31 de mayo de 2016

Lichtenstein, el arte salido del envoltorio de un chicle


Por Humberto Acciarressi

En 1957, cuando ya se gestaba la revolución cultural de los años 60, al hombre se le ocurrió algo tan novedoso que hasta parece simple, o tan visible que es extraño que otro no lo haya visto, como en el cuento "La carta robada" de Edgar Allan Poe. Roy Lichtenstein tenía 34 años cuando empezó a experimentar con imágenes tomadas de las historietas de los papeles para envolver chicles, trabajados con la técnica de puntos y colores brillantes de las tiras cómicas. Fue de esta manera que este neoyorkino creó una suerte de fotograma instantáneo desprovisto del argumento del comic tradicional, aunque de inusitada potencia visual. Sin embargo fue ignorado. Entonces y más tarde, aunque su obra se convirtió en un emblema del pop, el excentricismo, el peluquín y los humos psicodélicos de Warhol se llevaron las palmas.

Mientras otros se codeaban con la celebridad, Lichtenstein prefirió ser el hombre invisible. Y para cumplir con esto huyó de los reflectores y las poses que marcaron aquellos años de quiebres culturales. Era una manera de provocar aunque en muchas oportunidades los provocados no se dieran cuenta. Su obra traza una línea casi perfecta entre dos momentos, lo que llevó a decir que Lichtenstein comenzó haciendo arte del comic (con sus cuadros basados en historietas) y terminó haciendo comic del arte (reinterpretación de otros pintores). Lo suyo fue una ironía fresca y lúdica. En 1994 se le dedicó la mayor retrospectiva de su vida y él se escondió entre las sombras. Una vez sostuvo: "Intenté hacer un tipo de arte tan despreciable que nadie se atreviera a colgarlo en una pared". Y nada deja entrever que le haya molestado cuando la revista Life se preguntó "¿Estamos ante el peor artista de América?".

Encandilado por el poder hipnótico de las imágenes representadas en el comic, sus cuadros, que en los 60 y 70 parecían destinados a la fugacidad de lo inmediato, hace rato saltaron a los museos. La obra de Lichtenstein identifica una época que aún dura, al darle carácter monumental a los "cuadritos" mínimos de las historietas. En muchos sentidos fue un adelantado, y para eso basta echar un vistazo a las películas y series entrelazadas con los comics. Su inocultable vocación por la experimentación lo llevó a "reescribir" las imágenes ofrecidas por ese mundo tan subestimado de los "mass media". En los últimos años de su vida repartió su tiempo entre su faceta más icónica, las esculturas y las instalaciones. En 1997, después de varias semanas de mejorías y recaídas, lo mató una neumonía. El arte ya estaba en deuda con él desde mucho tiempo antes.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)