30 de septiembre de 2015

No hay nadie que detenga el delirio del Ken humano


Por Humberto Acciarressi

Se llama Justin Jedlica y alguna vez hemos escrito sobre él. Ya tiene más de treinta años y es una ameba humanoide de esas que justifican preguntarse si la vida humana sobre la Tierra tiene algún sentido. Este sujeto que vive en Nueva York tiene un sólo objetivo en la vida: ser igual al muñeco Ken, el novio de Barbie. Con las neuronas de un hámster en estado vegetativo lleva gastados miles y miles de dólares en más de doscientas operaciones de cirugía estética. Oportunamente, Justin se operó el pecho, los bíceps y tríceps, el abdomen, las nalgas, los labios, la nariz. Abreviemos: casi no le quedó nada sin intervención quirúrgica para parecerse lo mejor posible al juguete. Y ahora la noticia es que quiere volver a las andadas, aunque la verdad es que nunca se fue.

No hace mucho retornó al quirófano para hacerse un cuádruple implante en la espalda ¿El motivo? El Ken de carne y hueso logró que le injertaran alas ya que deseaba parecer un ángel. Lo serio de este asunto es que ninguno de sus amigos ni de su familia le dice que las idioteces que hace ameritan la urgente consulta con un psiquiatra, aunque éste trabaje en el "viejo hospital de los muñecos". Sólo los médicos, antes de cada operación, le advierten que tanta silicona le puede pasar factura a su salud. Nada importa. "Es un precio bajo a pagar a cambio de ser perfecto", dice para completar el diagnóstico del unicelular, que además afirma que no hace ejercicios físicos porque los gimnasios no son lugares glamorosos ¿Te das cuenta? Y uno a veces paga un psicólogo porque no le gusta el chocolate o porque conoció a una chica que no le pasa bolilla.

Supongo -o deseo que sea así- que el caso de este Ken de pacotilla ya sea objeto de estudio de alguien, especialmente de esos que pasan años de su vida intentando calcular a qué velocidad sale despedido el corcho de una botella de sidra. Lo cierto es que Justin ya tendría que haber donado su cuerpo al museo de cera de Madame Tussauds. Aunque yo propondría una larga estancia en el Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires, al lado de los bichos prehistóricos y los pescados del Terciario pegados en las rocas. No quiero ser injusto y olvidar a Dakota Rose, más conocida como Kota Koti, o a la ucraniana Valeria Lukyanova, o a Anastasiya Shpagina, que dejaron parte de su psiquis para parecerse a Barbie o a personajes de animé. Lamentablemente, parece que el mundo tiene una superpoblación de tarados.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)