4 de mayo de 2016

Ernesto Sábato aún molesta a cinco años de su muerte

FOTO DE SABATO TOMADA POR EL COMPAÑERO Y AMIGO EDUARDO LONGONI
Por  Humberto Acciarressi

Hubo una época de la Argentina en el que estuvo de moda criticar a Borges, no por sus opiniones políticas (a la luz de la historia mucho más sabias que la de sus detractores) sino por su literatura. Lo bueno de tener algunos años más que otros es que sirve para verificar quién queda y a quién se lo traga el olvido. Casi no recuerdo a nadie de quienes tenían hacia él ese entusiasmo parricida adolescente que también afectó a Julio Cortázar, a partir de las críticas por vivir en Paris que recibió en una revista célebre. Obviamente el recordado es Borges, que en la actualidad apenas es criticado por algunos bobos con corbata que se hacen los punks o posan de originales en un ámbito donde la originalidad está reservada a pocos. Un caso similar ocurrió con Manuel Puig, con Sara Gallardo, con Héctor Murena, con Mujica Lainez, con Marechal, con Marco Denevi y otros grandes escritores argentinos que no gozaron, como algunos semianalfabetos, de la gracia de ser considerados "de culto"(se llama "de culto" a todo eso que cuando pasa de moda es olvidado por aquellos que "lo cultivaban").

Ernesto Sábato, de cuya muerte se cumplen cinco años, se pasó las últimas etapas de su centenaria vida padeciendo esa misma injusticia. Con todas las críticas que se le pudieron hacer - como en el caso de Borges en materia literaria y política- fue un peso pesado de las letras argentinas, de esos que le están haciendo falta a nuestro país, abundante en cantidad y bastante pobre en calidad. En su escasa obra literaria sólo se contabilizan tres novelas: “El túnel” (1948), “Sobre héroes y tumbas” (1961) y “Abaddón el exterminador” (1974). La primera, más cercana a lo que los franceses llaman una nouvelle, en la que Sábato supo combinar la intensidad del cuento y el desarrollo del relato. El libro por el que será recordado fue "Sobre héroes y tumbas", una obra que parece esas mamushkas que encierran una muñeca dentro de otra, incluso cuando ya no es posible. La tragedia de Alejandra y de su padre, Fernando Vidal Olmos, deben verse además a la luz del Informe sobre Ciegos y del relato del viaje del cuerpo acribillado y muerto de Juan Lavalle, llevado en huida por los escasos soldados sobrevivientes de su ejército, con las lanzas rosistas quemándoles los talones.

Su "Abaddón..." es el equivalente a "El libro de Manuel" de Cortázar: novela demasiado panfletaria y bastante confusa, que nada tiene que ver con la anterior, de la que algunos quisieron ver una continuación. Decenas de libros de ensayos ("El escritor y sus fantasmas", "Uno y el universo", "La cultura en la encrucijada nacional", etc), completan una gran obra que posee ese nosequé de cuestión inconclusa que no desentona con su existencialismo visceral. En sus últimos años reinvindicaba la lucha no violenta, gandhiana, los movimientos de resistencia pacífica. Curiosamente, este hombre amargado, malhumorado, que abjuraba de la ciencia en la que se formó y entusiasta del poder de la locura de un Holderlin a orillas del río Neckar, no era un pesimista. Por eso expresaba que las utopías son futuras realidades. Borges no entendía cómo había dirigido la Conadep o trabajado en lo que la historia conoce como el Informe Sábato y que reúne los casos más siniestros cometidos durante la dictadura militar. El asunto con Sábato no es que no guste, sino que molesta. Y eso para algunos es grave.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)