31 de marzo de 2015

Lo que más me gusta de esta casa es la intimidad


Maldita máquina de escribir

"Lo peor 
es cuando 
has terminado
un capítulo 
y la máquina 
de escribir
no aplaude"

Orson Welles

Volvé que ya se arregló el ascensor


El camionero más solidario del mundo


Tiene tetas chicas, Carmencita


Le Dictateur


Palabras


"Empleo las 
palabras 
que me has 
enseñado. Si no 
significan nada, 
enséñame 
otras. 
O deja que 
me calle"

Samuel Beckett

Bibliotecas públicas


"Pasé tres días a la semana durante 10 años educándome en la biblioteca pública, y es mejor que el colegio. Las personas deberían educarse a sí mismas; una educación completa sin dinero de por medio. Al final de esos 10 años, leí cada libro de la biblioteca y escribí miles de historias"

Ray Bradbury

El librero de los Precios Cuidados, víctima del "fuego amigo"


Por Humberto Acciarressi

La historia de Gerardo Barrios es triste, tristísima. Pero además es patéticamente lógica y endiabladamente cruel. Estamos hablando del librero neuquino que, luego de adherir al programa kirchnerista de Precios Cuidados (ese engendro pour la galerie que no le salvó la vida a nadie y ni siquiera se la hizo más fácil, salvo a los funcionarios que lo implementaron), acaba de ser noticia porque dado los altos precios del local que alquila y las deudas contraídas con el engañapichanga en el que entró como un caballo, tuvo que cerrar su local a un año de que el gobierno nacional lo usó como lo hace con más entusiasmo y menos prensa con muchos otros. En la actualidad, el comerciante confiesa que duerme en un depósito de dos por dos lleno de humedad y que se siente una carga para sus clientes, un grupo leal de amigos y familiares.

Una vez encontrado un mediano comerciante que adhería a la medida desde el otro lado del mostrador (y mientras los grandes conglomerados hacen las mil y una para que ni te enterés en dónde están los famosos "precios cuidados", a veces a cien o doscientos metros uno de otro, el gobierno de CFK hizo un spot comercial con el neuquino, y lo pasó hasta el hartazgo en las tandas publicitarias de Fútbol Para Todos, entre otras de loas a la presidente, a su marido muerto, a los amigos del poder y a "los socios" empresariales de este modelo gatopardista, que para colmo cambia cada día y sólo mantiene el discurso. El pobre Barrios -suponiendo que haya actuado de buena fe, y hasta ahora no hay por qué dudarlo- se hizo famoso con sus precios congelados. Y todo en un video que llevaba el logo de "Presidencia de la Nación" y el famoso relato de la "inclusión".

Lo paradójico es que quizás sea la primera víctima real en las filas del kirchnerismo mediático. “Al mes que salió el spot publicitario tuve que cambiar la vidriera porque me reventaron los vidrios y las puertas porque me relacionaban con el Gobierno", recuerda ahora. Pero esa barbarie que no debe justificarse en ningún caso fue apenas un detalle en sus problemas. Cómo sólo tenía artículos del catálogo de los Precios Cuidados de los que se jacta el oficialismo, y de acuerdo a sus propias palabras, se terminó convirtiendo "en un centro de copiado". Eso ocurría a finales de 2014, cuando el fin era inminente. Barrios ya sentía que después de haber puesto la cara por el gobierno de Cristina, le habían "soltado la mano" (son palabras suyas). Finalmente cerró y sostiene que le resulta imposible conseguir algo barato en otro lugar. Atrás quedó la fama efímera del spot publicitario. Ahora busca créditos para pequeños emprendedores, pero se le cierran todas las puertas. Pobre Barrios: una víctima más del "fuego amigo kirchnerista". El hombre ya no tiene pudor en decir que siente que "se le cagaron de risa en la cara".

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)

Si hay miseria que no se note


Clones de Batman esperando su turno


¡ La misma cara del padre !


Putos olímpicos


La solemnidad del crimen


"La solemnidad del crimen pesaba sobre su mente casi como una felicidad: aquello era acción por fin después de haber andado tanto tiempo confuso y a tientas"

Graham Greene

¡ El mundo tiembla !


The wasp woman


Hot Lunch


29 de marzo de 2015

La insondable leyenda del pintor Stephen Koek Koek

Por Humberto Acciarressi

Stephen Robert Koek-Koek es un nombre con sabor a leyenda, con resonancias de esos cuentos que estallaron en los Países Bajos en los siglos XVIII y XIX. De hecho sus antepasados eran holandeses que emigraron a Inglaterra y allí se afincaron. Este pintor peregrinó en su atribulada vida por los cuartuchos más infames y los rincones más insólitos de los cinco continentes. Así fue que llegó a la Argentina, más concretamente a Banfield, por la década de 1910. Los vecinos miraban al habitante de Manuel Castro 1821 como a un loco, especialmente cuando el poeta colombiano Claudio de Alas se pegó un tiro en su casa, después de matar al perro del pintor. La leyenda especifica que cuando volvió para encontrarse con los dos cadáveres, le recriminó a los gritos a su amigo ya muerto la matanza del animal.

