9 de abril de 2016

La historia de un libro que se hizo interesante por su leyenda


Por Humberto Acciarressi

Hace unos cuantos años le dediqué una larga nota a autores y libros misteriosos en los Cuadernos de Némesis. Uno de ellos era Johannes Trithemius, sobre cuya existencia se dudó mucho y ahora ya casi no queda nada de esos interrogantes, salvo que no se conoce mucho sobre él. Había nacido en Alemania, se consagró monje (de hecho se lo conoce como el abad Tritemo), era aficionado a la magia, fue asesor astrológico del emperador Maximiliano I, es autor de varias obras que de tan desconocidas se han publicado textos inventados a los que se le han puesto los títulos que se le atribuyen al monje. Este sujeto, entre tantas locuras que se le endilgan, contaba que durante un sueño se le apareció un ser angélico, que le dictó un texto de un libro llamado Esteganografía, que se publicó en 1500, tuvo una reedición en 1606 y ya estaba incompleto, y que casi nadie vio jamás.

Hay que destacar, sin embargo, un hecho que parece confirmar que algo existió. El Santo Oficio, con fecha 7 de septiembre de 1609, prohibió la obra del abad Tritemo. Y aunque en esa época mucho era censurado de oídas y por si las moscas, demos por válida la existencia de la obra. Si el libro fue poco conocido, eso no impidió que muchos comedidos y falsos magos (hoy los llamaríamos chantas, en argot porteño) hayan ido a parar de cabeza a las piras de la Inquisición por el sólo hecho de alardear de la posesión de esta obra. Para quien no lo sepa informemos que, según se decía, revelaba las claves de una escritura secreta y permitía manejar a las personas a distancia. Alguien que dice haber visto la Esteganografía es uno de los sujetos más atrayentes de todos los tiempos: John Dee, matemático que concibió la idea del meridiano único, el de Greenwich. Además fue un experto en literaturas clásicas, fabricó autómatas que se paseaban por los salones reales ingleses y fue seducido por la idea del viaje en el tiempo. Luego cayó en desgracia acusado de “conspiración mágica” (¿?) contra María Tudor.

Alguna vez señalé que sobre Dee aún no se ha escrito lo suficiente. El tipo contó que una noche de 1581 se le apareció un ángel y le entregó un espejo negro, mediante el cual podía comunicarse con seres de otros mundos. El científico tomó notas de sus charlas y las volcó en varios manuscritos en los que describe el lenguaje “enoquiano”. Parece una pavada, aunque simpática. Al darse cuenta que necesitaba ayudantes contrató a dos vivillos que lo dejaron en la miseria. Acudió a la reina Isabel, a quien le confesó que era alquimista. La monarca, nada lerda, cortó por lo sano: le dijo que si podía transmutar cualquier metal en oro, se hiciera lo necesario para poder terminar sus días dignamente. Algunos críticos consideran que Dee, contemporáneo de Shakespeare, fue quien inspiró a Próspero, el personaje de “La tempestad".

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)