1 de octubre de 2015

Cualquier motivo sirve para recordar a Truman Capote

TRUMAN CAPOTE EN LA CELEBRE FOTO DE HENRI CARTIER-BRESSON, DE 1947.
Por Humberto Acciarressi

Hay quienes para escribir sobre alguien esperan algún dato especial de su biografía. A veces es necesario e incluso importante. En ocasiones es ocioso. En mi caso, no soy fanático de las efemérides, aunque en ciertas oportunidades sirven de ayuda-memoria. Durante esta jornada, en las redes sociales se han mencionado varios nombres vinculados con el 30 de septiembre. Cuando observé el de Truman Capote nacido en esa fecha de 1924 me dije ¿por qué no? Especialmente dado que hace rato que no le dedico unas líneas a uno de los escritores más brillantes del siglo XX y, además, maestro impar del periodismo. Desde los tiempos en que casi un adolescente escribió "Otras voces, otros ámbitos" y posó con cara de enfant terrible para Cartier-Bresson, hasta que le gritó al mundo "soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio", el escritor comenzó a plantar las semillas de la "capotemanía" que estallaría después de su muerte, en agosto de 1984.

Muchas veces he pensado sí Dalí, de tanto fingir que estaba loco, no terminó sus días creyéndose un caracol por haber sido devorado por su personaje. Es decir, Dalí -un genio- fue trabajando su locura hasta hacerla real. Con Capote pasó algo inverso: siempre trató de guardar las formas, pero su costado más excéntrico -no demencial, como el del catalán- llegó a ocupar el todo. Quiso "portarse bien" y fue ganado por el escándalo. Y cuando probó el plato, le gustó y siguió de mil formas (basta leer sus cartas y las biografías escritas sobre él). Como periodista, Capote entrevistó o se codeó con los personajes más célebres de su tiempo (los reportajes a su amiga Marilyn Monroe y al malhumorado Marlon Brando, a quien hizo confesar su homosexualidad, son memorables), y algunos de ellos fueron minuciosa y cruelmente desmenuzados por su pluma. Así arrojó por la borda la supuesta virilidad de Errol Flynn al confesar que había sido su amante; o manifestó que "Jane Fonda es para vomitar"; o dedujo que "Robert De Niro es el hombre invisible, ya que no existe"; o confesó: "Meryl Streep me fastidia porque parece un pollo" (y es verdad, añado yo, la gran actriz parece un pollo).

Entre otras anécdotas - mientras escribía sus obras maestras literarias y el alcohol y las drogas lo llevaban de la melancolía a las clínicas de rehabilitación- se encuentra cuando la revista Rolling Stone lo mandó a cubrir la gira norteamericana de los Stones en la que los británicos promocionaron su placa "Exile on Main St". El escritor, por ese tiempo ya célebre, fue acompañado por la escritora Lee Radziwill, esposa de un príncipe polaco y hermana menor de Jacqueline Bouvier, es decir Jackie Kennedy, viuda del presidente asesinado en Dallas casi una década antes. Capote, para no andar con vueltas ni justificativos, no se bancó a los Rolling. No sólo escribió pestes sobre ellos, sino que abandonó la gira en Nueva Orleans con finas pero feroces ironías. Y así siguió su vida, con su genio, su sombrero Stetson, el moño y los anteojos negros. En 1978 llegó a anunciar su suicidio en cámaras, que para desgracia de muchos no cumplió.

En cuanto a su labor literaria y periodística, no está mal detenerse en "Desayuno en Tiffany". "Otras voces, otros ámbitos", "Música para camaleones" y otras. Pero la obra maestra del siglo XX, "A sangre fría", con la que creó la "non fiction novel", es un libro al que deberían prestarle más atención los jóvenes periodistas y/o escritores. Más de 200 veces visitó Capote a Perry Smith en su celda (condenado a muerte junto a Dick Hickock) para escribir el relato más estremecedor -junto con "El extranjero" de Albert Camus- sobre la pena capital. Es verdad que Truman era un loco lindo, como decimos los argentinos, pero lo fundamental es que fue uno de los exponentes literarios más genuinos del siglo. Y su obra, más que deudora, fue acreedora de otras posteriores. Por mal que le caiga a los seguidores de Norman Mailer, que criticó duramente "A sangre fría" y después siguió los mismos pasos con "La canción del verdugo". Cuando su anfitriona en Los Angeles lo encontró muerto en su cuarto, Capote estaba corrigiendo páginas de "Plegarias atendidas", el libro que abre con una frase de Santa Teresa: "Se han derramado más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que quedaron sin respuesta". Tal cual.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)

TRUMAN CAPOTE BAILANDO CON SU AMIGA MARILYN MONROE
TRUMAN CON EL ASESINO PERRY SMITH