19 de mayo de 2016

Cuando el teléfono es la antesala del manicomio


Por Humberto Acciarressi

Alguna vez lo definimos como una plaga violatoria de las normas que protegen los datos personales, especialmente en la Argentina, pionera en el tema con la reforma constitucional de 1994, primer país de América latina en sancionar una ley (la 25.326) y segundo en todo el continente después de Canadá. Ahora - a pesar de la existencia de un número, el 146, del Registro Nacional No Llame- todo ha empeorado. A las horas más insólitas, empresas, servicios, bancos y funcionarios te llaman a tu teléfono o a tu celular para ofrecerte cualquiera de esas cosas que no te interesan en absoluto. Y lo peor es cuando el llamado te llega desde el extranjero (vía compañías multinacionales), en la voz de un telemarketer de Ecuador, Perú o Colombia, que jura no saber que en nuestro país son las 4 de la madrugada, hora en la que se suele dormir. Honestamente no tengo nada personal contra ellos, trabajadores como cualquiera de nosotros, aunque no se puede negar que son las personas más odiadas del mundo luego de Donald Trump.

Entre los trucos para cortarles el chorro a estos vándalos telefónicos, el más simple es hacer silencio y colgar, aunque no es el mejor, ya que intentarán de nuevo, una y otra vez. Una variante es decir con tono doliente cuando preguntan por vos: "Murió hace quince años" o "Está en la cárcel de Ezeiza con perpetua por delitos múltiples". El "No oigo nada, estos teléfonos están cada vez peor", o sostener que uno es un pintor que trabaja en la casa aprovechando un viaje a Asia de los dueños también son alternativas. Conozco gente que se ha puesto a cantar, o se ha hecho pasar por el oficial a cargo de una comisaría, o directamente a balbucear en extrañas lenguas. Claro que nada de esto impide que tengas que atender el teléfono fijo o el celular, y no siempre uno está inspirado para salir airoso en la defensa del atropello. Pero existe una ley natural: todo infierno tiene uno que es peor.

Ignoro lo que ocurre en otros países, a pesar de sospechar que es más o menos lo mismo. Me refiero al interés inverso al castigo del que vengo hablando. Es decir, cuando sos vos quien se quiere comunicar con una empresa o servicio para reclamar algo por lo que pagás religiosamente. Hasta hace unos años, generalmente te atendía un ser humano y aunque sea se tomaba el trabajo de engañarte amablemente. Hoy no. Primero te atiende la voz metálica de una grabación que te cuenta todos los beneficios de utilizar ese servicio. Después te aconseja visitar la web y tengo la sospecha que en cualquier momento te van a recomendar una pizzería o un radio-taxi. Cuando vos ya estás bastante irritado, comienza: "Si quiere tal cosa, marque 1", "Si quiere tal otra, marque 2"; y así hasta límites intolerables. Luego de esa enumeración criminal, la voz grabada te informa: "Caso contrario espere que será atendido por un operador". A los 10 minutos que ya perdiste le tenés que añadir cinco más oyendo una música insufrible, hasta que la máquina te informa sin ningún rasgo de compasión: "En este momento todos nuestros operadores están ocupados. Llame más tarde". Siempre pienso que para redactar esta pesadilla, Kafka se hubiera declarado incompetente.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)