11 de mayo de 2016

Las dos pasiones de Boris Vian, que eran muchas más


Por Humberto Acciarressi

De viaje por los Estados Unidos,a fines de la década del 40, Boris Vian escribió en un alto de su recorrido: "En realidad, sólo existen dos cosas importantes: el amor en todas sus formas con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington. Todo lo demás debería desaparecer porque lo demás es feo". Y en este sentido hay que recordar que hizo crítica de jazz en "Combat", dirigido por Albert Camus. O que el propio Sartre, que ignoraba sin pudores el jazz, le pidió a Vian que lo llevara a recorrer cabarets en los que se ejecutaba la música sincopada. El filósofo existencialista quedó tan indignado que dejó de pedirle a su amigo artículos para "Les Temps Modernes". Y no sólo de jazz. De ese episodio quedó registro en "La espuma de los días" de Boris Vian. Pero saliendo de la música y de las mujeres, las palabras del patafísico no parecen coincidir con los días de su corta vida, que se extendió desde 1920 hasta su muerte en 1959, cuando asistía a la privada de la adaptación cinematográfica de su novela "Escupiré sobre sus tumbas".

De manera simplificada, la verdad es que Vian hizo de todo con gran entusiasmo. Fue novelista, poeta, actor y músico. De su agitada vida sobresalen algunos hitos. Siendo chico tuvo tifus y fiebre reumática (lo que lo condicionó para el resto de sus días); arrastró siempre problemas del corazón; su padre fue asesinado en su casa por unos ladrones; obtuvo un título de ingeniero; su pasión por la música lo convirtió en un gran ejecutante y cantautor; fue un hombre cautivado por la actuación; se hizo amigo de personajes como Raymond Queneau y Jean Rostand; frecuentó a los grandes del jazz. Y en ciertas oportunidades - como cuando ciertos libros se convertían en un éxito- solía pasar inadvertido, ya que llegó a utilizar unos cincuenta heterónimos. Un ejemplo es el de "Escupiré sobre sus tumbas", la novela que ya mencionamos. Boris lo firmó con el seudónimo de Vernon Sullivan, un presunto escritor norteamericano, que, al estilo de Salinger varios años más tarde, no sólo era reacio a conceder entrevistas y dejarse sacar fotos, sino además de viajar a Francia. Como "traductor" de la novela figuraba un tal "Vian", a secas. Era un loco lindo.

Hay cosas que todos saben, especialmente dadas a conocer cuando ya habían pasado varios años de su muerte. Vian escribió "El arrancacorazones", "La espuma de los días", "El otoño en Pekin" o "La hierba roja". Además múltiples obras de teatro (entre ellas "La merienda de los generales" o "El último de los oficicos"), u otras que luego fueron adaptadas, entre ellas la inquietante tragedia burlesca titulada "Los constructores del imperio". Al margen de sus colaboraciones para Camus, Sartre y otros intelectuales, o de sus canciones ("El desertor", su mayor éxito), fue un "sacerdote" de la Patafísica postulada por Alfred Jarry y de todo lo que entraña "la ciencia de las soluciones imaginarias". Por eso su propia vida parece contradecir su aseveración mencionada al comienzo de estas líneas, esa que decía que salvo las mujeres y el jazz de Nueva Orleans nada vale la pena porque es feo

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)