9 de agosto de 2015

Los filmaciones del Club Alumni que terminaron siendo peines


Por Humberto Acciarressi

El 25 de octubre de 1900, el presidente de Brasil, Manoel Ferraz de Campos Selles, llegó al puerto de Buenos Aires. Era una manera de devolver el gesto que, poco tiempo antes, había tenido el titular del Ejecutivo argentino, Julio A. Roca. Aquel acontecimiento fue registrado fílmicamente por los dos pioneros en el arte de los hermanos Lumiere, entonces residentes en el país, el francés Eugenio Py y el austríaco Max Glucksmann. Este último trabajaba en la Casa Lepage como ayudante de fotografía y cuando el dueño se volvió a Europa, compró el negocio y se dedicó a abrir salas para la exhibición de las primeras películas del cine mudo (fue el fundador de la primera de la Argentina, el Cine Teatro Grand Splendid; realizó un noticiero titulado Actualidades: y documentales junto a Eugenio Py).

Entre todo lo que filmó Glucksmann, en aquel entonces se destacó la seguidilla de partidos del Club Alumni, la mítica institución del fútbol amateur argentino, nacida en el Buenos Aires English High School, que entre 1898 y 1911 ganó todo lo que se podía ganar. Luego, como se sabe, se lo tragó el tiempo, aunque no el olvido. Lo cierto es que el "team" -para utilizar una expresión de entonces- fue una verdadera sensación de aquella Buenos Aires que dejaba de ser la "Gran Aldea" celebrada por Lucio V. López, para convertirse en una de las cinco ciudades más importantes del mundo. Los todavía pocos entusiastas del fútbol no sólo acudían a cada presentación de Alumni en las canchas en donde jugaba, sino que después volvían a ver las mejores jugadas -cuando no el partido entero- en los noticieros de Max Glucksmann sentados en las butacas de un cine.

El pìonero austríaco, a pesar de lo señalado, no tuvo buena suerte. Un proyecto de enseñanza en las escuelas basado en películas -único en el mundo- fue cancelado en 1930 por la dictadura de Uriburu, que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen, fusiló gente y aplicó la Ley de Residencia. Menos de un lustro antes, un incendio había convertido en cenizas sus archivos, máquinas, y muchas de las ediciones de sus noticieros. Los documentales sobre Alumni estaban entre los que integraban el Film Revista Valle y se salvaron unos 500, pero Glucksmann se vio obligado a venderlos. Los materiales eran de gran valor histórico, pero a ningún ente estatal les interesó preservarlos. El único comprador fue una industria, que luego utilizó el celuloide para fabricar peines. Las escasas imágenes que quedan del legendario club son las que sobraron de ese material y que algún trabajador con dos dedos de frente logró salvar. Lástima no conocer su nombre para construirle una estatua.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)