24 de marzo de 2016

Las dos caras de Humphrey Bogart, un duro a pesar suyo


Por Humberto Acciarressi

Según se cuenta, en una ocasión un periodista le preguntó a Humphrey Bogart la razón por la cual no era más afectuoso con sus admiradores: De hecho se parecía a muchos de sus personajes, inspirados o directamente tomados de los famosos "duros" de las páginas de Raymond Chandler y Dashiell Hammett. Boggie respondió sin siquiera pensarlo: "La única cosa que uno le debe al público es una buena actuación". Y así lo hizo desde que protagonizó a un gánster acorralado en "El bosque petrificado" hasta sus últimas apariciones en "Horas desesperadas" y "La caída de un ídolo", además de tener sus picos más altos en los filmes de John Huston: "El halcón maltés", "El tesoro de la Sierra Madre", "La reina africana" (con la que obtuvo un Oscar), y definitivamente en "Casablanca", de Michel Curtiz. Pero esa es apenas una verdad a medias.

Esa sonrisa que sus directores sólo le permitían de costado y sarcástica, acompañada de una manera irónica y hasta burlona de mirar a las chicas, parece ser que era muy cariñosa en su vida cotidiana, íntima. Y por eso las mujeres que lo conocieron sostuvieron que era "un dulce", todo lo contrario del tipo de permanente impermeable, sombrero de ala caída y conversación cansina y aparentemente desinteresada. Atributos, por otro lado, que todos los hombres han envidiado más de una vez, como en la película de Herbert Ross, "Sueños de seductor", interpretada por Woody Allen ¿Qué tipo no ha soñado alguna vez con ser Rick y darse el gusto de decirle a Ingrid Bergman, al pie de un avión, que se vaya nomás con el otro, que después de todo nadie le borra lo vivido? Y si alguno me dice que no, es mentira.

Este excelente actor, que había nacido en enero de 1899 y falleció de un cáncer de esófago en el mismo mes pero de 1957, vivió sus últimos doce años acompañado por su esposa, la bella Lauren Bacall, con quien trabajó en películas memorables y que compartió con él marchas contra el macartismo en Hollywood. Alguna vez escribimos, basados en una encuesta, que Bogart no tuvo casi ninguna de esas cosas que le interesan a la mayoría de las mujeres que inventan los hacedores de estereotipos. No era bello en el sentido clásico; no tenía la musculatura o el bronceado que algunas ponen por sobre los demás atributos masculinos; casi siempre fue un perdedor nato, de esos que reciben palizas y se juegan patriadas que los convierten en héroes por un día. Y sin embargo, sus amores imposibles con Ingrid Bergman en "Casablanca" o con Mary Astor en "El halcón Maltés", por dar dos ejemplos, han quedado estampados en el imaginario colectivo como las grandes pasiones del cine. O la locura patética del oficial de "El motín del Caine", uno de sus grandes papeles en la pantalla. Con sus personajes, habitantes perpetuos del lado oscuro de la vida, desdeñosos e indiferentes, Bogart entró en la leyenda. Como nadie es dueño de su posteridad, el hombre cariñoso en la intimidad apenas sirve como anécdota.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)