20 de agosto de 2015

Aquel lejano agosto cuando a Elvis lo mataron sus vicios


Por Humberto Acciarressi

Los calendarios indicaban el 16 de agosto de 1977 cuando David Brinkley, el famoso comentarista de la NBC, le dijo a millones de telespectadores: "Algo de América ha muerto". En su mansión de Graceland había fallecido Elvis Presley, quien en los últimos meses de vida había consumido doce mil pastillas que se contraindicaban unas con otras. Con el cuerpo hinchado como una pelota y cubierto de pinchazos de varias inyecciones aplicadas a la vez, el Rey había sucumbido a las cien tabletas diarias con el cuerpo parecido al del "Hombre Ilustrado" de Bradbury, pero sin los tatuajes. Salvo unos pocos, nadie sabía que Elvis pasaba sus días tirado en una cama de tres metros de ancho por dos y medio de largo, rodeada de espejos y cortinados, de la que dos sirvientes lo levantaban para llevarlo al baño. Se afirma que recordaba cuando -y eso forma parte de su leyenda- fue arrastrado por un tornado a los quince meses de vida y fue "abducido por extraterrestres que le dieron el don del canto". Si algo faltaba era eso.

Con las paredes cubiertas de corcho contra los ruidos y la prohibición que cualquier puerta permaneciera abierta por más de un segundo, cuando su sangre explotó se tejieron mil especulaciones. Incluso su doctor, George Nichopoulos, fue procesado y absuelto por las miles de recetas que había firmado. Dueño de centenares de animales, su mascota preferida, el chimpancé Scatter, había dejado este mundo por un mal hepático debido al alcohol que tomaba. Parece un chiste, pero no lo es. Durante el entierro de Presley, cubierto por todos los medios del mundo, se colocaron en su tumba 2.500 ofrendas florales, una caravana de cinco kilómetros siguió el coche fúnebre blanco, con el ataúd blanco, que a su vez contenía el cuerpo vestido de blanco, acompañado de 16 automóviles también blancos. Su mujer Priscilla, su hija Lisa Marie, su padre Vernon Presley, su "amiga" Ginger Alden, fueron quienes estuvieron más cerca del artista nacido en Tupelo, Mississippi, en 1935, que editó 97 discos sin contar las versiones piratas, de los que se vendieron más de 400 millones de placas en vida del ídolo.

En una próxima columna hablaremos sobre su carrera artística, una de las más brillantes y curiosas que se recuerden, desde que el "Coronel" Parker lo hizo abandonar el camión que manejaba y lo convirtió en el rey desde el mismo momento (10 de enero de 1956) en que editó el simple "El hotel de los corazones destrozados". Su música, sus romances, sus películas, sus rebeldías frente al establishment musical, las drogas, los desamores y las drogas lo fueron fagocitando. Su cuerpo se convirtió en una bola de grasa cuando Priscilla se fugó con su profesor de karate. Elvis, un obsesivo compulsivo, andaba por la casa con un revolver en la cintura de su pijama de seda. Un mal día comenzó a desvariar. Se contactó con el FBI y el Pentágono para denunciar que los grupos de rock formaban parte de una conspiración comunista. Cuando los horrorizados forenses de Memphis detectaron más de un centenar de sustancias distintas en ese redondo cuerpo de 42 años, ya casi nadie hablaba de Elvis. Fue su muerte trágica la que lo catapultó nuevamente a la fama. En todo caso, en aquel momento se asistió al nacimiento del mito.

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)



VERNON, EL PADRE DE ELVIS, DEPOSITANDO UNA FLOR EN SU TUMBA