26 de mayo de 2016

La vida de Emile Zola, entre el drama y la gloria


Por Humberto Acciarressi

El nacimiento, la vida y la muerte de Emile Zola fue, en argot porteño, un verdadero despiole. Abuela griega, madre francesa y un padre italiano, arquitecto delirante, que murió cuando quería llevar el agua de una montaña a la ciudad de Aix. Tartamudo y un vago en toda la línea, para colmo huérfano, el único amigo que consiguió en los recreos del colegio fue otro genial desclasado: Paul Cézanne. Pero casi nadie sabía que el sueño del joven Emile era convertirse en escritor. Cuando ingresó en Hachette como empaquetador de libros se sintió cerca de su máxima ilusión, incrementada cuando pasó al área publicitaria como redactor. Con una fama minúscula por algunos cuentos breves publicados en ignotas revistas, conoció y se casó con Alejandrina Mesley, una morocha de ojos negros abandonada por su amante. Por esas cosas del talento mezclado con la suerte, Zola se hizo millonario escribiendo para los pobres. Se volvió neurótico e hipocondríaco. Y se dedicó a comer con pantagruélica voracidad. Jacques Robichon, con perversidad biográfica, registró en 1888: "El vientre de Zola mide 114 centímetros".

Con gran temor de no tener descendencia ya que su esposa no podía ser madre, el escritor no anduvo con vueltas. Se puso a dieta con el único objetivo de seducir a la sirvienta de su casa, Jeanne Rozerot, con quien tuvo dos hijos en un departamento que le alquiló pese a las críticas de Alejandrina, que se acostumbró a ser la primera en la casa y la segunda en su corazón. Zola, mientras escribía, vivía cómodamente esa doble vida, especialmente cuando su esposa legalizó a los hijos de su rival (Denise y Jacques). A Alejandrina, el escritor le mandaba cartas que comenzaban con un "mi querida esposa", a Jeanne se dirigía como "mi predilecta". Así todos llegaron a las primeras horas del 30 de septiembre de 1902, cuando Cézanne fue informado de la muerte de su amigo.

El escritor y su esposa, que habían retornado de un viaje, le encargaron a un sirviente que encendiera la estufa de la habitación. A medianoche, el ayuda de cámara y el escritor se sintieron mal, pero no llamaron al médico. Después se elucubró la leyenda de un crimen suscitado por la participación del escritor en el affaire Dreyfus. Cuando un cerrajero abrió la puerta a las diez de la mañana del 29 de septiembre, Zola ya estaba muerto. Su esposa recobró el conocimiento y se enteró de la tragedia horas más tarde. El drama real de su esposo -sobre cuya obra literaria no tratamos en esta columna- ya lo conocía desde mucho antes.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)