino". La Polonia comunista lo puso en sus listas negras. Su muerte, acaecida en 1969 en Francia, pasó inadvertida para el mundo. Y Buenos Aires no fue la excepción. Para entonces trabajaba en la Fundación Ford.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)