10 de diciembre de 2015

La señora Bonafini volvió a las andadas con sus delirios


Por Humberto Acciarressi

Ya hace muchos años, tres décadas para ser rigurosos, que la estrella de la señora Hebe de Bonafini pasó a convertirse en el tímido alumbrar de un fósforo. Lamento mucho que esto les parezca políticamente incorrecto, especialmente a quienes jamás en su vida hicieron nada por la defensa de los derechos humanos, aunque se subieron a un caballo que, poco a poco, los va tirando al suelo. Pero muchos saben que no digo nada nuevo. En el lejano 1985, con la naciente democracia, muchas Madres de Plaza de Mayo comenzaron a criticar el autoritarismo (hubo otras acusaciones, no del todo probadas) de la conductora Bonafini. Fue así que se produjo la primera ruptura, que dio origen a las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Desde allí en adelante, la titular de la agrupación con más prensa -Hebe es experta en eso-, se cansó de alejar a viejos luchadores de los DDHH y a ser repudiada por sus declaraciones, mientras los recién llegados la aplaudían.

A comienzos de los años noventa, la señora Bonafini "adoptó" como hijo al parricida condenado Sergio Schoklender. Eso la apartó aún más de muchas madres luchadoras, ya que la "pareja" formada fue un cóctel nefasto en todo sentido. Y tan asi fueron las cosas, que de engendros salidos de sus intereses, como la Universidad de las Madres, se tuvo que hacer cargo el estado argentino por una deuda de 200 millones de pesos de la Fundación presidida por Hebe con la AFIP. Eso fue apenas la punta del iceberg, ya que quedan flotando la supuesta desviación de fondos de la Universidad, casi paralela a los hechos de corrupción en el programa Sueños Compartidos, destinado a la construcción de viviendas populares, que provocó el distanciamiento de la madre sustituta con Sergio, su hijo del corazón. Ambos, naturalmente, cuando ocurrieron estas últimas cosas (bajo el gobierno del matrimonio santacruceño) ya eran militantes kirchneristas a ultranza y recibían frondosos favores en esa condición. Protegida por el poder, Hebe llegó zafando al final del mandato de Cristina Fernández.

En este último escándalo estuvo involucrada la hija de Bonafini, Alejandra, una de las pocas beneficiadas por los "sueños compartidos" que deberían haber sido para los sectores más postergados de la sociedad. Esta "hermanastra" del asesino Schoklender, hace unos días fue pasada a planta permanente y recategorizada al escalafón número 15 de la administración bonaerense, con un sueldo de 23 mil pesos, el equivalente a cuatro veces lo que ganan los que trabajan, ya que debe aclararse que ella es ñoqui. Hay que añadir que "Alejandrita" tenía apenas tres años en la función pública. Estas son las cosas de las que no habla la señora Bonafini, que sí se cree con derecho de insultar a diestra y siniestra a quienes no piensan como ella o no favorecen los intereses económicos suyos y de su familia. Debe añadirse que doña Hebe, después de todo esto, canceló su amor y el 7 de junio de 2011 dijo sin vueltas: "Los Schoklender son unos traidores".

Esta desquiciada mujer que festejó el atentado a las Torres Gemelas ("No me dolió para nada. Me puse contenta. Le pasaron la boleta a los Estados Unidos"); que en el 2008 pidió "palos y gases" contra una manifestación de la Mesa de Enlace; que opinó que la masiva y conmovida manifestación por la muerte de Raúl Alfonsín fue "una movilización de las clases altas y medias que siempre salen para estas cosas"; que indicó que "los jueces de la Corte son unos turros que reciben plata por fallar" y amenazó con entrar al Palacio de Tribunales "y veremos qué pasa"; es la misma que en las antípodas de lo que dice defender, y cuando en la Plaza de Mayo se velaba a un boliviano muerto por el gatillo fácil del gobierno kirchnerista, encaró a los familiares al grito de "Váyanse de nuestra plaza, bolitas hijos de puta. Váyanse bolivianos de mierda". Ahora, la demente que había llamado a resistir la entrega del mando al presidente electo, Mauricio Macri, volvió a irse de mambo con la pretensión que el pueblo no saludara a las nuevas autoridades en la Plaza de Mayo. "Es nuestra. Váyanse a otro lado", ordenó en el colmo del demencial descontrol que la caracteriza. Obviamente nadie le pasó pelota.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)

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