Este singular personaje era nieto del paisajista holandés Jan Koek Koek y había nacido en Londres el 15 de octubre de 1887. Pintaba con una fecundidad inusitada y en el legendario salón de la Colmena Artística (Corrientes 641) dejó ver al público la primera muestra de su frenesí creador. Hoy se sabe que decenas de veces pagó comidas y pensiones con sus cuadros, especialmente marinas, actualmente archicotizadas en el mercado del arte. El príncipe de Gales, cuando visitó Buenos Aires, se llevó una de sus pinturas para el Palacio Real. Eso, curiosamente, bastó para que muchos se aprovecharan de él. En una carta le piden con urgencia...¡ 80 cuadros !, y él responde que ya se encuentra cortando la madera de ,los marcos. Cuando le faltaba material serruchaba camas, sillas, roperos, mesitas de luz. Se tiene la certeza de que sólo en Buenos Aires pintó más de cinco mil cuadros.

Muchas de esas obras fueron pintadas en el manicomio en dónde estuvo encerrado por un tiempo. En 1967, la galería Witcomb pudo rescatar unos 50 óleos para una muestra. Entre las pocas cosas que se han escrito sobre Koek Koek figuran algunas del autor de estas líneas, que siempre han tenido poca fortuna en cuanto a la repercusión. El final del artista es tan misterioso como su vida. El hombre que se paseaba por la calle Florida con un sombrero color ceniza y un bastón con empuñadura dorada, un día desapareció de todos lados. El 21 de diciembre de 1934 llegó un telegrama a los diarios porteños. En un hotelucho de Santiago de Chile había sido encontrado el cadáver de Koek Koek. Unos días antes, en charla con un periodista de Buenos Aires, le había comentado: "El gobierno de Chile me regaló una isla en la que el oro se junta del piso con las manos". Y no se supo más de él hasta la noticia de su muerte, ocurrida en un cuarto miserable.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)

La mujer en el animé japonés


La agresión de la naturaleza


El elefante motoquero


El único crimen

"El único
crimen
consiste 
en ser 
superficial"

Jean Cocteau

El mundo de afuera y la presión

"¿Estamos tan presionados por el mundo de afuera, que no podemos actuar humanamente ni un solo minuto?"

Manuel Puig

Los indios y "La Tribuna"

"No vayas a creer que los indios ignoran estos pensamientos. También ellos reciben y leen La Tribuna"

Lucio V.Mansilla

Niebla y soledad


"Aquella bruma le asustaba tanto como la niebla interior, que no invadía su casa pero ocupaba todas las porciones vacías de su cuerpo. Aquella niebla recibe el nombre de soledad"

Philip K. Dick

Después abrazó a su amante . . .


"Después abrazó a su amante: y él, debajo de su maquillaje rojo, sintió todas las partes de su cuerpo barnizadas de azúcar"

Alfred Jarry

Ese naranja objeto del deseo


28 de marzo de 2015

Si hay amor, no hay madera que valga


La ciencia trata de determinar cuál es el pescado


El Klu Klux Klan se divierte en la Vuelta al Mundo


Dale gil, estudiame los gestos


. . . y un día vino un ángel


La abuela motoquera


Tarado probando un casco


Concurso de tobillos, año 1930



Era un tipo con pajaritos en la cabeza


Señora, si no quiere que su hijo sea un Hitler, déjelo pintar


Por Humberto Acciarressi

Cuenta la historia que muy callado, extremadamente tímido y casi pidiendo permiso, el muchacho bajó del tren en la estación de Viena. Entre sus temores figuraba una idea fija: ser admitido en la Academia de Bellas Artes de esta ciudad hospitalaria con los artistas. El talento del joven hijo de un agente de Aduanas quedó calificado en pocas pero contundentes palabras de los profesores: "Resultados insuficientes; ejercicios de dibujo insatisfactorios”. Era muy terco y, en su casi autismo, no le gustaba recibir un "no". Esa fue una de las razones por las cuales un año más tarde volvió a intentarlo. Al aspirante no le fue mejor: ni siquiera lo dejaron concluir el examen. Tenía 17 años, corría el año 1906 y Austria todavía formaba parte del imperio autrohúngaro y se encontraba en el tramo final de la monarquía de los Habsburgo.

