9 de abril de 2016

Andersen, el autor más sufrido y optimista de la historia


Por Humberto Acciarressi

"Hay que disfrutar de la vida. Hay mucho tiempo para estar muerto". Parece mentira que quien escribió esto haya sido Hans Christian Andersen, que desde su nacimiento el 2 de abril de 1805 en el pueblo danés Odense hasta que tuvo la suerte, ya grande, de toparse con algunos mecenas que lo ayudaron a viajar y escribir, no conoció otra cosa que la miseria más absoluta. Y no estamos exagerando. Tengamos en cuenta, para empezar, que cuando nació su padre (que falleció al poco tiempo) le construyó la cuna con la madera sobrante del féretro de un conde escandinavo. Como deseaba intensamente ser bailarín, cantor o cómico, a los catorce años viajó a Copenhage. Le fue pésimo y se conformó con trabajar en una fábrica con un sueldo miserable y muchos amigos, a quienes entretenía con fragmentos de escritos suyos. Se ignora cómo, pero un día editó "Viaje al pie del canal de Holin". Entre 1835 y 1872 escribió 164 cuentos según algunos, 168 según otros.

En una ocasión, en Inglaterra, conoció a Charles Dickens. O mejor dicho lo buscó y hasta obtuvo su amistad. El autor de la "Historia de dos ciudades" ejerció gran influencia sobre Andersen y gracias a eso el danés adquirió un gran equilibrio entre la realidad y su desmesurada fantasía. A diferencia de Defoe, Swift, Saint-Exupery, los fabulistas, que se convirtieron en autores para chicos sin quererlo, Hans quiso escribir para ellos. De hecho, su primera colección la publicó en su país con el título "Cuentos contados a los niños". Y eso sin tener en cuenta clásicos como "El patito feo", "El valiente soldadito de plomo", "La sirenita", "Las zapatillas rojas", "El traje nuevo del emperador", "El ruiseñor", "La pequeña vendedora de fósforos" o "Pulgarcita" (mujer y no varón como popularizó el cine).

Andersen, de la misma manera que Perrault o los hermanos Grimm, padece una desgracia póstuma. Casi todos sus cuentos fueron y son editados sin mención de sus nombres, como si formaran parte de la tradición oral o anónimos como el Cantar del Mio Cid. Hay algo que resulta sorprendente en la vida del escritor: Sus tremendas penurias, que exceden largamente las mencionadas acá (incluso fue tratado de loco, entre otras cosas), no le impidieron escribir en 1855: "Mi vida es un cuento maravilloso, marcado por la suerte y el éxito". Y hasta se dio el lujo de vivir dos décadas más, cuando se cayó de la cama y nunca se pudo recuperar de sus lesiones, por las cuales murió en agosto de 1975. La venta masiva de sus libros y las películas de Disney llegaron mucho tiempo después.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)