4 de octubre de 2015

La Pena de Muerte o el retorno a las cavernas


Por Humberto Acciarressi

Poco antes de la guerra del 14, luego de atravesar las calles de la Argelia francesa, un hombre asistió -por primera vez en su vida- a la ejecución de un delincuente acusado de haber matado a una familia de granjeros. Se sumó a la gente enfervorizada por el espectáculo, vio caer la guillotina y regresó a su casa entre comentarios del público. Casi todos sostenían que la decapitación era un castigo demasiado indulgente. Finalmente llegó a su domicilio, entró, pasó entre su mujer y otras personas sin saludar, se tiró en la cama, se levantó con el rostro trastornado y vomitó. Muchos años más tarde, el hijo de ese asqueado padre de familia, nada menos que el ganador del Premio Nobel, escritor y gran humanista, Albert Camus, reflexionó: "Cuando la suprema justicia sólo hace vomitar al hombre honesto que se compromete a proteger, parece difícil seguir creyendo que está destinada, como debería ser su función, a proporcionar más paz y orden".

A la preocupación de Camus -quien además se refirió al tema en una de las grandes novelas de la literatura, "El extranjero", llevada al cine por Luchino Visconti, con el rol protagónico de Marcello Mastroianni - se han referido centenares de intelectuales y millones de seres anónimos comprometidos con la vida. Arthur Koestler, cuando en Inglaterra aún se aplicaba la pena de muerte, describió satíricamente: "Gran Bretaña es ese curioso país de Europa donde los autos circulan por la izquierda, donde se mide con pulgadas y yardas, y donde se cuelga a la gente por el cuello hasta producir la muerte". La Ley del Talión, la hoguera, la horca, la decapitación por el hacha, la espada y la guillotina (que fue inventada para hacer sufrir menos al reo) , la inyección letal, el fusilamiento, la cámara de gas, el garrote vil, los métodos de todo tipo y horror forman parte de la historia del mundo desde hace miles de años hasta la actualidad, y así lo hacen en los Estados Unidos, las naciones teocráticas que ejecutan a las mujeres por "el delito" de adulterio o las milicias de ISIS, todos filosóficamente unificados por este espanto.

Syd Dernley (sobre quién escribiremos en una próxima columna) fue el último verdugo del Reino Unido, que ejecutó su meticulosa profesión durante 41 años. Este nostálgico que, ya jubilado y hasta su muerte jugaba con un patíbulo en miniatura, llegó a escribir en sus memorias: "Había gente que me ofrecía dinero para poder asistir a una ejecución. Eso sí que es sadismo. Como no podían matar ellos, querían ver cómo lo hacía otra persona". Personalmente he escrito mucho más de lo que quisiera sobre la pena de muerte. Te juro que esta confesión es una de las que más me impresionan. Aunque en la Argentina las dictaduras han aplicado la pena de muerte ilegal e inconstitucionalmente, esta sanción no existe sobre ningún reo, ni siquiera para los militares traidores a la Patria desde que fue abolido el Código de Justicia Militar. La pena -que en nuestro país tuvo muchas excepciones legales en el siglo XIX- ya no existe desde 1916, justo el año en el que comenzó a aplicarse el voto universal, secreto y obligatorio para todos los ciudadanos, del que salió electo Hipólito Yrigoyen.

Aquellos que la piden deben considerar que la pena capital es un insulto a la condición humana, y esto lo señalo para que no salten quienes no le dan crédito a las palabras del Papa Francisco recientemente pronunciadas en el Capitolio por venir de una religión en la que no creen. "Cada vez que se alude a este escarmiento, la humanidad retrocede en cuatro patas", escribió María Elena Walsh cuando muchos lo pedían. Legisladores y políticos, la sociedad toda, debe trabajar en castigos que no inviten a escuadrones de la muerte ni a la "justicia por mano propia" a saldar lo que el Estado no hace con leyes que le provocan risa a los criminales y son una invitación para seguir delinquiendo. Claro que para eso hace falta interesarse. En próximas columnas me referiré a quienes, para colmo, han atravesado el corredor de la muerte hasta la sala de ejecución siendo inocentes. Por eso, en lo que mí respecta, este tema continuará.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)