8 de enero de 2016

J.D.Salinger y esas cosas que escondía en sus silencios


Por Humberto Acciarressi

Salvando las distancias en materia de literatura y estilo, entre Arthur Rimbaud en el siglo XIX y Jerome D. Salinger en el XX hay una coincidencia. Ambos publicaron en vida apenas cuatro libros, los dos dejaron de hacerlo con todo el futuro por delante (el francés a los 19 años para viajar por el mundo, el newyorkino a los 44 para recluirse en su casa). Entre unas fechas y otras, Rimbaud dejó hasta su muerte un bache de casi dos décadas sin editar, mientras que J.D estuvo 47 años sin enviar nada a ninguna editorial. De ambos se sabe que siguieron escribiendo algunas cosas, lo que permitió póstumos negocios editoriales que ninguno habría aceptado en vida. Pero ya sabemos que nadie es dueño de su posteridad.

El caso de Salinger, a pesar de lo señalado, está en las antípodas del simbolista francés. Una cosa es recorrer el mundo y dedicarse al comercio de cuanto se le cruzara en el camino, incluyendo elefantes, y otra muy distinta recluirse en una oscuridad inexpugnable. De hecho Rimbaud escribió en una carta que "la soledad es mala cosa", mientras que Salinger hizo de ella un culto gustoso. A comienzos de la década del 80, el autor de "El guardián entre el centeno" dio una entrevista, corta y a regañadientes, a Betty Eppes, se dice que en pago de un favor. No mucho tiempo antes, Mark Chapmann había dicho que para asesinar a John Lennon se inspiró en el mencionado libro (más tarde Bill Gates reconoció que era su novela de cabecera). La anterior vez que había charlado con un periodista, teléfono por medio, había sido con Lacey Fosburgh del “The New York Times”, a quien le manifestó: “Vivo para escribir, pero escribo para mí mismo y mi propia satisfacción. No publicar me reporta una maravillosa sensación de paz. Publicar es una terrible invasión de mi privacidad”.

Luego de la publicación en 1951 de la obra que narra las peripecias de Holden Caulfield, editó “Nueve cuentos” en 1953, “Franny y Zooey” en 1961, y “Levantad, carpinteros, la viga maestra" y "Seymour: una introducción” (dos relatos en un volumen) en 1963. Después, el silencio más absoluto hasta su muerte en enero de 2010 a los 91 años. Sin embargo se entretuvo bastante. Como una Greta Garbo de la literatura, Salinger se cansó de demandar a quienes quisieran escribir una biografía suya (la de Ian Hamilton, muy buena, sorteó los problemas), con temas como su intervención en la Segunda Guerra después del ataque japonés a Pearl Harbor; su papel activo en el desembarco aliado en Normandía; su efímera esposa Sylvia, funcionaria nazi de la que se enamoró después de detenerla; y hechos similares.

Cuando murió en su inexpugnable cabaña de New Hampshire, lo hizo sin demasiadas estridencias. "Muerte natural", informó el escueto comunicado de su hijo, que parecía redactado por el propio escritor. A pesar de su entusiasmo por esconderse, no pudo evitar dos libros que seguramente leyó y a los que no se refirió jamás. El primero, de su ex amante Joyce Maynard, una periodista que lo calificó como "un viejo cascarrabias obsesionado por la medicina homeopática" y a quien le encantaba que la gente viera en él a un "iluminado espiritual". El otro libro, quizás el más cruel, fue nada menos que el de su hija Margaret "Peggy" Salinger. Entre las cosas más leves que contó la chica figura que a su padre le encantaba beber su propia orina, que le pegaba a su esposa y que era adicto a la TV basura. Uno de los párrafos de esa obra señala: "No me extraña en absoluto que su mundo esté tan vacío de personas reales ni que sus personajes de ficción se suiciden tan a menudo". Cualquier otra palabra está de más.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)