3 de abril de 2016

El desafío de reconstruir la legendaria Palmira


Por Humberto Acciarressi

Desde que el extremismo islámico tomó la legendaria ciudad de Palmira hasta que días atrás ese sitio emblemático fue recuperado por las tropas sirias con el apoyo ruso (en lo que ya se considera el golpe más fuerte del ejército de Bashar al Assad contra los terroristas), apenas pasaron diez meses. Pero al margen de las fosas comunes que se están encontrando y las matanzas públicas perpetradas por la milicia yihadista en este Patrimonio de la Humanidad, estos bárbaros del siglo XXI hicieron lo que hacen mejor que nadie: destruir todo lo que tocan, sea de carne y hueso como de piedra. Al margen de las polémicas entre el presidente sirio con los Estados Unidos y sus aliados, todos coinciden en que la destrucción de esta ciudad "independiente entre dos imperios", en palabras de Plinio El Viejo en el libro V de su "Historia natural", sólo podrá ser atenuada en parte. Hay cosas que se han perdido para siempre. Especialmente las antigüedades mentadas por Plinio ya en aquellos tiempos en que el general romano Marco Antonio pasó por ella, en el año 41 antes de Cristo, en su viaje hacia el imperio Parto.

Ahora destruidos, los viejos templos, las estatuas, las escrituras sobre antiquísimas paredes, el testimonio de varias civilizaciones que pasaron por ese lugar clave de Siria que ya era denominada Palmira cuando fue conquistada por Pompeyo Magno, habían sido declarados en 2013 Patrimonio de la Humanidad en Peligro. Mucho no se pudo hacer por esa milenaria parada obligatoria en la Ruta de la Seda y que antes de la llegada de las legiones romanas se había llamado Tadmor ("la ciudad de los árboles de dátil"), tal cual es mencionada en la Biblia. A lo largo de los siglos, Palmira inspiró numerosas narraciones literarias e históricas, desde los tiempos en que fue conquistada por Alejandro Magno, pasando por la era del imperio seléucida, la época de Roma, las andanzas de la indómita reina Zenobia, los días en que artistas anónimos dibujaron escenas de la Illiada en sus columnas, los siglos de dominio musulmán e incluso otomano, su destrucción por un terremoto, el posterior abandono, el melancólico recuerdo hasta llegar a su recuperación arqueológica.

Ciudad ícono del paso de diversas civilizaciones y religiones, cuando el extremismo islámico la tomó en mayo de 2015, sus enfermizos fanáticos se dedicaron a destruir lo que para ellos representaba "el paganismo", es decir todo. En notas anteriores cité a un funcionario de la Dirección de Museos y Antigüedades de Siria, que definió mejor que nadie lo ocurrido en Palmira: "Esto es una batalla cultural, no política". Lamento no recordar su nombre. Ya entonces se sospechaba que la realidad no sólo era abrumadora sino también terminal, y los expertos llegaban a la conclusión que la antigua "perla del desierto" famosa por su oasis, la misma que soportó invasiones, guerras y el paso del tiempo durante siglos y siglos, estaba condenada definitivamente. Quienes ahora ocupan la ciudad aventuran que algo se puede salvar en unos cinco años con trabajos que comenzarán en junio próximo. Como la guerra ni siquiera ha terminado parece demasiado optimismo. Ojalá me equivoque.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)