19 de febrero de 2016

Entre estúpidos y selfies, la triste muerte de un delfín


Por Humberto Acciarressi

En no pocas ocasiones, los periodistas nos descargamos con una frase ya antológica: "Hoy no pasa nada". Puesto que el mundo no se detiene y los acontecimientos se superponen como en un Aleph borgiano, nunca es exactamente así. Pero sí lo es relativamente. La comunicación global, las redes sociales y hasta un paradigma que ha borrado con casi todo (el de la universalización), son determinantes en este sentido. En las antípodas -para quienes escriben sólo de actualidad, si es que existe algo que merezca ese calificativo-, hay jornadas plagadas de cuestiones que el formato físico apenas soporta. Hoy fue uno de esos días, sea en el ámbito local como en el internacional, incluyendo esa discusión digna de un programa de chimentos entre el Papa Francisco y Donald Trump, más allá de considerar que no juegan en la misma liga. Entre los temas locales ya me había indignado la muerte del delfín en la playa de Santa Teresita, a manos de un conjunto de descerebrados. Pero las repercusiones internacionales reconfortan.

Antes que nada advierto que no me encuentro entre quienes luchan por la preservación de los canguros y no les importa la del género humano. Hasta diría que estoy en las antípodas. Pero hechos como los de la playa bonaerense están más allá de cualquier cosa, incluyendo la violación de los mínimos rasgos de humanidad necesarios para que el mundo sea un lugar digno de ser vivido. Los delfines "franciscanas" o "del Plata", que se encuentran sólo en la Argentina, Uruguay y ciertas zonas de Brasil, están entre los más pequeños del planeta. En las costas de nuestro mar apenas viven unos 30 mil, de acuerdo a los cálculos de organizaciones especializadas. Es decir que es una especie altamente vulnerable a la extinción. A ese estado llegó, fundamentalmente, por el desastre cometido en décadas pasadas por los barcos pesqueros.

Además hay un dato que no es menor. Por sus características -piel grasosa y muy gruesa- apenas puede permanecer fuera del agua, ya que la intemperie le causa con premura la deshidratación y muerte. Este es a grandes rasgos el contexto del animal acuático. Del de los "animales" con forma de seres humanos es más complejo. Porque sólo a unos humanoides se les puede ocurrir sacar del agua a uno de estos delfines, agarrarlo en brazos, treparse en su lomo como si fuera un caballo, sostenerlo boca abajo de la cola, alzarlo entre varios para tomarse selfies, y otras aberraciones que se vieron en las redes sociales. El delfín murió. Tal fue el tenor de este dislate que personajes como el actor, músico, humorista y director inglés Ricky Gervais calificó como "estúpidos de mierda" a los bañistas, la banda musical Real Lies propuso un boicot a nuestro país, y centenares de celebridades y anónimos de la Argentina y el extranjero no pueden creer lo ocurrido. Antes, estos delfines debían cuidarse de las redes agalleras de los pescadores. Ahora de los estúpidos con celular en mano y pocas neuronas en sus cerebros.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)