Para entonces, su padre -que deseaba para el muchacho un futuro de agente de aduanas- ya había muerto. El joven sentía casi un alivio, ya que por fin nadie lo increpaba por sus deseos de convertirse en un artista. Las sentencias de los examinadores tiraron por tierra sus aspiraciones. Y así pasaron tres décadas. El 19 de julio de 1937, por mandato de aquel joven neurótico llamado Adolf Hitler, se inauguró en Munich la muestra pictórica "Arte degenerado", en la que se exhibieron 650 obras de 112 artistas pertenecientes a las escuelas cubista, expresionista, dadaísta y surrealista. Los miembros de las SA y las SS se rieron de los cuadros de la muestra, que llevaban las firmas de Grosz, Picasso, Kandinsky, Matisse, Klee, Barlach… Uno de los cuadros más odiados por Hitler era “Escena callejera en Berlin”. Su autor, Ernst Kirchner, no aguantó mucho y se suicidó.

En ese año ya hacía cuatro que Hitler estaba en el poder y faltaban dos para el inicio de la Segunda Guerra Mundial desatada por él. El clima era irrespirable y los escritores y artistas huían de Alemania y de los territorios que pronto serían ocupados. Hitler, en tanto, se sentaba en su living y se quedaba mirando fijo un cuadro abominable, su preferido, realizado por la obsecuencia de Hubert Lanzinger, en el que se veía al Führer montado a caballo con facha de gladiador teutónico. En tanto, los alemanes se chocaban en las plazas con las estatuas de Arno Breker; se extasiaban con Marlene Dietrich interpretando “Lili Marlene” de Norbert Schultze; se maravillaban con la grandilocuencia fílmica de Leni Riefenstahl; y deglutían los mamotretos propagandísticos del régimen. Hitler, que era vegetariano, no fumaba ni bebía y no toleraba que otros lo hicieran delanto suyo, tenía otras ocupaciones: cuando no hacía la guerra miraba westerns y comedias musicales de Hollywood. Y hasta donde se sabe, nunca más se dedicó a pintar.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)

Nena siria levanta las manos cuando la apuntan con la cámara


27 de marzo de 2015

A cinco años de la muerte de Jim Marshall, la mirada del rock


Por Humberto Acciarressi


El 24 de marzo del 2010, hace ahora un lustro, James Marshall, Jim, estaba preparando una exposición suya en Nueva York para el 26 y la presentación de su libro "Match Prints". En esa tarea se encontraba cuando, a los 74 años, se lo llevó la muerte. Fue un gran fotógrafo, pero no "cualquier fotógrafo", ya que formó parte, desde su profesión, de la historia del rock internacional. Fue, además, un ícono de varias generaciones, gracias a sus retratos de las máximas estrellas de este género. Todo comenzó cuando el poseído Hendrix del Festival de Monterrey de 1967, quemando su guitarra en medio de una orgía de sensaciones, fue captado por la cámara de Jim Marshall, lo que llevó a éste al cielo de la fotografía profesional. En ese momento, Marshall inmortalizó a su tocayo violero (Hendrix se llamaba James Marshall, igual que él) y comenzó a forjar su propia leyenda en un ámbito propicio a estar poblado de mitos.

Este artista tan singular cuya obra magnífica recorre muestras y páginas de libros, podía jactarse de muchas cosas. Por ejemplo, fue el único al que se le permitió ingresar en el camarín de los Beatles, durante el último concierto de la gira final del cuarteto de Liverpool. Fue, por otro lodo, el fotógrafo que acompañó a Johnny Cash a la cárcel de San Quintín, donde lo retrató con una actitud desafiante. Y como si fuera poco, fue el fotógrafo oficial de Woodstock, con lo cual bastaría para que su nombre quedara en la memoria de varias generaciones. Ante su lente desfilaron los Rolling Stones, Janis Joplin, The Who, Jim Morrison, Bob Dylan (entre ellas, la que está cantando junto a Pete Seeger en el Festival de Folk de Newport en 1963) o Chuck Berry, por nombrar apenas a algunos, a quienes hay que añadir a grandes leyendas del jazz, como John Coltrane o Miles Davis.

Jim Marshall, en cada acto de su vida, fue un artista de los mejores y casi no hubo gusto estético que no se diera. Diseñó casi quinientas portadas de discos y hasta su muerte se mantuvo activo, con su cámara a cuestas, retratando a músicos como Ben Harper, Lenny Kravitz o Velvet Revolver. "Esta carrera nunca ha sido un trabajo; ha sido mi vida", escribió en una oportunidad el fotógrafo. Como escribimos al comienzo, en la mañana siguiente a su muerte tenía que presentar su nuevo libro, que fue un trabajo conjunto con su colega Timothy White. Con más de setenta años tenía una vitalidad de la que carecen muchos jóvenes. Y además la exhibición en el Staley Wise Gallery, en el Soho. Decir que fue el más grande fotógrafo del rock no es exagerado. Quienes no conocen sus fotos, basta googlear su nombre y llevar el cursor a "imágenes". Y quien pueda, que busque sus libros portfolios.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)